Esta semana han tenido lugar dos episodios en sendos parlamentos autonómicos que, como mínimo, han de sonrojar, no ya por bochornosos, sino por la inmundicia moral que supone comprobar que las reglas democráticas tienen otro sentido para las fuerzas políticas que controlan dichas instituciones. Demostraron estos políticos profesionales que no les tiembla el pulso cuando tienen la seguridad de que cuentan con un diputado más que los demás para ciscarse en la verdad, el bien, el sentido común y la realidad cuándo éstos no son concurrentes con sus peligrosas ensoñaciones.

 

En Cataluña, el presidente de la cámara autonómica interrumpió a la diputada de Ciudadanos, Inés Arrimadas, por utilizar las palabras del presidente de la comunidad autónoma, Quim Torra, que nos llamaba “bestias taradas” a los no independentistas. Sí, han leído bien. Esa persona, Quim Torra, que cuenta con el respaldo político de al menos la mitad más uno de los miembros de aquella asamblea autonómica, piensa eso de los que no comulgamos con sus ideales. Pues decía, que la diputada autonómica Arrimadas fue interrumpida en el uso de la palabra porque recordarle al “Muy Honorable” sus palabras cuando no era Presidente era una falta de respeto. ¡Como lo están leyendo! Por cierto, el argumento, si recuerdan, es el mismo que la ministra Carmen Calvo utilizó cuando dijo que el Presidente del Gobierno no había pronunciado unas palabras, sino que lo había hecho Pedro Sánchez. ¡Qué coincidencia!

 

En el parlamento vasco, se debatió, no sé si también se llegó a aprobar, una ley de abusos policiales. El diputado que tenía la palabra expresó "desprecio absoluto" a "las organizaciones corporativas de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado que están haciendo un 'lobby' infecto para que no se reconozca a las víctimas que ellos mismos han generado". Y la presidenta de la cámara, Bakartxo Tejeria, ante el revuelo que provocó la exposición del diputado autonómico recordó que el uso de la palabra lo tenía quien lo tenía y era una falta de respeto interrumpirle (no lo dijo con esas palabras, porque fue en vascuence, pero debió ser algo así). Mientras tanto, el miembro de la Mesa del parlamento vasco dirigía un gesto conocido como “peineta” a los que desde la tribuna protestaban, sin que la señora Bakartxo le apercibiera esa muestra de respeto cívico y convivencia pacífica.

 

¿Alguno de ambos hechos ha merecido algún comentario por parte del Gobierno de España, o del partido que está en el Gobierno de todos los españoles? Hasta que he escrito este artículo, sobre lo ocurrido en el parlamento catalán no he encontrado nada. Sin embargo, lo de las vascongadas sí que ha merecido el comentario de otra ministra, Isabel Celaá, que casualmente es vasca, mira tú por dónde. No para afear a los socialistas vascos que apoyaran la propuesta, no. La señora ministra opinó que la norma que se estaba debatiendo era sólo una cuestión de "derechos humanos" para los pocos casos, “identificados, concretos y pocos" en los que hubo abusos "por parte de la Policía" a terroristas de la banda ETA. Pero como esta señora es tan, pero tan políticamente correcta, ha añadido que le parece inaceptable insultar. Es decir, que se puede aprobar una norma repugnante, vomitiva y denigrante, pero sin insultar.

 

¿Y saben por qué el silencio en un caso y el extremo tacto en el otro? Seguro que sí. Porque el gobierno que preside al ahora Presidente del Gobierno, antes Pedro Sánchez, es presidente precisamente porque cuenta con el apoyo de las fuerzas mayoritarias en los parlamentos autonómicos antes mencionados, y nadie dice nada no vaya a ser que se enfaden y… ¡Vaya usted a saber qué podría pasar!

Por eso creo que merece la pena pensar en estos términos dos veces antes de ir a votar. Y si aún así no lo tiene claro, denle una pensada más. Seguro que les merecerá la pena.