Una advertencia previa. Sirve de preludio al “LIENZO EXCRETABLE” el muy conocido cuento “EL REY Y EL PAÑO MARAVILLOSO” que para la ocasión está tomado de un pequeño tesoro, el librito “Cuentos viejos de la vieja España”. Deliciosa selección de narraciones del S.XIII al S.XVIII que, con estudio preliminar, retratos  literarios, selección y notas de Federico Carlos Sainz de Robles está editado por AGUILAR (Madrid 1957) y ha sugerido esta narración, en la que se constata la verdad del viejo aforismo: “Nihil novo sub sole”

Aún dando por hecho, que la mayor parte de los lectores conocen sobradamente el cuento el paño maravilloso, recomiendo muy vivamente su lectura, como entremés o preludio del plato fuerte que corresponde a la segunda parte del título de este modesto opúsculo

EL CUENTO DEL REY Y EL PAÑO MARAVILLOSO

Señor conde Lucanor -dijo Petronio- tres hombres burlones comparecieron ante un rey y le prometieron, puesto que se decían fabricantes de paños, que le harían un paño que todo hombre que fuera hijo de aquel a quien tenía por padre, el paño vería. Pero para quien no fuera hijo de tal padre, el paño sería invisible.

El Rey se holgó mucho de aquella promesa, ya que teniendo aquel paño, podría saber cuáles hombres de su reino eran hijos de aquellos que debían ser sus padres y quienes no. Y acrecentar así sus tesoros, porque entre los moros no eran sino los verdaderos hijos los que tenían derecho a la herencia. Y el Rey mandó dar un palacio a los sastres para que pudieran trabajar su paño. Y ellos le dijeron que para que viese que no le querían engañar los mandase encerrar en aquel palacio hasta que el paño estuviera hecho. Y de esta sugerencia se holgó mucho el Rey. Y después que los sastres hubieran tomado mucho oro y mucha plata y mucha seda para hacer el paño, los encerró en aquel palacio. Y ellos organizaron su taller y dieron a entender que se pasaban todo el día tejiendo el paño. Y al cabo de unos días compareció uno de ellos ante el Rey para decirle que el paño estaba ya comenzado y que resultaba la cosa más bella del mundo; y díjole igualmente los dibujos y tonos que tenía el paño, y que si lo deseaba podía ir el solo a contemplarlo. Y de esto se alegró mucho. Y deseando el Rey que lo contemplase primero, antes que él otra persona, mandó a su camarero para que lo viese. Y cuando el camarero fue y oyó las explicaciones de los sastres, no se atrevió a decir que él no veía paño alguno. Y cuando volvió ante el Rey dijo que había visto el paño.

Y más tarde envió el Rey a otro y aconteció lo mismo. Y cuando todos a los que el rey envió le dijeron lo mismo y que debía ir a ver el paño, el Rey fue. Y cuando entró en el taller, observó que los sastres que estaban tejiendo decían: “Esto es tal labor… Esto tal historia…Esto tal figura… Esto tal color…” y parecía que hacían algo, y sin embargo no tejían cosa alguna. Y cuando el Rey vio que no tejían cosa alguna, y que no obstante decían tales cosas del paño, y que él no veía lo que tantos habían visto, creyó morir porque se tuvo que por no ser hijo del rey que había creído su padre y que por ello no podía ver el paño. Y receló que si manifestara que nada veía, sería despojado del reino que no podía heredar. Y por ello empezó a alabar mucho el paño, y a interesarse por cómo le decían los sastres que el paño era tejido. Y cuando regresó a su palacio comenzó a decir maravillas de aquel paño, y hasta describía, ante el asombro de las gentes que le escuchaban, las figuras y las cosas que había en el paño.

