Algunos llevamos mucho tiempo diciendo que la nación está siempre por encima de la democracia, a pesar de que esta afirmación provoca hoy en día erisipelas, diarreas y flojera de esfínteres. Nada nuevo, porque la verdad ha producido siempre los mayores escándalos, como bien sabemos los católicos, por cierto.
 
La victoria del PSOE, con sus socios comunistas y separatistas, no es nada nuevo en la tradición democrática española, que suele empeñarse en el suicidio colectivo siempre que puede. De todo lo elegible, el noble pueblo español elige invariablemente lo peor, sin duda porque lo elegido es siempre un reflejo fiel de quienes eligen. Los españoles de hoy, salvo excepciones que confirman la regla, no leen nada serio, no creen en nada más que el ocio y las nuevas tecnologías, y tienen su centro vital en el estómago y entre las ingles, por la sencilla razón de que hace décadas que no tenemos alma como pueblo. Nos han destrozado el espíritu nacional.
 
Esta labor de décadas, que comenzó al día siguiente de morirse Franco, tiene hoy su resultado más espectacular para nuestros enemigos internos. Es ahora, cuando ya no quedan ni los restos de los principios y valores que nos convirtieron en imperio, cuando vemos con claridad las cenizas de nuestra grandeza, la miseria de nuestra mediocridad, la podredumbre moral que opera con precisión cada vez que nos acercamos a las urnas. Hoy somos peores que ayer, y no tengan la menor duda de que somos mucho mejores que mañana, porque la degradación moral tendrá su última estación en Sodoma y en Gomorra, versión 4.0 y con conexión inalámbrica.
 
En Pedro Sánchez se dan todos los motivos humanos de vergüenza ajena: frivolidad en el uso del dinero público, vanidad en lo personal, puerilidad y mediocridad en lo intelectual. Y es precisamente por eso por lo que ha ganado las elecciones, aunque en teoría pudiese parecer una contradicción. Lo que premia la democracia liberal de hoy es la inconsistencia y la superficialidad, la imagen, la falta de escrúpulos morales, la altanería, la soberbia y la estupidez. Cuanto más mendrugo seas, más opciones tendrás de gobernar a la masa.
 
Y al revés: los más preparados y sencillos, los que dicen la verdad, los que se preocupan del Bien Común y no de su ombligo, los que han empleado años en su formación y en su trabajo, los que tienen un bien ganado prestigio profesional, son marginados y orillados, empujados al ostracismo, porque es imposible que los mediocres puedan valorar y premiar la excelencia y la calidad. Si además defienden la unidad de España, nuestras raíces culturales y la moral objetiva, entonces puede decirse que están condenados a galeras de por vida.
 
Poco más se puede añadir a lo esencial. A riesgo de parecer pesimistas, es evidente que lo que nos espera en el futuro es más de lo mismo. Un pueblo cada vez más embrutecido por la TV y las nuevas tecnologías que elegirá invariablemente siempre a los peores, a los más corruptos, a los más mediocres, a los más traidores. Esto se llama democracia y, al parecer, es el menos malo de los sistemas.