Como en pavorosa combustión, corre por entre las redes sociales una acerba discusión que abunda en las más hondas raíces de la Madre Patria, inmiscuyéndose en los entresijos de la benéfica Tradición y cuestionando el vero ser español, al que pretende penetrar como carcoma. Me refiero, por supuesto, a ese encarnizado debate que se viene sosteniendo entre aquellos que denuestan la cebolla en la tortilla de patata y quienes, sin duda engatusados, optan por añadir tan desacertado ingrediente, con lo que terminan convirtiendo nuestro plato en una horrífica escabechina, donde los cadáveres almibarados de la cebolla cubren el campo de batalla. También adviene a la discusión algún desvergonzado sincretista que, con asombroso cuajo, postula  que la tortilla es una suerte de aldea global donde todo cabe, como esas nuevas religiones con que el NOM nos quiere dar por retambufa. Y así, desvergonzados ellos, aseguran que en la tortilla han de incluirse desmesuras tales como pimientos, chorizo o sabe Dios qué vesánico aditamento, como si aquélla fuese una suerte de bazar tunecino y no un cimiento cultural que nos sostiene. ¡E incluso algunos optan por batirla! —“deconstruirla”, dicen, con pasmoso adanismo, o con el tono ensoberbecido del liberalismo más rampante, que todo lo quiere nuevo—, para que algún modernillo entontecido se la trague de lingotazo. Pero a éstos, por multiculturales, los arrojaremos al infierno de la indiferencia, que es ese piélago infinito por el que han de vagar aquellos que han desdeñado su hogar, desarraigados ya de todo. Y aunque tal vez esto pueda parecerles un tanto exagerado, convendrán ustedes conmigo, estimados lectores, en que, cuando uno discute un tema que concierne al vero ser español, es su obligación moral mostrarse indomeñable y batirse con fiereza, en sentido homenaje a cuantos dieron su vida por España; demostrar al oponente que las venas no las tiene horras, sino henchidas de sangre enrabietada, y enseñarle los colmillos como quien desenvaina una espada. Pues tan solo así, sin enjuagues ni medias tintas, se defiende la verdad ante el réprobo tenaz o ante todo aquel que amenaza esa comunión casi veterotestamentaria que nos vincula como hermanos, como retoños de una misma cepa o brotes de esa raíz maternal que tan amorosamente nos nutre.

Sin embargo, como soy hombre que ama a sus hermanos y no deseo socavar la ya malherida unidad española, puedo llegar a mostrar cierta tolerancia con los concebollistas, pues, aun errados hasta los tuétanos —casi pecadores, en realidad—, pueden alcanzar la redención final y retornar a la salvífica senda tradicional, donde la cebolla tan solo se matrimonia con guisos y ensaladas, como Dios manda. Tolero, así, que los concebollistas sofrían por separado la cebolla, dorándola un tanto, para luego verterla por sobre las patatas, aunque el resultado de tal dislate sea una suerte de rocío estragador, que deja en la tortilla una indeleble huella de heridas pardas o ennegrecidas, como el principio de una gangrena. Pero en tal caso la cantidad de cebolla no es excesiva, de modo que uno puede reducir el estropicio apartando los negruzcos y socarrados cadáveres que entreveran la tortilla, como si estuviese restañando heridas de metralla. Pero lo que se me antoja diabólica costumbre es hacerlo todo junto, en tremebunda mezcolanza patatil y cebollera, como si un enjambre de bichejos se hubiese abalanzado sobre el plato patrio para aniquilarlo sin piedad, de modo que las patatas terminan por volverse un gurruño incognoscible, machacadas y reblandecidas como la papilla de un infante desdentado. Pues quien vierte la cebolla sobre esa férvida alquimia que, de un modo casi taumatúrgico, se está produciendo en la sartén, justo ante sus ojos sacrílegos, parece desconocer el valor incalculable de la honesta sencillez, de la inmaculada sinceridad, que no es sino límpida naturaleza, acendrada en el crisol infalible de la Creación. Y así, todos aquellos que, por error o por intención, mixturan cebolla con patata terminan asomándose a ese peligroso cantil que es el pecado del liberalismo, donde nada se respeta y todo se tolera, por mor de que el capricho se nos ha vuelto dictador. Pues todos ellos, a la postre, caen en la autodeterminación, que es el triste resultado del veneno liberal. Y por eso, porque soy hombre que ama a sus hermanos y no deseo que se despeñen desde ese cantil pecaminoso —y porque he de poner fin a este interminable discurso—, animo a todos ellos a recuperar la cordura que en su día tuvieron y a que destierren de sus tortillas, con firmeza verdaderamente hispana, como quien aleja a un diablo tentador, a esa cebolla estragadora, disolvente de texturas y sabores, que se nos ha colado entre los huevos — y entre las patatas.