Es cierto que ha descendido el número de españoles que no votan, pero aun así siguen estando en torno al treinta por ciento del censo. Es decir, uno de cada tres españoles prefiere comportarse como súbdito, en vez de ejercer de ciudadano. Y ello a pesar de tratarse de unas elecciones autonómicas y municipales, donde hay una mayor proximidad a los asuntos que se debaten, más conocimiento de los candidatos que están dispuestos, no a sacrificarse, sino a labrarse un porvenir a costa nuestra, y las ideologías tienen menos peso específico que en las elecciones generales.

Pese a lo cual, siempre me ha sorprendido, y desagradado profundamente, el elevado porcentaje de personas que pasan de votar, siquiera sea para botar a quienes ocupan el poder. Nunca he entendido este fenómeno, y me molesta profundamente tener que aguantar durante los cuatro años siguientes sus constantes críticas a quienes con su pasividad y anuencia ocupan el poder. Y suelo preguntarle al crítico de turno si ha votado o no. Cuando me dice que no, le replicó que haga el favor de callarse, y que dentro de cuatro años podrá votar o botar.

En España, afortunadamente dentro de muy poco podremos botar temporalmente al PSOE de nuestra sociedad, y todo su proyecto de ingeniería social, entrando en la intimidad de las vidas y conciencias de los españoles, dando libertad para abortar, permitiendo el matrimonio de homosexuales (mientras siguen sin establecer una regulación estatal de las uniones de hecho, supuesto al que podrían acogerse los homosexuales, lesbianas y parejas estables no unidas matrimonialmente), obligando a que los niños y niñas estudien en las mismas clases, etc.

La democracia es, en expresión de Winston Churchill, el sistema menos malo. Y nos permite periódicamente ir botando a los partidos y a las personas que no han satisfecho nuestra confianza, que nos han defraudado totalmente, o que han abusado de nuestra buena fe. No votar significa abdicar de nuestros derechos ciudadanos, para volver al triste papel de súbditos, de vasallos, de meros contribuyentes, invitados sin voz ni voto.

Cuestión distinta es quienes votan en blanco, que ejercen su derecho, pero dejan constancia de su desconfianza de los partidos y candidatos que concurren a las elecciones. Demuestran su interés cívico, pero al mismo tiempo dan un voto que podríamos llamar de censura al sistema electoral que actualmente tenemos implantado: listas cerradas, candidatos presentados por los partidos, imposibilidad de dejar de votar a algún candidato, investigados, e incluso procesados, “elegidos” como candidatos, etc.

Creo que hay que votar, y, en su caso, botar. Esta es la cuestión.