Qué es peor, condenar a un ser imaginario (El Quijote, como ejemplo paradigmático) a la realidad, o condenar a un ser real (el pueblo español) a lo ficticio; a esa ficción a la que se le profesa una veneración talmúdica y que viene a decirnos que los partidos políticos vertebran a la sociedad española, y que sin ellos perderíamos hasta el oremus.

Después del sainete que los partidos políticos nos han brindado en el Congreso de los Diputados con la, afortunadamente, fallida investidura Pedro Sánchez, alias “Mecachisquéguaposoy”, no he podido evitar recordar a Ciro el Grande, el arquitecto del Imperio Aqueménida, quien dijo de los griegos y de la ineficacia de su democracia y de sus diversas, variadas y múltiples “nacionalidades” ayuntadas en las ligas de las ciudades/estado para hacer frente a la agresión persa, que “el origen de su desastre estaba en que eran hombres que tenían un lugar señalado y venerado en sus ciudades (la Asamblea) para reunirse, engañarse e insultarse unos a otros bajo juramento”.

Porque eso, exactamente eso, es lo que ha pasado ante una situación de catástrofe nacional como la surgida de las urnas de abril. En un escenario lamentable hemos visto cómo el pueblo español cumple a diario con su deber: vota, paga y calla; sobre todo paga y calla, mientras los partidos políticos, en el venerado Parlamento, se regalaban unos a otros una soga para ahorcarse entregándose, todos, a ese gozo pequeño y sordo, maligno y estéril del insulto democrático que alimenta las portadas de los periódicos pero que no siembra nada… absolutamente nada edificante, más allá de la sal de la división, del enfrentamiento social, territorial y personal entre los españoles quienes, desde la Junquera al Teide, y después de trabajar para pagar impuestos, votar para legitimar a una clase política ruin, abyecta e incompetente, y callar para que no le llamen fascista, ve cómo los elegidos por la ruleta democrática se revuelcan en el fango de Rómulo. Esperemos que le den un uso apropiado y eficaz a la soga para ahorcarse que los partidos políticos se han regalado unos a otros en el sainete parlamentario de la sesión de investidura.