Escandaliza escuchar que la Fundación Francisco Franco ha tenido dificultades encontrando curas para decir misas por Franco este 20N. Cuando no se han negado abiertamente, los párrocos han alegado que tenían que consultar con el superior jerárquico. Afortunadamente aún quedan sacerdotes que no tienen miedo al poder y son dignos sucesores de los mártires que no dudaron en dar testimonio de fe con su vida.

Pero como la actual jerarquía eclesial parece que tiene mucho interés en mantener su capacidad económica, evitando enfrentarse a gobiernos ultraizquierdistas o colaborando con gobiernos separatistas, quizá no venga mal recordar que aquellos a los que combatió el Generalísimo Franco en 1936, menoscabaron gravemente el patrimonio religioso español.

Todos conocemos que la andadura de la II República comenzó con la quema de conventos de mayo de 1931, que afectó a mas de un centenar de inmuebles de la Iglesia católica española. En Madrid destaca la quema de la Casa de los jesuitas ubicada en la calle Flor Baja y su iglesia aneja. En este incendio se quemó su biblioteca, considerada en aquel momento la segunda mejor de España. Contaba con más de 80 000 volúmenes, entre ellos incunables irreemplazables. En el incendio se perdieron para siempre ediciones de Lope de Vega, Quevedo, Calderón de la Barca o Saavedra Fajardo. En el Colegio de la Inmaculada y San Pedro Claver y el Instituto Católico de Artes e Industrias (ICAI) de la calle de Alberto Aguilera se perdieron para siempre 20 000 volúmenes de su biblioteca, en el Colegio de Nuestra Señora de las Maravillas de Cuatro Caminos, se destruyó su museo de mineralogía, el más importante en España. después del de Ciencias Naturales. En 1932 se vuelven a repetir los ataques en Zaragoza, Granada, Cardona y Cádiz, en Sevilla se quema la Iglesia de San Julián. En el 33, el día de la Inmaculada arden en Zaragoza 10 iglesias y conventos, en Calatayud queman el santuario de la Virgen de la Peña. Con la revolución del 34, los rojos se ceban con la Iglesia en Asturias, destaca la destrucción de la catedral de Oviedo, cuya Cámara Santa es volada con dinamita. Sufren también ataques templos en León, Ponferrada, Rioja, Aragón, Valencia, Cataluña y Andalucía. Tras el triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, se recrudecen los ataques contra los inmuebles de la Iglesia. De nuevo arden iglesias en Albacete, Jumilla, Valladolid, Madrid, Cádiz, Barcelona, Toledo, Baracaldo, Valencia, Granada, Jerez de los Caballeros, Logroño, Grazalema, León …

Ya con la guerra civil en marcha, en la zona roja (a excepción de las Vascongadas controladas por el PNV) ni un solo templo o convento católico quedó sin devastar, quemar o ser confiscado por las autoridades republicanas. La barbarie del bando frentepopulista no sólo se limitó a profanar los cementerios de religiosos, exhibiendo los restos de frailes y monjas públicamente, su falta de respeto por los muertos los llevó a profanar la tumba de Don Pelayo, sobre la que gravaron U.H.P. (uníos hermanos proletarios), la tumba de Dª. María de Castilla o María de Aragón, cuyas cenizas aventaron, la del cardenal Cisneros, la de Wifredo el Velloso, la de Balmes, todas ellas en templos católicos que asaltaron.

Al terminar la guerra civil más de 20.000 Iglesias y conventos habían sido destruidos. Incalculables los miles y miles de retablos, tallas y esculturas religiosas y objetos de culto que fueron destruidos o saqueados.

No les vendría mal a nuestros obispos recordar la encíclica DIVINI REDEMPTORIS del Papa Pio XI: “No se ha limitado a derribar alguna que otra iglesia, algún que otro convento, sino que, cuando le ha sido posible, ha destruido todas las iglesias, todos los conventos e incluso todo vestigio de la religión cristiana, sin reparar en el valor artístico y científico de los monumentos religiosos (…) Y esta destrucción tan espantosa es realizada con un odio, una barbarie y una ferocidad que jamás se hubieran creído posibles en nuestro siglo. Ningún individuo que tenga buen juicio, ningún hombre de Estado consciente de su responsabilidad pública, puede dejar de temblar si piensa que lo que hoy sucede en España tal vez podrá repetirse mañana en otras naciones civilizadas”.

Pues resulta que quien puso fin a aquella barbarie en España fue Franco, el mismo Franco del que ahora reniega la jerarquía eclesiástica y al que niegan una misa, el mismo Franco que apoyó incondicionalmente a la Iglesia católica y que en la postguerra dedicó no pocos esfuerzos a reparar el patrimonio religioso que había sido destruido.