La idea de ese salario es vieja. Recuerdo que se planteó hace muchos años, pero una ministra del PSOE lo rechazó de plano: demasiadas mujeres se apuntarían, y para ella la labor del ama de casa atendiendo al hogar y a la educación de los hijos era un mal, así que nada de darle aliciente. A las feministas les irrita mucho que la mayoría de las mujeres deseen formar un hogar tradicional, y lo pintan como una esclavitud.

 

Realmente, solo alguien  con la mente perturbada por la histeria feminista puede dejar de reconocer la importancia vital para la sociedad, de la labor del ama de casa; y la posición injusta en que se desenvuelve. Tradicional y mayoritariamente, su salario era el del marido, que ella compartía y a menudo administraba, aunque con dos inconvenientes: que en la vejez, sobre todo en caso de viudedad, la mujer se quedaba sin nada; y que en el caso de un marido déspota, se veía obligada a soportarlo si no tenía otros recursos. Por otra parte, las cosas han evolucionado con la posibilidad y exigencia de un mayor consumo, de modo que mantener una familia, aunque sea sin hijos o con uno solo, impone dos salarios, en detrimento de las tareas domésticas y de la propia estabilidad familiar (solo hay que ver las estadísticas).

 

En el franquismo se procuraba evitar que la mujer casada trabajase fuera del hogar (lo que significaba generalmente en la fábrica) y en todo caso sin jornadas excesivas ni trabajo nocturno, y establecía un subsidio familiar y descuentos a las familias numerosas. Esto, claro está, era insuficiente, y más en los años 40, cuando empezó a aplicarse. Un problema anejo era el analfabetismo, más extendido entre mujeres que entre hombres, por lo que la Sección Femenina se aplicó a una importante tarea de alfabetizar e introducir a las mujeres en la vida laboral, aprendiendo oficios o alguna carrera, lo cual daba más autonomía a las mujeres. De hecho se progresó bastante ya en aquella época.

 

De todas maneras no se contempló el salario. Se han hecho objeciones a él en función de posibles fraudes, de una inmigración, en particular musulmana o de otras culturas, que muchos hombres aprovecharían para no trabajar. Está además el problema económico, es decir, de dónde saldrían los recursos necesarios. Pero en cualquier aspecto, incluida la seguridad social, existen esos problemas y siempre pueden solucionarse si hay voluntad.