Al cabo de unos días mandó el Rey a un alguacil para que fuera a ver el paño. Y el alguacil fue allá, y cuando este penetró en el taller y vio a los maestros que tejían y que iban explicando las figuras y las cosas que había en el paño, y como el rey le había dicho como él lo vio y lo admiró, y sin embargo él no lo veía, se tuvo porque no era hijo de aquel al que él respetaba como a padre. Y supuso que si declaraba que él no veía el paño caería sobre él una gran deshonra. Y por tanto comenzó a ponderar el paño tanto o más que lo hiciera el Rey. Y cuando regresó a  presencia del Rey, y le dijo que había visto el paño y que era la cosa más hermosa del mundo, túvose el Rey por el más desgraciado, ya que habiendo visto el alguacil el paño, y no habiéndolo visto él, era seguro que él no era hijo del rey anterior. Y para no perder el reino comenzó a ponderar más que nadie la bondad y la belleza del paño y la maestría de los artistas que tal cosa sabían hacer. Y al otro día envió el Rey a otro de sus privados y sucedió lo mismo. Y lo mismo con otros posteriores. Y de tal manera, y por tales recelos, fueron engañados el Rey y cuantos vivían en aquel reino, ya que ninguno osaba declarar la verdad.

Y así estaban las cosas cuando llegó un día de fiesta. Y todos los cortesanos aconsejaron al Rey que se vistiese de aquel paño maravilloso en aquella fiesta. Y los sastres, avisados, trajeron el paño envuelto en unas sábanas y delante de todos hicieron como que desenvolvían el paño y le preguntaron al Rey que como quería que le cortaran el traje. Y el Rey les dijo cuales vestiduras quería. Y ellos hacían como que cortaban el paño y que medían y que cosían y que entallaban. Y cuando llegó el día de la fiesta, llegaron los sastres con los paños cortados y cosidos ante el Rey e hicieron como que le vestían y que plegaban los paños majestuosamente. Y el Rey no se atrevía a decir que no veía su traje por parte alguna; y le fue favorable el verano, porque en ropas interiores hubo de montar a caballo y salir a la calle. Y cuando el pueblo lo vio venir de tal guisa, cada cual advertido del milagro del paño, cuidaba de no decir que no veía nada de aquello que parecía ver los demás, para de esta manera no quedar deshonrados. Hasta que un negro que guardaba el caballo del Rey y que nada tenía que perder ni se le importaba de su honra, se llegó al Rey y le dijo:

Señor, como a mí no me importa que no me tengáis por hijo de quien parece mi padre, ni de otro alguno, os digo que o yo soy ciego, o vos vais desnudo.

Y el Rey le regañó diciéndole que él no veía el paño, precisamente, porque no era hijo del que figuraba como su padre. Pero después de que el negro se atrevió a decir la verdad, otros muchos la fueron declarando. Hasta que el Rey y todos perdieron los recelos, y entendieron el engaño que los sastres burladores les habían hecho. Y cuando los fueron a buscar no los encontraron. Ya que habían huido con cuantas riquezas les había dado el Rey.

Y pasaron luengos siglos. Y acaeció que en cierta ciudad había un gran pintor, que tras ser un buen dibujante -condición previa e indispensable para ser buen pintor- se había querido dedicar profesionalmente a la pintura. Sus cuadros eran magníficos, poniendo en evidencia sus dotes de artista. Así en paisajes, como en composiciones y retratos, donde la dificultad para captar el alma del modelo pone en evidencia el verdadero mérito del artista y de su obra. Sin embargo, y a pesar de su mérito, no triunfaba. Aunque realizaba exposiciones en galerías de renombre, no conseguía que sus obras alcanzaran el valor económico que el artístico merecía. Ni que la crítica le dedicara sus elogios, condición indispensable para ello.

Con pesadumbre veía como otros pintores mediocres merecían el favor del público y de la crítica. En buena medida lo primero, consecuencia de lo segundo. Con lo cual sus obras se revalorizaban exponencialmente alcanzando fama y dinero. Mientras él, con lo ingresado tras las exiguas ventas, a precios muy inferiores del que merecían tanto el valor artístico de la obras, como el trabajo necesario para crearlas, apenas le alcanzaba para poder enmarcarlas y cuanto menos satisfacer el pago a los galeristas. Y puesto que el arte era su única fuente de ingresos, y había creado una familia a la que debía mantener, no le era posible continuar una actividad artística que, en lugar de proporcionarle beneficios, gravaba la modesta economía familiar amenazando con llevarlo a la ruina.

Pero como era un verdadero artista, como la paleta, el color y los pinceles -el arte en definitiva- era su vida, no se resignaba a cambiar de profesión. Y así trató de pintar mal, a imagen y semejanza de aquellos colegas que a pesar del adefesio de sus obras, tenían éxito de crítica y en consecuencia gozaban del favor del público y podían vender sus obras a precios desorbitados, lo que les permitía una más que desahogada situación económica.

