De Talleyrand, que  como Setién también fue obispo, Napoleón Bonaparte decía  que “era un montón de mierda en una media de seda”, y en sus papeles de Santa Helena el gran corso afirmaba que sólo había conocido a dos traidores netos y natos: Fouché y Talleyrand. Las dos cosas fue el obispo Setién, un montón de mierda coronado por un alzacuello y un traidor, neto y nato, a los inocentes llevados al patíbulo del nacionalismo vasco por la Organización Socialista Abertzale Euskadi Ta Askatasuna, más conocida por el siniestro acrónimo ETA.

 

Setién estuvo siempre más presto a justificar el crimen que a derramar la piedad evangélica sobre los cuajarones de sangre de los españoles asesinados  en los patibularios altares de Sabino Arana. En aquellos años de plomo, cuando la sociedad vasca, emasculada por el miedo, domesticada por el terror, oía los tiros en la calle como quien escucha el hilo musical en la consulta del dentista, y se lavaba la conciencia en el bidé del “algo habrá hecho”, Setién acudía raudo con su dialéctica, mitad de fariseo mitad de zelote, a explicar el asesinato  con el falso apriorismo, con la mentira que encadena y  “consuela” con la melopea de la opresión  que engrilletaba la libertad del pueblo vasco.

 

Setién pastoreaba el clero vasco como un comando de cobertura de ETA, se negó siempre a que los féretros de los inocentes fuesen cubiertos y honrados  con la Bandera de España y adecuó lo que en los cines se llama la “sesión golfa” a los horarios de los funerales de las víctimas en las parroquias vascas. Siendo así que cuando un guardia civil de Cáceres era zurcido a balazos en cualquier esquina de las Vascongadas, antes de devolverlo a sus predios maquetos, le tiraban un responso, a las once o a las doce de la noche, en la parroquia más cercana al crimen, con la misma devoción del que arroja a la papelera un pañuelo lleno de mocos.

 

Setién ha muerto. Descanse en paz y que Dios le haya perdonado. Yo no puedo,ni como católico ni como español. Que Dios, Nuestro Señor, me perdone a mí también.