Tan solo injusticias. La sacrílega exhumación de ayer, una más. La postrera. Pésima y baboseante trayectoria. Sinteticemos, grosso modo. Un expresidente del gobierno que no fue imputado/investigado para soslayar su "estigmatización" por, nada menos, que la creación de una banda asesina (GAL). Justos jueces triturados (Sogecable). Confundir la colaboración con banda criminal con el enaltecimiento del terrorismo (encarcelamiento de la cúpula de Herri Batasuna). Paganinis de segunda división (Filesa). Parvas condenas para reprobables e inicuas prevaricaciones de jueces y políticos (Estevill, Garzón, Francesc Homs)...Y así, hasta el infinito y más allá.

 

Dos siglos de existencia del Supremo sedimentan deplorable huella en la historia de nuestra patria. Más funesta, si cabe, durante los decenios últimos. Durante nuestro ominoso narcorrégimen pederasta del 78, la máxima instancia judicial de nuestra tierra acontece Corte Regia que condesciende con el Príncipe. Con el Poder ejecutivo, preferentemente. El Supremo apuntala y acrisola sus delirios, arbitrariedades, desafueros y trapisondas varias. Un tribunal que conviene a la Razón de Estado. Sin más. El juez es un apéndice del Ejecutivo. Un juez que sigue el dictado de la atmósfera política de turno es un perfecto sinvergüenza y un vendido. Y un cobarde. Punto final. El Poder sigue siendo ese gran delincuente impune, Sciascia dixit. El Poder cree tener derecho a la impunidad y no tolera el control. Por ello siempre recurre a la payasada del consenso (de la maldad). La inmoralidad, la sumisión, la parcialidad y la censura, clásicos indesmayables de nuestra inexistente injusticia. Fidelidades (perrunas) confesas o inconfesables. Realidad desoladora. En el Supremo más. Con el trasfondo de una burda tramoya político-económica-mediática en la que se han representado -y se siguen representando- algunos de los episodios más significativos y señalados del acontecer nacional. Por desgracia. Jueces, policías, militares, periodistas, empresarios: felpudos del poder político.

 

Desigualdades y enemigos

La igualdad ante la ley es el principio. La desigualdad, el sistema. Derecho y jueces, sobre todo del Supremo, vulgares instrumentos de la politiquería o paranoia (bio)política de turno ( sañuda sentencia contra la manada de Pamplona). Prevalecen los criterios de oportunidad y conveniencia (cambiante sentencia sobre el impuesto de las hipotecas). El poder judicial, vulgar subpoder ancilar del poder político. Abolida toda independencia. Todo pacto por la justicia suele ser pacto de impunidad para los poderosos. Los políticos, casi siempre, por encima de las leyes.

Mientras, el político crea y recrea a su enemigo interior. Y se aplica el derecho de excepción. Batasuna, caso Blanquerna o las actuales leyes de género. Refractarios del sistema. Normas de emergencia, maderos transformados en jueces, togados en polis, tribunales especializados, política penitencia particularmente punitiva con efluvios pretorianos. La dialéctica inocente-culpable se trasforma en amigo-enemigo. Memento Carl Schmitt. Es el delito de lesa majestad, fantasmal, fantasmático y fantasmagórico, suplantando la noble justicia por el miedo y los preceptos de excepcionalidad. Todo deviene artificio. Apariencia jurídica, no justicia. Derecho penal, procesal y penitenciario sometido a la Razón de Estado. Las obscenas y turbias razones del Leviatán. Con sus naipes marcados y los pertinentes castigos y recompensas para el zascandil revoltoso.

 

Putos muertos de hambre

Y siempre, una justicia (muy) débil con el fuerte y (muy) fuerte con el débil. Siempre pagan los muertos de hambre. Sus crímenes jamás son impunes. La seguridad jurídica con ellos, vaporizada. Cruel tiranía ejercida a la sombra de las leyes y con fingimiento de justicia, ahogando a los desgraciados en la misma tabla en la que se habían salvado. El pequeño narco o pederasta o ladrón, desintegrado. El gran narco o pederasta o ladrón, impune. Siempre la impunidad, inapelable secuela de todo este asuntillo en el que nos va la vida. En España, parafraseando el derrape y sentido final de la sublime obra de Berlanga, Plácido, no hay justicia. Ni nunca la habido, ni nunca la habrá. La verdadera justicia puede ganar batallas, pero pierde casi todas las guerras. En fin.