De todas las desgracias que le han acontecido a España desde la Transición a nuestros días, pocas tan irritantes y terribles, tan demostrativas de que no andamos muy bien, como el enaltecimiento social y político de los partidos amigos de los terroristas. Siempre con ese argumento exquisitamente democrático, y exquisitamente repugnante, de que "como hay personas de esa ideología, debe haber partidos que sirvan de cauce institucional para esas personas". Sin comprender que no hay ideología alguna que pueda legitimar un crimen abyecto.
 
Cuando pasen unos siglos y Occidente recupere algo del sentido común que caracterizó a sus gobernantes, se recordará con terror que hubo un tiempo en que los pistoleros subían a hablar a las tribunas de oradores. Estará escrito en los libros de texto, ojalá así sea, que hubo unos tiempos de tinieblas y sinrazón en que vulgares asesinos daban lecciones de moral a los demás. Que eran vitoreados por la calle, que se les rendían homenajes, y que incluso ciudadanos aparentemente normales se hacían fotos con ellos, porque los consideraban héroes a los que había que imitar.
 
Esta semana, en el parlamento vasco, un diputado de Bildu insultó y menospreció a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Se había iniciado un debate que ya, en sí mismo, no podía ser más aberrante y falso: los presuntos malos tratos de los agentes del orden al mundo proetarra aberchale. En la región que ha visto morir a cientos, a miles de personas inocentes, en esa tierra donde, en los años de plomo, explotaba un coche bomba cada tres días, allí, y sin que a nadie le extrañe, se ha constituido una comisión para investigar..., no a los asesinos, no a sus cómplices. Sino a las víctimas.
 
Evidentemente, nada tiene de extraño que un asesino insulte a la Policía o a la Guardia Civil. Está en su naturaleza criminal. Tampoco debe extrañar el silencio y la cobardía de los partidos que llevan casi medio siglo agazapaditos, sin decir ni mú, llevándoselo crudo y sin protestar mucho, no se vaya a terminar el chollo de la partitocracia. Pero hay una pregunta que es obligado hacerse si no queremos terminar todos en un manicomio: ¿qué demonios pinta el chivato de los asesinos subido en una tribuna de oradores de un parlamento?, ¿qué hacemos pagando con nuestros impuestos a unos individuos que sólo saben matar y amenazar a personas inocentes?
 
Este tal Arzuaga, bildutarra insultador, tuvo la desfachatez de encararse con los pocos diputados que abandonaron el parlamento de Vitoria mientras llamaba nazis a nuestros servidores públicos. En su gesto amenazante, en ese valor impostado que rebosa cobardía, hemos de ver muchos años de dejadez y abandono. Lustros en los que España se ha marchado de Vascongadas y de Cataluña, y les hemos dejado hacer y deshacer a su antojo. Dándoles la razón en el fondo en que aquella era su tierra, y nosotros allí éramos extranjeros. Ahora, cuando ya no necesitan pistolas para matarnos, se atreven a insultarnos y a ponerse gallitos. Porque no tienen enfrente a nadie que les cruce la cara de un revés.
 
Esta democracia nuestra está enferma y herida de muerte. Y lo que es peor: España está en un estado irreconocible. Me dirán que al resto de Europa le pasa tres cuartos de lo mismo; es posible. Pero a nosotros nos duele nuestra Patria. En los países de nuestro entorno no hay gobiernos que pacten su acción de gobierno con partidos separatistas y amigos de terroristas. Eso solamente pasa en España. Si Pedro Sánchez sigue en el Gobierno, los socios de Puigdemont y los hijos putativos de Josu Ternera seguirán gastándose el dinero de nuestros impuestos en sus bacanales de odio contra España. Llevamos así más de cuarenta años. Creemos, sinceramente, que es la hora de acabar con esta locura.