Intentó pues emborronar lienzos… pero no podía. No se trataba ya de una cuestión ética que le impidiera prostituir su arte. Era una imposibilidad física. Como todo verdadero artista, como todo buen artesano, sentía la imposibilidad metafísica de hacer mal lo que sabía hacer bien. Su naturaleza se lo impedía. Fue finalmente el caso que su fracaso artístico, y las penurias económicas del hogar que padecían estoicamente su familia, le llevaron a una crisis existencial. Y como decía aquel otro artista de la tauromaquia más “cornás” da el hambre. Por ello anteponiendo su responsabilidad como padre de familia, a su dignidad de artista, decidió probar suerte como crítico de arte.

A la vista estaba que el éxito en la profesión pasaba por las opiniones que en prensa general o especializada, vertían unos supuestos entendidos cuya principal virtud, por no decir la única, era la “corrección política” Había que ensalzar o ignorar, e incluso “triturar” a los artistas en función de modas, tendencias o ideologías. Algo que por otra parte sucedía igualmente en las demás manifestaciones artísticas. Fueran de literatura o del mundo audiovisual. Nuestro artista estaba ya dispuesto a todo. Por ello se sintió capaz de vencer el último obstáculo que pesaba sobre su conciencia: alabar obras que consideraba adefesios; e ignorar las de otros pintores a los que “el mundo del arte” menospreciaba porque precisamente, al tener verdadero espíritu artístico, no eran dóciles con la “corrección política” impuesta por la nefanda alianza entre marchantes, editores de publicaciones especializadas y políticos. Cuyo principal reflejo eran las alabanzas o catilinarias que se dedicaban a las obras, en función de si los autores eran, o no eran considerados “progresistas”

Sabiendo lo que se “esperaba” de sus crónicas, pronto empezó a tener éxito y a ver publicadas sus reseñas artísticas en importantes publicaciones especializadas. Por fin había descubierto la piedra filososfal del mundo artístico, o mejor dicho, no lo había descubierto -ya que lo conocía en carne propia- sino que venciendo pudores y repugnancias había entrado por el aro que imponía el “mundo artístico progresista”. Y con ello empezó a hacerse famoso. Y a forrarse. Y el éxito que no había alcanzado como el consumado artista que era, comenzó a saborearlo en su nueva condición de “crítico de arte”. Cuanto más ensalzaba en sus reseñas la obra de un pintor “progresista” más eran alabadas sus críticas de arte. Y a contrario sensu, el ignorar o criticar con acidez a los artistas proscritos por los “gurús” del mundo del arte, subía como la espuma su cachet de crítico artístico.

Fueron años de éxito y bonanza económica. El dinero había acallado su conciencia, que sólo, y muy de tarde en tarde, le recordaba su doblez. Con sus alabanzas acríticas había contribuido a  la fama y al éxito de pintores mediocres -cuando no auténticas calamidades con los pinceles- pero más aún pesaba sobre su conciencia adormecida, el ignorar o ningunear a verdaderos artistas. Como con él se había hecho.

Y acaeció que este menospreciado artista, convertido en reputado crítico de arte, cayó enfermo. Padecía una dolencia incurable y fue desahuciado. Los médicos le dieron pocos meses de vida. La terrible noticia fue un mazazo. El temor y la angustia lo sepultaron como un alud. Como suele suceder en estos casos, primero vino la negación de la realidad, el no querer admitir que tenía los días contados. Que su paso por esta vida concluía. Y una vez asumida la proximidad de su final, vino la fase de resignación con el repaso de lo que había sido su vida… su exigua fama como artista. Pero como además de un verdadero artista, era un hombre honesto, tras la fase de resignación vino la de arrepentimiento. Por cuanto había hecho con otros grandes artistas, lo que le habían hecho a él. Pero sobre todo, por encima de todo, lo que más laceraba su conciencia era pensar cuantas alabanzas había vertido sobre obras y autores miserables… el haber vendido el arte a oscuros intereses. Esta contrición, estos pensamientos, le llevaron al borde de la desesperación y buscó en la trascendencia de la religión el sosiego de su alma.

