No estamos acostumbrando quizá demasiado a muestras de discriminación que, curiosamente, nos parecen muy bien porque se orientan a grupos sociales a los cuales se pretende compensar por haber sufrido algún tipo de discriminación. El trato desigual que reciben con respecto a quienes no pertenecen a dicho grupo social consiste en que se les otorga un trato preferencial o prebendas que otras personas no pueden alcanzar. Como somos, colectivamente hablando, tan políticamente correctos, nos parece, no diré estupendo, sino que me atrevería a decir que magnífico, porque no hay nada que nos llene más que solidarizarnos, apoyar y ayudar a los más desfavorecidos. ¡En eso sí que estamos en la Champions League!

Si encima, le ponen un nombre chulo, como discriminación positiva, miel sobre hojuelas. Hay quienes dicen que podría ser más chulo aún si no llevara la palabra discriminación, porque la discriminación positiva, para que sea positiva, antes debe ser discriminación. Y eso, hay que reconocerlo, no está bien del todo. Sobre todo, porque a todos nos llega enseguida a la cabeza que, en nuestra Constitución, todos los españoles somos iguales ante la ley y no puede prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.

Pero para solucionarlo en parte, llegó muy hábilmente nuestro Tribunal Constitucional y, en un alarde de malabarismo jurídico, reconoció la existencia de la discriminación, pero la justificó porque, según la ponencia en que aprobó esta forma de proceder, eran “tratos diferenciados a favor de las mujeres con el fin de corregir desigualdades de partida, de eliminar situaciones discriminatorias, de conseguir resultados igualadores y de paliar la discriminación sufrida por el conjunto social de las mujeres”. Y sustituyendo “discriminación” por “trato diferenciado” resolvieron la cuestión. ¡Tres hurras por el Tribunal Constitucional!

Porque ahí empezó todo. Salvo quienes los sabían, a los demás les pareció bien porque se suponía que la discriminación positiva era la forma de garantizar la igualdad. ¡Infelices! La discriminación positiva es, en realidad, una herramienta para transformar la sociedad, porque lejos de conseguir su objetivo, que se supone es la igualdad, en realidad, otorga a quien se pueda beneficiar de ello alcanza un mejor derecho y, por contra, discrimina “negativamente”, disculpen la redundancia, a quien no pertenece al colectivo social beneficiario de la cobertura.

Pero como llevamos tanto tragado, ya se encargaron de ello los medios de comunicación y los periodistas políticamente correctos, ahora vamos dos kilómetros más allá, ¡Ya que nos ponemos, que merezca la pena! Ahora que la discriminación positiva está aceptada, consentida, tolerada y no contestada, se pretende ampliar sus efectos también a las voces discrepantes, para que ni tan siquiera se pueda hablar, opinar y plantear la irracionalidad de la discriminación. Hemos asistido a varios intentos de los que dicen ser más amantes que nadie de la libertad, de colarnos entre las normas que promulgan la prohibición de hablar en contra que no les venga bien. ¿Qué no se lo creen? Por poner sólo un ejemplo general, con la ideología de género es precisa una precisión dialéctica rayana en lo quirúrgico porque, a la más mínima, cualquiera puede ser acusado de un delito de odio y ser tildado de elegetebeifobia, o como quiera que se escriba, imputación equiparable, y en muchos casos sinónima, a la de fascista. ¿O no?

Vamos con un ejemplo reciente de ello. El Rector Magnífico (permítanme una ligera sonrisa) de la Universidad de Cádiz, ha vetado la participación del abogado defensor de cinco de los jóvenes que practicaron sexo grupal en Pamplona hace un tiempo (no sé si les sonará este asunto), en un ciclo de conferencias sobre delitos sexuales. ¿La razón? Pues que estima el Magnifico que tiene autoridad para hacer algo así, que es lo más conveniente porque… Bueno la verdad es que el por qué le importa poco. Lo relevante es que lo ha prohibido y ya está. Pero no ha estado hábil el académico ahí. Le ha faltado decir que eso es “censura positiva”. No se puede estar en todo.

Recuerden: para que triunfe el mal, basta que los hombres de bien no hagan nada.