La misma sagacidad que Pedro Sánchez, y su cuadrilla al frente de los ministerios de lo que se viene llamando Gobierno de España, aplica en gestionar la exhumación del cadáver de Francisco Franco, Caudillo de España, ex jefe del Estado durante casi cuatro décadas, debería haberla mostrado, por ejemplo, para reunir a Las Cortes en un pleno extraordinario y dar cuenta de la gestión de los fondos expoliados del Banco de España que su partido, y sus camaradas y colegas de la Segunda República, con el doctor Juan Negrín a la cabeza, y con el visto bueno del ácido Manuel Azaña, presidente de la Segunda República, que firmó el decreto del 13 de septiembre de 1936, efectuaron al comienzo de la guerra civil. Negrín, ministro de Hacienda del gobierno de Largo Caballero, tuvo muy claro desde el comienzo de la guerra civil del fabuloso tesoro que guardaban las cámaras acorazadas del Banco de España, y la importancia que tenía el control y el manejo de aquellos fondos, valorados en 15 mil millones de euros actuales.

 

El decreto, que nació con la condición de “reservado”, contaba con dos artículos, el primero de los cuales, facultaba al ministro de Hacienda, Juan Negrín, a disponer a su antojo de aquel tesoro: Para que en el momento que lo considere ordene el transporte, con las mayores garantías, al lugar que estime de más seguridad, de las existencias que en oro, plata y billetes hubiera en aquel momento en el establecimiento central del Banco de España”. A tenor de cómo se desarrollaron los hechos, está claro que Negrín, salvo alguna distracción, que la hubo, tenía como lugar preferido con las mayores garantías de seguridad la capital de la Unión Soviética, Moscú. Y parece claro, porque no creo que sea una coincidencia, que la llegada a España del camarada Orlov tenía como objetivo verificar que aquellas diez mil cajas salían de su lugar de origen, el Banco de España en Madrid, con destino al puerto de Odesa, donde posteriormente serían trasladadas a Moscú. Porque Orlov apenas pisar suelo español viajó a Madrid e inmediatamente a Cartagena, donde se ocupó de controlar el embarque de las diez mil cajas que contenían el tesoro. Digo que hubo distracciones porque no parece que cuadren las cifras: de las diez mil cajas, siete mil ochocientas llegaron a Rusia, dos mil fueron con destino a París y otras doscientas “se perdieron”, según cuentan historiadores que han estudiado esta etapa.

 

El segundo artículo del decreto decía textualmente: El Gobierno dará cuenta en su día a las Cortes de este decreto. Los españoles llevan esperando ochenta y dos años a que algún miembro del Partido Socialista explique, en un pleno extraordinario, dónde fue a parar ese tesoro y qué tipo de gastos justifica la tremenda inversión, porque el Banco de España contenía el cuarto tesoro más importante del mundo. Y no deja de resultar curioso cómo, poco después del expolio, los capitostes soviéticos anunciaban el aumento de reservas de Moscú, aunque atribuían ese incremento a las excelencias del régimen marxista.

 

Pero hay más. A finales de 1938, el embajador español en París, el socialista Marcelino Pascua, intensificó sus contactos con las autoridades francesas por orden de Juan Negrín, ya entonces presidente del Gobierno de la Segunda República, para lograr que un convoy de varios camiones que salió cargado desde Madrid, con destino a Francia, gozara del tratamiento de valija diplomática a su paso por el puesto fronterizo de Le Perthus, lo que consiguió. Los camiones fueron cargados con documentos procedentes de archivos personales de mandatarios del régimen republicano, archivos personales y el tesoro procedente de la Caja General de Reparaciones, lo que pronto sería conocido como el tesoro del Vita. La Caja de Reparaciones fue un organismo creado el 23 de septiembre de 1936, poco después de comenzar la guerra civil, por el propio Juan Negrín, con el propósito de recoger bienes expropiados para contrarrestar los gastos que la guerra ocasionaba en el bando republicano. Expolios, requisas, incautaciones de bienes inmuebles, dedicados a atender las necesidades del ejército republicano en este caso, muebles, obras de arte, joyas, dinero efectivo y divisas… todo bajo el control de un miembro del sindicato socialista UGT, Amaro Del Rosal, que, ya en el exilio, alzó la voz contra su jefe y criticó las órdenes recibidas. Según los propios cálculos de Del Rosal, el valor del cargamento rondaba los 4800 millones de dólares actuales; Negrín habló de 650 millones de dólares actuales, y el periodista e historiador Juan Ernesto Pflüger calcula que la equivalencia sería semejante a una anualidad de los presupuestos del Estado del año 1934 ¡casi nada!

 

Sería aconsejable que Pedro Sánchez, entre vuelo y vuelo al parecer a precio de chárter con que distrae su mandato, y entre decreto y decreto con que trata de paliar la falta de diputados de su grupo parlamentario, justificara a las españolas y a los españoles lo ocurrido con tanto dinero, tanto tesoro, tanta joya. Del cargamento del Vita, por ejemplo, sabemos que las cajas terminaron en Méjico, con la intervención del entonces presidente Lázaro Cárdenas y la manipulación del experto (en manipulaciones) don Inda (Indalecio Prieto), que le ganó la mano al propio Negrín, aunque las cuentas auditadas por la propia República en el exilio nunca aclararon mucho, ya que los auditores (el que fuera subsecretario de Hacienda, Gabriel Bonilla; el miembro del Cuerpo de Intendencia de la Armada, Virgilio Botella, y el magistrado del Tribunal Supremo, Iglesias Portal), denunciaron que no se disponía de un inventario previo ni de un libro mayor, y no había contrapartidas contables, sino asientos sobre donaciones y ayudas sin más.