En esa risa repugnante de los cuatro moritos argelinos, saliendo triufantes y en libertad de la comisaría de Bilbao tras haber violado a una chica de 18 años, se resume parte de lo que somos hoy en Occidente. Esa risa repugnante y delincuencial, esa risa que revuelve las tripas a cualquier persona de bien, es la demostración de que estamos en jaque mate como sociedad. De que somos, literalmente, la hez de la civilización cristiana.
 
Su triunfo no consiste sólo en haber entrado en un país ilegalmente y, a pesar de ello, tener sanidad gratis, educación gratis, vivienda gratis, transporte gratis y smartphones gratis (básicamente, porque los roban), sino también en que cuando delinquen, saben que lo más probable es que después los suelten. Y en el peor de los casos, siempre estarán mejor en una cárcel española que arando el terruño en su lugar de origen.
 
Nuestra pluscuamperfecta democracia, "esa democracia que nos hemos dado después de años de feroz lucha contra la dictadura", permite a esta escoria argelina violar a una chica de 18 años, tirarle unos euros al suelo para denigrarla aún más, y acudir después a una comisaría envalentonados y alegres, sin miedo a que nadie les ponga la mano encima y casi seguros de que podrán irse después a celebrarlo, porque los van a dejar libres. Y en efecto. Se ve que el sistema, en su infinita generosidad con los más necesitados (o sea, los inmigrantes), les da, como forma de integrarse mejor entre nosotros, esta especie de "derecho de pernada" que incluye tratar a nuestras mujeres como si fuesen prostitutas.
 
Hace medio siglo, "en plena dictadura de aquel genocida monstruoso cuyos restos descansan en el Valle de los Caídos", cualquier agente de la Guardia Civil hubiese hecho un puré (eso sí, repugnante) con esos cuatro mierdas, borrándoles de golpe la sonrisa y la cara. Porque en aquel tiempo (que para nuestros políticos de hoy era odioso, oscuro y cruel), ningún delincuente se reía de sus víctimas en la cara, y de paso de los tribunales, de la policía, y de todo un país que antes les había acogido. Había una cosa muy importante que se llamaba "dignidad como pueblo", una dignidad que nadie puede pisotear sin que reciba el castigo que merece.
 
Hoy, en cambio, saltan la valla de Melilla, entran a vender productos ilegalmente en la calle, cobran pagas del Estado para poder irse de farra y comer de gañote, se cuelan en los hospitales para que les atiendan primero, te atracan por la calle en la certeza de que ningún policía les va a detener, y violan a la chica que les apetece en la seguridad de que ningún juez será tan facha de condenarlos, negándoles el derecho a la inserción social. Porque, como ya dijo aquella ministra sueca hace unos meses, hay que dejar a los inmigrantes que violen a su antojo porque tienen costumbres distintas a las nuestras.
 
Sólo los partidos patriotas, y ahora también VOX, está diciendo lo que durante décadas decía el más elemental sentido común: que esa basura humana tiene que volver de regreso a sus países. España no necesita más mugre, con la nuestra tenemos de sobra. Los inmigrantes que vengan a trabajar, a formar familias decentes y a unirse al fortalecimiento de nuestra patria, bienvenidos sean. Los demás, y especialmente la morralla de la condición humana, o en jaulas (pagadas por ellos mismos), o en sus respectivos países. Ni siquiera podemos aspirar ya a recuperar algo de nuestro antiguo espíritu de Reconquista: nos faltan bemoles y vergüenza.