Era el miércoles que marcaba el inicio de la cuaresma y fue a la iglesia. Tras escuchar devotamente la santa misa, se acercó para  la imposición de la ceniza. No era desde luego la primera vez en su vida que lo hacía, pero en aquella ocasión las palabras del sacerdote le llegaron tan dentro del alma que las sintió físicamente en el lado izquierdo de su pecho: “memento homo qui polvis erat et polvis reverterat” Salió de la iglesia reconfortado y se fue a casa con inmensa paz interior. Por el camino tuvo una idea genial. ¿Se la inspiró Dios para alivio de su conciencia? ¿En su infinita bondad se apiadaba de aquel hombre justo, que aunque el mundo le hubiera enfriado alma, sentía un profundo y postrer espíritu de enmienda? La paz interior que le había procurado aquel rito de la ceniza, con el que se recuerda el final de todos los mortales, se había transformado merced a la genial idea que había tenido, en una infinita felicidad.  ¿Cómo era posible que ya con un pie en el estribo de la muerte, aquella idea le irradiara tal felicidad? ¡¡¡Porque sencillamente era una idea genial!!! Y su determinación de ponerla en práctica trascendería a toda su vida artística. Aquella máxima que recordaba de sus lejanos tiempos en la catequesis “un minuto de contrición, da una alma a la salvación” sería su redención como cristiano y como artista.

En las últimas semanas, la familia de aquel olvidado pintor, transformado en famoso crítico de arte, no salían de su asombro. Se le veía feliz a pesar de estar desahuciado. Y especialmente estaba feliz en aquella mañana, en que debería acompañar a una nutrida representación de personalidades internacionales que acudirían a la famosa pinacoteca. Precisamente, a la vista de su reconocido prestigio como crítico y comentarista de arte, había sido elegido por acuerdo entre el comisario de la exposición y los organizadores oficiales del evento, como la persona idónea para resaltar el valor artístico de la muestra pictórica en general. Y de “la joya de la corona” de aquel museo, en particular.

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Un enjambre de fotógrafos, periodistas, críticos de arte y altos funcionarios del  Ministerio de Educación Cultura y Deporte, junto al director del museo y al comisario de la exposición, acompañaban a una nutrida y selecta concurrencia de personalidades internacionales de al menos doce países. Entre los que, como no podía ser de otra manera, destacaban los nipones. Así por su número, como por el interés con que observaban las obras expuestas y escuchaban las explicaciones del cicerone.

Llevaban ya más de una hora recorriendo las diferentes salas del museo, admirando tanto las obras expuestas, como la elocuencia y erudición de aquel crítico de arte que con tanto acierto había seleccionado el Ministerio, con el fin de que su acreditada solvencia artística ponderase ante los ilustres visitantes las excelencias de las obras expuestas en aquella famosa pinacoteca.

La comitiva se había detenido finalmente ante aquella magna obra que el comisario de la exposición, sin duda para darle mayor realce, había dejado para el final. Conscientes de ello, todos los presentes esperaban con expectación las palabras de aquel guía turístico que había sido elegido para la ocasión, precisamente por ser un reputado crítico de arte. Lo que todos desconocían es que aquella persona tenía contados su días de vida. Indicó a los presentes, con un ademán de sus manos, que se retiraran un poco del cuadro. Además de para no estorbarse unos a otros en la contemplación del lienzo, para que se ubicaran a la distancia óptima en que pudieran contemplarlo en su vasta extensión, apreciando mejor así sus infinitos detalles y el significado de los mismos.

Una vez que el público asistente había obedecido la gestualidad de su indicación, buscó él mismo la distancia óptima, con aproximaciones y retrocesos mediante pequeños pasos que, aún no exentos de cierta afectación, consiguieron el propósito de incrementar extraordinariamente la expectación con que se esperaba su lección magistral.

El silencio era espeso, total. Algo que si era esperable entre los extranjeros, resultaba sorprendente entre la parroquia de españoles, que en tales casos suelen darse al cuchicheo. Pero nuestro pintor lo había hecho muy bien, había logrando tener en suspenso a todo el auditorio. Les había contagiado la trascendencia de aquel momento, que sin duda para él era  un momento estelar. Detenido a medio camino entre el público y el lienzo, hizo un leve sonido gutural. ¿Un suspiro? ¿Un gemido? No podría decirse con certeza. Pero desde luego si había pretendido crear expectación, lo había conseguido en grado sumo.

