Seguro que ya se han enterado de que el Tribunal Supremo ha paralizado por unanimidad que se trasladen los restos del ex Jefe del Estado que reposan en la basílica del Valle de los Caídos ante el recurso que interpuso la familia. Ni que decir tiene que hay muchos a quienes les ha sentado muy mal esta decisión judicial, pero, como tan claramente expresa el principio jurídico de derecho romano: dura lex, sed lex. Que traducido al román paladín quiere decir que si no te gusta, te aguantas.

 

La intentona viene de largo. En 2005, la cuadrilla que en su momento lideró el nefando José Luis Rodríguez Zapatero, ya lo intentó, aunque de una forma bastante infantil, estarán de acuerdo. Alegaron falsos problemas de seguridad estructural, y justificaron el cierre del complejo para evitar accidentes por el desprendimiento de alguna roca. ¡Más simples que el asa de un cubo! No se lo creyó nadie. Obviamente, las mentiras tienen las patas muy cortas y no pudieron mantener el burdo engaño mucho tiempo.

 

Los chicos del ejecutivo no se desanimaron con aquel estrepitoso fracaso. ¡Qué va! Lejos de rectificar, se obcecaron en la exhumación y, como tenían mayoría parlamentaria suficiente, consiguieron aprobar la Ley de Memoria Histórica en 2007. Les pareció feo decir que lo hacían con ánimo revanchista, porque otra cosa no, pero a éstos la estética les importa mucho, y dijeron que lo hacían al objeto de “reconocer y ampliar derechos a favor de quienes padecieron persecución o violencia, por razones políticas, ideológicas, o de creencia religiosa, durante la Guerra Civil y la Dictadura, promover su reparación moral y la recuperación de su memoria personal y familiar, y adoptar medidas complementarias destinadas a suprimir elementos de división entre los ciudadanos, todo ello con el fin de fomentar la cohesión y solidaridad entre las diversas generaciones de españoles en torno a los principios, valores y libertades constitucionales”. Las palabras son bonitas, pero … ¡cuánta falsa nobleza encierran! ¡Qué derroche de cinismo! 

 

Vamos a ver, ¿alguno de ustedes ha oído a quienes se les llena la boca de Ley de Memoria Histórica "reconocer" que, entre 1936 y 1929, fueron asesinados más de 10.000 católicos, de los cuales casi 2.000 han sido beatificados? 13 obispos, 4.184 sacerdotes seculares, y 2.365 frailes fueron masacrados porque sus asesinos quisieron acabar con quienes manifestaran públicamente su fe en el Evangelio de Jesús.

 

¿Quizá han tenido noticia de que hayan "reparado moralmente" a los más de 4.000 fusilados cobardemente en masa en Paracuellos del Jarama, Madrid, o sus familias, con el fin de fomentar la cohesión y solidaridad entre las diversas generaciones de españoles en torno a los principios, valores y libertades constitucionales"? Seguro que no. Como tampoco les constará que nadie haya intentado "recuperar la memoria personal" de los más de 1.800 fallecidos en las checas republicanas de Madrid por no ser afectos a las huestes socialistas, comunistas y anarquistas que las dirigían. ¿Y nos quieren convencer que exhumar los restos de Francisco Franco es una obligación legal? ¡Qué miserables!

 

Y qué injusticia tan grande no reconocer qué magnánimos fueron quienes decidieron en 1977 amnistiar a todos aquellos que asesinaron a los anteriores, y a muchos miles más a quienes no he citado, para que, de verdad, en España imperase "el espíritu de reconciliación y concordia, y de respeto al pluralismo y a la defensa pacífica de todas las ideas.". Aquel gesto no sólo permitió la Transición, sino que articuló un Estado Social democrático de derecho con clara vocación integradora, concretado en la Constitución de 1978. ¿Qué necesaria sería hoy en día aquella grandeza de espíritu!

 

Camilo José Cela, en el discurso de recepción del premio Príncipe de Asturias de 1987, comenzó citando estos versos pertenecientes a la obra La Arcadia, de Lope de Vega:

 

¡Ay, dulce y cara España, 
madrastra de tus hijos verdaderos, 
y con piedad extraña 
piadosa madre y huésped de extranjeros!

 

Parece mentira que fueran escritos en 1598, hace más de 400 años. Qué vigentes parecen. Peor aún: ¡qué poco ha cambiado España en este sentido en los últimos cuatro siglos!