Hace muchos años, muchos, en las fiestas de Tordesillas, en la caseta ferial de Castilla Comunera contemplé con el espanto de una profecía paranormal, esa sensación súbita e indescifrable que, aún siendo disparatada, esperpéntica, la percibes cercana y familiar, la consigna que almenaba el dintel del chamizo de los batasunos castellanos: “Castilla sin Spain”(sic).

Muchos años después, muchos, aquella profecía paranormal se ha cumplido y se ha mineralizado en una realidad subnormal (stricto sensu) jaleada por una muchedumbre de bárbaros, tan efímeros como dañinos, que cifran la culminación de sus sueños tribales en la partícula privativa sin… “sin Spain” en Cataluña y en las provincias castellanas de Vasconia, “sin Spain” en Valencia y en Baleares, “sin Spain” en Navarra y hasta en la mismísima Castilla de la que, al grito de “maricón el último”, León, Zamora y Salamanca están tejiendo ya su taifa y su fuero al margen de Castilla porque si España es una entelequia, un ectoplasma, una psicofonía de ultratumba y la sombra sin cuerpo de una falsaria leyenda, Castilla, que es la madre de la sombra del ectoplasma, tampoco existe, también es polvo gravitando en la leyenda hispánica.

Por eso, con la velocidad de la gangrena, la estupidez colectiva reafirma su singularidad, su genuina individualidad y su identidad sin genética en la negación de España implícita en la afirmación, innecesaria por obvia (sólo los tontos enfatizan lo obvio) que sostiene que cualquier aldea, pueblo, pedanía, provincia o región existe… “sin Spain”.

Cuándo llegará la voz que se alce para proclamar “España existe” por encima del parloteo de las cotorras de campanario, como se elevó la de Rodrigo de Triana para gritar “¡Tierra a la vista!”