Fue un silencio largo, tan largo, que las miradas de los presentes pasaron del lienzo al cicerone para comprobar si es que la emoción le había quitado el habla. Pero no era así, porque tras mirar nuevamente al expectante auditorio, volvió la vista al cuadro, y con un expresivo ademán de ambas manos que podía interpretarse como ¡¡¡ahí tienen ustedes la obra!!! clamó con voz poderosa:

¡¡¡El Guernica de Picasso es una puta mierda!!!…

Y antes de que la sorpresa se borrara de los semblantes prosiguió: ¡¡¡Un truño!!! ¡¡¡Un mojón!!!… ¡¡¡Una mierda pinchada en un palo!!! Los españoles se miraron entre horrorizados e incrédulos. Los extranjeros, al haber quedado en silencio el traductor simultáneo, repitieron con voz queda las sonoras palabras que acababan de escuchar, al tiempo que buscaban afanosamente en los diccionarios de sus diversas lenguas el significado de aquellas palabras proferidas con tanta vehemencia. Un japonés, como siempre a la vanguardia de la electrónica, abrió en su tablet un novedoso diccionario ideográfico, y al pronunciar cerca del micro “un mojón” “una mierda pinchada en un palo” de inmediato le apareció en la pantalla un vástago vertical en cuyo extremo había una masa informe que, rodeada de una nube de moscas, dejaba poco espacio a la duda interpretativa.

Para entonces en la cara de algún español había aparecido alguna leve sonrisa cómplice, que denotaba aprobación, por más que la severa mirada del comisario de la exposición -y de los comisarios políticos del Ministerio Educación, Cultura y Deporte- les helara en el semblante la velada sonrisa y la chispeante mirada. Un representante de la comitiva oficial, pasada la sorpresa, quiso pedir explicaciones a aquel blasfemo, traidor de lesa progresía. Pero este, sin dejarle hablar, le interrumpió diciendo: Este cuadro es una mierda, y usted los sabe… y alguien alguna vez tenía que decirlo.

Después, con gran dignidad, se dirigió a la pléyade de petulantes funcionarios izquierdosos del ministerio, y les dijo con solemne tranquilidad: ¡¡¡Que os den!!!  Luego, con educación extrema, dirigiéndose a los asombrados visitantes añadió: buenos días señores… Abandonando la estancia con la dignidad y empaque de un embajador tras haber presentado credenciales.

Unas horas más tarde las redacciones de periódicos y medios audiovisuales estaban sacudidos por un maremoto informativo. ¿Qué hacer? ¿Ocultar lo sucedido en el museo Reina Sofía? ¿Ignorar al intrépido crítico de arte que se había atrevido a decir públicamente lo que centenares de miles de personas pensaban?

El reflejo informativo de aquel demoledor ataque a la “kultura” podía rastrearse en los titulares de la prensa: “Un crítico de arte se vuelve loco en el Reina Sofía ante una nutrida representación de personalidades extranjeras”…. “El tan conocido y alabado crítico de arte ha resultado ser un criptofascista”….. “Los servicios jurídicos de EL PAÍS inician acciones legales contra el sujeto que profirió injurias contra Picasso y su más señera obra”

También hubo, por supuesto, alguna redacción donde a puerta cerrada algún periodista independiente le dijo al director: ¡Pero si eso es  lo que piensa cualquier persona que tenga ojos en la cara y dos dedos de frente! Pero el director adujo que como muy bien sabían todos los presentes, el mundo del arte y su crítica estaba en manos de los “hijos de la viuda” y que no había más remedio que sumarse al linchamiento. Solo pues había dos posibilidades: declararlo loco o fascista. Y en aquella redacción en que sus profesionales se resistían a ser pastoreados por la progresía accionarial, prevaleció la idea de presentar el hecho como una enajenación mental transitoria de aquel pobre hombre. Y así se consensuó el titular: “Un crítico de arte se vuelve loco en el museo Reina Sofía ante el Guernica de Picasso”

No prosperó empero la petición de aquel periodista disidente, para que tras el título que encabezaba la noticia se consignara: Los niños y los locos siempre dicen la verdad. Sabe usted Sr. Ramírez -dijo el director- que eso no lo podemos publicar. Y dio con ello por zanjado el asunto.

