Ni siquiera se sienten responsables. Cobijados en su estúpida “bondad” homicida y en la oligofrénica liturgia del minutito de silencio, la velita apresuradamente comprada en el chino de la esquina, el osito de peluche y la camiseta con la leyenda “Todos somos Laura”, entonan el hunga-hunga progre del buenismo claudicante que ampara al asesino lagrimeando sobre el cadáver de la víctima, y sataniza al que clama en público por la cadena perpetua porque no se atreve a exigir la pena de muerte para el hijoputa que ha violado y asesinado a Laura Luelmo porque estaba suelto y en libertad, gracias  al Código Penal que sólo padecen las víctimas, pero que para sus verdugos sólo es un pellizco de monja.

No se sienten concernidos por el crimen, ni comprometidos con los calcinados familiares de la víctima más allá, eso sí, del pésame oficial expresado con un rictus de pesadumbre que, en el gesto y en el minutero de sus relojes, depende de la magnitud que alcance el crimen en las escaletas de los telediarios. Con eso les basta. Con eso creen cubrir el expediente del luto. Mañana seguirán legislando a favor de los derechos humanos y de las dignidad de los asesinos.

Todos ellos son culpables. Todos los diputados que votaron a favor de un Código Penal cuyo rigor en el castigo es equiparable al de una guardería de párvulos. También son culpables los diputados que se agazaparon en la abstención para no exiliarse de la corrección política embozándose, a la vez, en el lamento del pueblo que pide la cadena perpétua. Son culpables los jueces pusilánimes, acomodaticios y cobardes que aplican matemáticamente ese Código Penal para domesticar parvulitos a los jornaleros del crimen, a los artesanos del asesinato y a los mamporreros de la violación. Al fin y al cabo ninguno de ellos paga la cuenta del carnicero.

Esa factura la abona siempre el pueblo que vota, paga y calla. Ese pueblo convertido hoy en un rebaño de víctimas sin nombre hasta que un hijoputa, al que nuestro legisladores y nuestros jueces le han abierto la jaula, les bautiza con sangre y semen poniendo su nombre en los telediarios, en las folclóricas camisetas del llanto colectivo y sobre una lápida: Laura Luelmo

Descansa en paz y que Dios te tenga en Su Gloria.