El Plan ya no es secreto y se premia públicamente a sus ejecutores (Ángela Merkel recibió el premio Kalergi en 2010). Asistimos “humanamente” impotentes a la invasión de Europa por las peonadas del ISIS, bien vista por políticos, intelectuales, periodistas y, sobre todo, por los eclesiásticos.

Ya desde la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo viene la eterna lucha entre su Reino de amor y de paz y el poder de las tinieblas que tratan de sustituir su Reinado social por el del único mesías del dinero, en la sorda tentativa del poder del rostro oculto de la masonería. Son las dos ciudades de las que habló San Agustín, las dos espadas en alto: ciudad de Dios o ciudad del mundo.

Uno de los fundadores de los rosacruces (Valentín Andreau, 1586-1654), secta secreta panteísta, cabalista protestante y madre de la masonería moderna, escribió la Descriptio de república cosmopolita, en la que traza el Plan de la destrucción de la Iglesia romana a manos de los luteranos y los islamistas, tras la disolución de la cristiandad europea, para realizar el Nuevo Orden Mundial: “el orden sale del caos (lema masónico), al que debía de llegarse previa la destrucción de la vieja Europa, atascando su cultura metafísica griega de moral patrística y escolástica cristianas, y su transformación en una tierra desierta, globalizada, empobrecida y achatada bajo la guía de los Estados Unidos de América. Anunciaba así el Plan sinárquico de la destrucción de la Iglesia romana y del Papado por obra de los pueblos nórdicos, o sea luteranos, para llegar al NOM: de aquí la lux ex tenebris (la luz que viene de las tiniebla, como dicen los masones).

El Padre Yves Congar, creado Cardenal por Juan Pablo II, dijo que el Concilio Vaticano II constituía la Revolución Francesa en la Iglesia con su lema: “Libertad, igualdad y fraternidad”: libertad religiosa (Dignitatis humanae), la colegialidad (Lumen Gentium) que “iguala” el Episcopado al Papado, y el ecumenismo, que iguala todas las religiones (Nostra aetate).

Nada tuvo, pues, de asombroso que la Gran Loga Nacional Francesa remitiera este telegrama al Sacro Colegio Cardenalicio con motivo de la muerte de Juan XXIII (3-6-1963):

“A Su Eminencia Reverendísima el Cardenal Tisserant.

Monseñor: La Gran Logia Nacional Francesa, profundamente

Conmovida por el retorno a Dios de Su Santidad Juan XXIII, se

Asocia, en unión de plegarias, a este dolor sentido por el mundo

Entero, y ruega al Sacro Colegio se digna aceptar el homenaje

De sus respetuosas condolencias”.

(Firmado W. Yanecke, Gran Maestre).

Respecto a la penetración de la masonería en la Iglesia se podía leer, en junio de 1992, en el número del periódico 30 Giorni, el artículo “La Masonería e l´applicazione Della Reforma litúrgica”, que subtitulaba: “Descristianizar mediante la confusión de los ritos y las lenguas”. Era orden que se intimaba en una carta del Gran Oriente a monseñor Bugnini, artífice principal de la reforma (quien más tarde fue desterrado a Irán por Pablo VI).

El mal se ha agravado notablemente con el pontificado de Francisco (2013), y se hacen hoy proclamas pastorales y de la Conferencia Episcopal italiana, no sólo en pro de la acogida de la inmigración masiva de los musulmanes provenientes de África, sino también a favor de su integración, o sea de una aprobación de sus costumbres, y ello, además, en un país como Italia, exhausto de fuerzas económicas, políticas, morales, sociales, culturales y religiosas.

Francisco escribió: “El Vaticano II decidió mirar al futuro con espíritu moderno y abrirse a la cultura moderna. Los Padres conciliares sabían que abrirse a la cultura moderna significaba ecumenismo religioso y diálogo con los no creyentes. Yo tengo la humildad y la ambición de quererlo hacer” (Repubblica, 1 de octubre de 2013, pág. 3).

Humildad y ambición (¿?).

¿Qué es lo que hay que dialogar con el error?

¿Qué luz podemos sacar de las tinieblas?

¿Qué siniestros designios encierran todos estos cobardes rodeos que, en nombre de la diplomacia y el no volver a condenar lo condenable, hace que flirtee la luz con las sombras…?

 

En plan Kalergi consistía en la destrucción total de la vieja Europa, un proceso que se había iniciado con la Primera Guerra Mundial, proseguido con la Segunda y que concluye con la Europa unida de Bruselas y la actual invasión masiva de musulmanes africanos. Kalergi había escrito: “Es menester mezclar las etnias y los pueblos europeos con los asiáticos-eslavos” (lo cual se verificó en 1980 bajo el Pontificado de Juan Pablo II), y ahora los africanos (lo que se viene haciendo desde 2013 hasta la actualidad, bajo el Papado de Francisco).

Asistimos “humanamente” impotentes a la invasión de Europa por las peonadas del ISIS (estado islámico), bien vista por políticos, intelectuales, periodistas y, sobre todo, por los eclesiásticos “teológicamente correctos”. ¿Cómo acabará todo? Con la descatolización total de las últimas naciones europeas católicas.

Preparémonos para “un violento tsunami, un diluvio de fuego” (San Luis M-Grignion de Montfort).