Consumido en su impotencia Pablo Iglesias ya no gallea, se arrastra. Perdida hasta la última esperanza de su delirio comunista, el alfeñique bolchevique ya no amenaza, ya no le perdona la vida a nadie ni despoja de pedigrí democrático a los que desprecia tanto como los necesita. Desde el lujo en el que vive, el odio rancio que le alimenta y el disparate político que vocea, Pablo Iglesias alborea en la derrota como un mendigo, como un cesante del sagastacanovismo suplicando un cargo, un ministerio, lo que sea que le dé primer plano en los telediarios y los suficientes denarios para pagar la dacha del conde Vronsky y las mucamas que le pastorean la prole a cien euros la jornada, salario escandaloso para el camarada Echenique que hubiera mandado a la cheka de Fomento, a que le hicieran la manicura, a cualquiera de sus asistentes que se le hubiera ocurrido pedirle semejante soldada por cubrir las necesidades derivadas de sus carencias.

 

Pablo Iglesias es la metástasis democrática de una sociedad enferma, de una Nación que dejó de serlo para convertirse en un país, sólo un país, que quiere separarse de sí mismo. Pablo Iglesias es el pus que supura un cuerpo social gangrenado de estupidez. Es al antídoto de la verdad y de la libertad. Y en ese potaje de gangrena, pus e imbecilidad colectiva, sobre un paisaje huérfano de grandeza y metafísica, arado por la corrupción y la pobreza, Pablo Iglesias obtuvo un éxito electoral fulgurante… y efímero.

 

Su hueca chulería, su fanfarronería impostada y su kultureta cansina, su altivez sin apostura, su lenguaraz dialéctica y su estudiado torpe aliño indumentario, su desvergonzada conducta financiera, la materialización de sus aristocráticos gustos inmobiliarios y su arrogancia de macarra poligonero tratando a sus chatis, sus churris, sus novias, o lo que hayan sido, o sean, las tías que a su lado caminaron con el paso torpe de la plebeya que se cree zarina, le hicieron despreciable hasta para los soviets que le calentaron el trono en aquellos tiempos en los que Pablo Iglesias se creyó Lenin en Petrogrado y hacía muescas en sus listas negras con los cadáveres de los que aún no había conseguido eliminar, porque todavía le faltaban unos años y unas urnas para asaltar el cielo y teñirlo de rojo.

 

Es tan despreciable que hasta los que lo son tanto como él, pero carecen de la vanidad que es la viagra de su ego hipertrofiado, le han abandonado. Le han dejado solo en su patética romería en la que suplica un ministerio a cambio de un apoyo parlamentario irrelevante. Nietzsche decía que cuando el herido es el orgullo, el resultado es la grandeza, pero cuando la herida es la vanidad, el resultado es la tragedia. En el caso de Pablo iglesias, la tragicomedia de verle llorar por un cargo a cambio de nada. Porque eso es lo que eres, Pablo, nada. La nada con acta de diputado… de momento.