La vieja dicotomía entre universidades públicas y universidades privadas sigue en vigor. Ambos tipos de universidades han surgido como setas y amenazan con convertir a la mayoría de los españoles en titulados universitarios, carentes una buena parte de ellos del menor interés científico, académico e incluso cultural.

 El pasado día 11 volví a la docencia universitaria, como Profesor de la Licenciatura en Derecho de una universidad privada de Madrid, cuyo nombre no vamos a decir, para evitar ser acusado de darle publicidad, pero cuyas clases se imparten en Barcelona, en la sede de una prestigiosa universidad privada, previo convenio de colaboración entre ambas.

El nombramiento fue por invitación, más o menos como los profesores invitados de las universidades públicas españolas. Un alto directivo de la institución, a quien conozco y me conoce, decidió, de motu propio, y sin petición previa alguna, ofrecerme la posibilidad de colaborar con ellos, llamándome y explicándome las condiciones económicas, horario, asignaturas a impartir, etc., todo ello con la más amplia libertad de cátedra, la misma de la que no disfrutaba en la universidad pública, dónde los popes académicos se creían semidioses, en posesión de la verdad, de su verdad…

Las instalaciones me encantaron, y el alumnado también. Escasísimo personal de administración y servicios, a diferencia de la Universidad de Zaragoza, donde se cuentan por miles, para dar acomodo a las sucesivas avalanchas de enchufados y pedigüeños, que ya sabemos que los directivos de las universidades públicas son muy generosos…, con el dinero ajeno.

Un grupo pequeño de veintitantos estudiantes, adultos, prácticamente todos trabajando, que con esfuerzo, tesón y sacrificio, que es como se consiguen las cosas importantes en la vida, están sacrificándose para ampliar sus expectativas profesionales.

Con este grupo reducido me siento más un compañero que un docente, pues de sus intervenciones aprendí, tanto como ellos de las mías, espero.

Como no hay alegría sin pena, al regreso a Zaragoza recojo del buzón una carta de la Universidad de Zaragoza, donde me dicen lo siguiente:

  “Concluidos los motivos por los que se retiene la documentación presentada por Ud., al concurso público para la contratación y traslado de plazas de profesores asociados, curso 2000-2001…, le comunicamos que puede retirarla.

En caso de que no le interese recuperar la documentación, le agradeceríamos nos remitiese un mensaje autorizándonos a destruirla, a la siguiente dirección:… De no hacerlo antes del día 15 de febrero de 2013 procederemos a su destrucción”.

          Ha leído usted bien: curso 2000-2001; hace la friolera de trece años. Las universidades públicas, funcionarizadas, es lo que tienen. Cualquier trámite dura meses, y al haber sido impugnada la adjudicación de las plazas, los Tribunales dictaminaron la rescisión de los contratos de los nuevos profesores, pero no mi nombramiento, cono justo castigo por la temeridad manifiesta de enfrentarme a los poderes fácticos universitarios…

Es decir, en las universidades privadas se contrata al profesorado casi a dedo, aunque con exquisito cuidado de rodearse de los mejores, ya que les va en ello el prestigio y la supervivencia, y en las públicas se hace ver que se respetan los principios constitucionales de igualdad, mérito y capacidad, pero en la práctica se sustituyen por el de la idoneidad: la contratación del amigo de turno, la becaria que está de muy bien ver, o el correligionario político o sindical. En la mayoría de los casos se vulneran los principios constitucionales, más bien prostitucionales, por el abuso y la utilización torticera de los mismos. 

Esta mañana he acudido a recoger los documentos pertinentes. Me entregan dos cajas de archivo definitivo llenas de libros y artículos escritos por mí, algunos muy antiguos, de los que conservo muy escasos ejemplares, y por lo tanto de gran valor sentimental y personal.

El día estaba triste, a punto de llover, las cajas pesaban una barbaridad, y para colmo no aparecía ningún taxi en lontananza, pero el dolor estaba en el alma, la tristeza era espiritual… Tanto esfuerzo para nada.

Cuando era Profesor de la Universidad de Zaragoza estábamos unos dos mil, y el alumnado ascendía a más de cuarenta mil personas, y digo personas y no estudiantes, pues muchos no estudiaban nada, y lo único que hacían era perder el tiempo. Ahora escasamente hay treinta mil alumnos, pero el número de profesores sobrepasa los tres mil quinientos. ¿Para esto sirve la autonomía universitaria?

Termino ya. Tengo que preparar mis próximas clases, pues mis conocimientos teóricos ya casi están oxidados. Menos mal que la cultura, incluida la jurídica, es lo que se recuerda después de haberlo olvidado.

Retorno pues a la docencia universitaria, quince años después de haber sido echado de la Universidad de Zaragoza, por el expeditivo método de la no renovación del contrato. Vuelvo con la misma ilusión, pero más desengañado de la vida, pues los años no pasan en balde, pero, sobre todo, de las personas. Creo estoy más formado y preparado, pues aúno al conocimiento teórico del Derecho la práctica profesional durante estos quince años, como juez, fiscal y secretario judicial sustituto, así como abogado.

Llueve ahora sobre Zaragoza, pero llueve sobre todo en mi corazón. Adiós Universidad de Zaragoza. Bienvenidas universidades privadas, con pocos alumnos, gestión eficaz, sin funcionarios ni burocratización.