Cabría decir que el panorama político está en plena efervescencia y que, pese a los datos conocidos del CIS -ya no se cocinan, se prescinden de los elementos correctores y de las desviaciones para sonrojo de una institución oficial-, nadie es capaz de predecir con seguridad lo que saldrá de las urnas en el largo tiempo electoral abierto por Susana Díaz bajo el carpetovetónico lema de ¡Virgencica que me quede como estoy!

 

Así pues, ya estamos en campaña, lo que coloca a no pocos ante los problemas que abren unas elecciones que serán las primeras de unas sucesivas primarias multipartidistas porque afectarán a todos los partidos. En ellas, refiriéndose a las inminentes andaluzas, podrían aclararse algunas incógnitas o al menos indicarnos cuál es la tendencia a futuro: ¿hasta qué punto el efecto Sánchez, en positivo o negativo, se hará notar? ¿Dejará Sánchez sola a Susana para librarse de un enemigo a futuro? ¿Mantendrá Ciudadanos a un gobierno socialista en virtud de su equidistancia y como antecedente de lo que pudiera resultar de unas generales equilibradas entre los cuatro grandes partidos? ¿Se confirmará o será nube de Primavera el llamado efecto Casado? ¿Se mantendrá la teórica desafección de una parte de los votantes de derechas del PP para votar a quien se quiere presentar como el único partido de derechas, si es que se presenta? ¿Cómo encarará las elecciones la jaula de grillos en purga permanente que es Unidos Podemos? ¿Hasta qué punto confirmarán la tesis de que Unidos Podemos recupera voto sobre las encuestas cuando llegan las elecciones? ¿Qué grado de rechazo marcará la abstención? Y sobre todo, ¿cómo van a reaccionar los españoles que no forman parte de las bases clientelares de cada partido?

 

Los españoles comienzan a tener la sensación de que políticamente están en una montaña rusa permanente en la que los hechos que empujan a la caída los vagones, aumentando la inercia, se encadenan sin que nunca se cierren con lo que el movimiento es continuo. Y eso es responsabilidad del presidente del gobierno.

 

Pedro Sánchez ha decidido que lo mejor para él es aguantar en la irresolución permanente de los melones que abre de forma compulsiva, sin percibir que está generando una tormenta perfecta que puede reducirle a la nada de la que nunca debió salir, algo que temen en su propio partido. Cada vez es más evidente que el señor Sánchez espera mantenernos en ese estado, en esa montaña rusa, hasta las elecciones generales. Esas que le permitirían, según su estrategia, seguir en el poder, lo que es su gran y único objetivo pues ya ha anunciado que su meta es un nuevo ciclo de gobiernos socialistas que se mantengan en el poder hasta 2030. Para ello, dados los comportamientos electorales que se estiman como posibles, necesita continuar alimentando su peligroso juego de dividir a sus enemigos/amigos, nacionalistas y de izquierda, enfrentándolos dada su heterogeneidad interna y sus objetivos diversos; claro que también es cierto que para ello no se necesita mucho. A su derecha lo tiene más fácil. Ahí está el enemigo, que además es, según su discurso, el enemigo de todos y de todo y al que, siguiendo una vieja pero efectiva táctica del antifascismo, hay que deslegitimar, pero dada la coyuntura en que nos movemos que nadie descarte que Sánchez o sus padrinos haya optado por la táctica Mitterrand para desgastarlos en la sucesión de primarias. Algo que más tarde o temprano se confirmará.

 

Sánchez juega a la táctica de corto plazo, a convertirse en la única alternativa para continuar con unas “reformas” anunciadas -si gana lo solucionará todo, es su mensaje-; y la única opción poselectoral de gobierno para ultraizquierdistas y nacionalistas, si no quieren que vuelva la derecha. Si algo caracteriza al gobierno, además de su caradura ante los casos personales de no pocos ministros salidos o previsiblemente salientes, es el uso del lenguaje indisolublemente unido a su falta de acción real de gobierno. ¿Cuál es el balance del gobierno Sánchez hasta hoy? Ninguno. Llevamos meses de ausencia gubernativa que, sumados a los últimos de Rajoy, están perjudicando a futuro a los españoles hasta tal punto que se está produciendo una inversión de los parámetros que mostraban mejoras económicas de tipo macroeconómico pero que no se trasladaban a la población. España es hoy un país inestable e inseguro para la inversión que en vez de atraer provoca huidas de capital. Sánchez ha conseguido hasta que los datos del turismo marquen un retroceso. Pero los efectos reales, a lo que se añaden los signos de una crisis económica que como Zapatero no quiere ver, tardarán en hacerse realidad y por ello tendrán poco peso en la sucesión de elecciones. Para apagar su eco basta con promesas y con los presupuestos generales del estado.

 

La ausencia de gobierno real, es un gobierno sin programa conocido, es un gobierno que nunca presentó su programa en sede parlamentaria ni lo sometió al dictado de las urnas, nos lleva al enquistamiento de los problemas cubriendo su inanidad con las inconsistentes frases habituales del presidente llenas de buenísimo. En algunos aspectos más que enquistarlos lo que hace es agravarlos, porque es también un gobierno de ocurrencias. Eso sí, sostenido por el poderoso entramado mediático regalado a la izquierda por Aznar y consolidado por Rajoy y Soraya, el señor Sánchez asume que tanto los nacionalistas como la ultra izquierda, pese a sus exabruptos, son rehenes de la situación: no pueden retirarle su apoyo porque ello llevaría a las elecciones con el consiguiente triunfo del tándem Casado-Rivera. Aunque, en este caso, haciendo de la necesidad virtud, ya maniobraría el presidente, con su habilidad de tahúr, para que Ciudadanos pudiera convertirse en el aliado necesario para seguir en La Moncloa. Que nadie se extrañe, porque Sánchez es capaz de variar su “no es no” si con ello continúa siendo presidente.

 

Sánchez se ha convertido en un experto mareando la perdiz. Su gestión política se basa en la propaganda, el anuncio, los trajes impecables hasta para andar por el fango y la sonrisa profiden -perdón por la publicidad gratuita-. Como es habitual la culpa la tienen los de antes. Él, como reitera, poco puede hacer ahora con sus pocos diputados y por eso necesita una mayoría suficiente en las próximas elecciones para solventar los problemas con las inaplicables propuestas que presenta un día sí y otro no.

 

Mientras, la sucesión de problemas bloquea la percepción de la realidad y casi que anula a una oposición que parece no acostumbrada a esta situación. Lo que conduce a pensar que la sangre nunca llegará al río. No lo hará en el problema independentista, no lo hará en la situación de las pensiones, no lo hará en la corrupción, no lo hará en el mercado laboral, no lo hará en la sanidad, no lo hará en el tema de la migración... Las palabras lo van a cubrir todo, especialmente con el discurso de los presupuestos sociales y la rebaja de impuestos, para ocultar que habrá recortes, que tendremos subidas de precios y los impuestos emergentes para sustituir la merma de ingresos. A la clase media, que va a seguir erosionándose, le van a meter las manos en el bolsillo.

 

Y toda crítica por su derecha será anatemizada recordando a Franco, por lo que la exhumación-profanación, dentro de la táctica Sánchez, se prolongará en el tiempo eternizándose hasta las generales. Frente a ello una oposición insegura parece incapaz de articular un discurso y una acción bajo el lema de: ¡Señor Sánchez, márchese!