Aquel crítico de arte, que tantas veces había alabado adefesios en virtud de la corrección política, y por idéntico motivo había ignorado las obras de verdaderos artistas violentando su conciencia de artista y hombre libre, era además autor de laudatorias glosas sobre el “Guernica”. Y ahora, arrepentido en el umbral de su muerte, había querido redimirse de tanta falacia. Su noble y valiente gesto daría sin duda lugar a que primero se cubriera de estiércol su nombre y su obra pictórica. Después, con toda seguridad, sería sepultado en el olvido. Pero se sentía feliz. Dos semanas después su enfermedad se agravó y fue consciente de que se hallaba ya “con un pie en el estribo y las ansias de la muerte”

Se cumplía ese día, precisamente, la tercera semana del más sincero de sus dictámenes como crítico de arte. Postrado en la cama, rodeado de familiares y de los pocos amigos que no le habían abandonado tras el lance en el Reina Sofía, había recibido los santos sacramentos, ajeno por completo al revuelo que aún coleaba en los medios de comunicación.

Comprendió que era llegada su última hora, y tras besar a su mujer e hijos, estrechó con emoción las manos de sus amigos. Luego, tratando con esfuerzo de incorporarse, alcanzó a decir con voz recia sus últimas palabras:

¡¡¡El Guernica de Picasso es una puta mierda!!!…. Después cerró los ojos y expiró.

Quedando en su semblante la paz de los justos, que dicen siempre la verdad

Pedro Sánchez muestra el «Guernica» a los líderes socialdemócratas europeos (los más preclaros masones de cada casa) ¿Se estarán riendo de la descomunal estafa mediante la que Picasso prostituyó, a un tiempo, el arte y la historia?

EPÍLOGO

Si alguien considera desaforada esta narración, le propongo un reto.

Hagamos que un artista de verdad, como Augusto Ferrer Dalmau, pinte un cuadro de gran formato cuyo motivo sea el bombardeo, por la aviación roja, del pueblo de Cabra (Córdoba) el 7 de noviembre de 1938. Tratemos luego de que tal cuadro sea expuesto en el museo Reina Sofía. Y en la misma sala que el Guernica de Picasso, precisamente colgado a su lado.

Se dice que las comparaciones son odiosas. Pero en este caso serían demoledoras. Solamente es preciso conocer la obra de ambos pintores, para tener la seguridad de que el cuadro de Ferrer Dalmau serviría de contrapunto al “truño” de Picasso. Pero ¿se admitiría que ambas obras se exhibieran juntas? ¡¡¡Jamás!!!

No sería posible, ni por la categoría artística de las obras, ni por los motivos históricos representados. Una imagen vale más que mil palabras, y en este caso la imposible exposición conjunta de ambas obras pondría de manifiesto, más que un tratado de mil páginas sobre ambas obras, que el subjetivo mundo del arte está completamente secuestrado por la corrección política que impone la izquierda, sus “palmeros” de la rosa y el mandil… y los dueños de ambas franquicias a escala global.

¿Habría algún crítico de arte, algún galerista o marchante, que se atreviera a comparar ambas obras?

Sin género de duda alguna, el público que visitara el museo y viera ambos cuadros juntos, tras contemplarlos unos minutos, pensaría que el Guernica de Picasso es una puta mierda… y el de Ferrer Dalmau una admirable obra de arte. ¿Pero se atrevería alguien a decirlo?  Es dudoso. Y en el caso de que alguien se atreviera, no correría la voz como en el cuento del paño maravilloso. Porque en virtud de la “corrección política” nuca los hombres han sido más esclavos. Ni la verdad más escarnecida. Quienes dominan “los medios” y mediante ellos “crean opinión” son los nuevos y despóticos amos del mundo. Que pueden hacen pasar por arte lo que es un “mojón” o una mierda pinchada en un palo.

Como lo es el “Guernica” de Picasso: Que prostituye al mismo tiempo el arte y la historia.

Un Castellano Leal

El Rey ante «El Lienzo Maravilloso»