En el agonizante final de este 2018, el año en que Pedro Sánchez se salió con la suya y alcanzó la Presidencia del Ejecutivo, ante el cerrar de ojos de los cómplices que apoyaron el desalojo de Mariano Rajoy que, al fin y al cabo, éste sí había sido elegido por los votantes, aunque a mi particularmente no me gustó nada su política ni sus gobiernos, nos llega un gesto de honradez de José María Múgica, uno de los hijos de Fernando Múgica, asesinado por ETA en 1996. José María dimitió de su militancia en el PSOE tras ver la foto en la que cocinaban la cena de Nochebuena la líder de su partido, Idoia Mendi, y el coordinador de EH Bildu, Arnaldo Otegui. Ambos personajes estaban acompañados por Andoni Ortuzar, del PNV, y el podemita Lander Martínez, que formaban, por hablar en términos de master chef, la farsa.

 

Para los mortales, o sea, todas aquellas potenciales víctimas del sistema partitocrático que se viene repartiendo la tarta desde que comenzó la Transición, incluso aquellos que no creen en el sistema pero abrevan en él, no resulta fácil entender estos gestos que se nos imponen desde las distintas almenas del poder. En la desfachatez desmesurada con que suelen los políticos manejarnos, que es un ejercicio de imposición, del sí o sí, o del ¡no es no, señor Rajoy!, que viene a ser lo mismo, pocas veces reaccionamos ante el desafío, y pocos son los que dan un paso a pie cambiado, aunque sólo sea para avisar a los de arriba que las cosas no son como las cuentan.

 

El PSOE, partido en el que tengo algunos amigos de militancia, y de franco entusiasmo participativo, es un partido ruinoso para la historia de España. Un vistazo de nuestra historia contemporánea nos da razones más que evidentes para la desconfianza hacia esta agrupación. Y, sin embargo, no puedo dejar de reconocer que, tras la victoria de 1982, y ante el fiasco que representó Adolfo Suárez y su Unión de Centro Democrático -UCD-, la lectura de aquel manifiesto de intenciones de Felipe González en la plaza de Cibeles fue una bocanada de aire fresco, que pronto se contaminó por el negocio, el tráfico de influencias, las mordidas, las bufandas ¿se acuerdan?, y las comisiones. Aquellos socialistas surgidos en la reforma de Suresnes, de 1974, supieron entender el negocio de la política, ¿me siguen?, al cambiar también el sentido ideológico que inspiró a la formación. Tras la llegada de Zapatero (que Dios mantenga alejado de nosotros por los siglos de los siglos), el continuismo de Rajoy y la llegada de Sánchez, traicionando el pacto democrático y echándose en manos de independentistas y folloneros del neo comunismo, parece que los responsables del partido no pierden de vista ninguno de los dos conceptos, ni el negocio ni la política.

 

Casos hay, aunque no muchos, en los que algunos destacados miembros del socialismo oficial han roto amarras y han decidido navegar con otro rumbo, alejados de la marca o, incluso, enfrentados a ella. Me viene a la memoria otro gesto heroico, surgido en tiempos de la Segunda República, por uno de los más prestigiosos médicos de la historia contemporánea española, el doctor Mouriz Riesgo, que tenía una de las cuatro actas del PSOE por Oviedo, en las Constituyentes de 1931. El Doctor Mouriz abandonó su acta de diputado cuando, en junio de 1932, se comenzó a debatir el Estatuto de Autonomía de Cataluña, ante la pasividad, cuando no la connivencia, de su partido. Ni su amistad con Julián Besteiro fue suficiente para considerar su decisión. Poco después, cuando se radicalizó al violencia, decidió darse de baja definitivamente del partido. El obrero de la ciencia, como le habían llamado desde las páginas de El Socialista, no estaba dispuesto a cerrar los ojos ante posturas que él no compartía, que no aprobaba. ¿Cuántos socialistas de nuevo cuño deberían leer sus artículos de aquellos años para aprender las reglas básicas de su credo ideológico? Lo que luego pasó con el PSOE, por ejemplo, dos años más tarde con la revolución de octubre, o, dicho de otro modo, el intento de derrocar al régimen republicano por parte del PSOE, que ahora tratan de ocultar con las artimañas de la Ley de Memoria Histórica, es ya bien sabido, y las disposiciones y decretos que vaciaron las arcas del Banco de España y de la Caja General de Reparaciones, son hechos que habrá que repetir insistentemente a la sociedad española para que desconfié del postureo que a veces acompaña a los líderes de esta formación política.

 

José María Múgica no ha podido soportar esa fotografía, y lo que representa, en la que su líder compartía “democráticamente” con el ex miembro de la banda terrorista que asesinó a su padre y ha dicho “no en mi nombre”, que es algo que muchos españoles deberían decir también cuando se trata de respaldar medidas que sólo complacen a la clase política, que desatiende los intereses de los españoles.