Titula el periódico El Español, coincidiendo con el día primero del mes y año en curso, segundo centenario de la Revolución liberal de 1820, “Dos siglos del Trienio Liberal, la revolución que arrodilló a Fernando VII”. Me parece un tanto presuntuoso el titular teniendo en cuenta que fue precisamente Fernando VII quien se alzó con el triunfo y continuó con su poderoso cargo de rey absoluto, por encima de paniaguados y liberales, cuyos gobiernos, por otra parte, fueron un fracaso absoluto en el orden político y en el social. Es probable que esto que acabo de escribir provoque alguna descalificación entre los idólatras del liberalismo. Pero basta una simple reflexión para poner el punto sobre la i.

 

El Trienio Liberal fue el periodo que dio comienzo el 10 de marzo de 1820 cuando, tras el pronunciamiento de Rafael del Riego, el 1 de enero de aquel año, en la localidad sevillana de Las Cabezas de San Juan, manifestó su desobediencia a una orden para partir a las plazas españolas en América, que trataban de independizarse aprovechando la debilidad de España como consecuencia de la Guerra de la Independencia. Este esquema podría explicarse así de fácil sino fuera porque factores fácticos operaron también para conseguir una y otra cosa: la independencia de los territorios españoles en América, y el cambio de rumbo en la política española. He manifestado en alguna ocasión que la Guerra de la Independencia (1808-1813), fue la última acción conjunta de España como nación. Con la Constitución de 1812, la sociedad española comenzó a ser presa de la iniciativa partitocrática, y la sociedad se fagocitó en dos bandos: la derecha y la izquierda, aunque con otras denominaciones. O sea, dos grupos que respondían a dos maneras diferentes de concebir la política, la sociedad, la religión, la cultura.

 

Hoy es asumible, incluso por aquellos más reacios, la creencia de que la masonería estuvo detrás de aquella revolución liberal que corresponde, en realidad, a la segunda manifestación de este signo que se produjo en España (la primera sería la doceañista, con personajes del calibre de Agustín Argüelles, por ejemplo), al financiar desde los territorios españoles en América, a las logias que fomentaron la deserción de cuantos regimientos conformaban el Ejército Expedicionario al que pertenecía el entonces Tte. Coronel Rafael del Riego y Flórez. La masonería no era nueva en España pues desde finales del siglo anterior, algunos aristócratas se habían dejado cortejar por esta religión laica que aún no había manifestado su sutil capacidad de convencimiento para cambiar el orden mundial. Pero la masonería que operó en España, desde el regreso de Fernando VII, fue una auténtica herramienta subversiva para llevar adelante la revolución proclamada por Rafael del Riego.

 

Pero apelando al titular del periódico digital citado al comienzo de este artículo, con el que parece que se trata subrayar un éxito aparente, conviene también recordar que el liberalismo de 1820, más radical y desafiante que el del año 12, mantuvo tensiones con otras fuerzas incluidos, claro, los liberales doceañistas (resumida en la famosa Sesión de las Páginas, por parte de Agustín Argüelles, con motivo de la entrada de Riego en Madrid).

 

Es también muy importante tener en cuenta las provocaciones que desestabilizaron al régimen liberal, como la batalla de las Platerías, la Causa del 7 de julio, la amenaza de las potencias del Congreso de Viena, entre otras, y la peor de todas ellas: la pasividad del pueblo español para impedir la marcha de los llamados Cien Mil Hijos de San Luis, aquellos que desde un tiempo atrás permanecían acantonados en los Pirineos, a la espera de la orden de entrada en nuestro territorio. Si los españoles habían escrito una página gloriosa luchando contra Napoleón y su extraordinario ejército, en 1823 no estuvieron dispuestos a hacer lo mismo contra el Duque de Angulema, porque la voluntad popular, en aquel tiempo, buscó despejar un horizonte cuajado de incertidumbre. El régimen liberal cayó, víctima de sus propios errores, y Fernando VII aún permaneció diez años más en el trono. ¿Arrodillado?, en absoluto, cuando llegó el momento, él también marchó el primero por la senda constitucional.