Ochenta años después de terminada, la guerra civil sigue pesando de modo obsesionante sobre la conciencia histórica de España. La pugna continúa no solo en las ideas e interpretaciones, sino en la política, lo que es más peligroso, generando acciones y leyes de partidos y gobiernos. La causa de este hecho, que escandaliza a unos, fascina a algunos y hastía a otros, salta a la vista: aquel conflicto no ha sido aún asimilado por la sociedad, pese a la imponente bibliografía que ha engendrado, en español y otros idiomas. Y no lo ha sido porque las tergiversaciones, enfoques ilógicos y cargados de emocionalidad han alcanzado un volumen realmente asombroso: se ha dicho que es quizá el suceso de los años 30 sobre el que más falsedades se han contado. En esta maraña de datos y versiones, ¿será posible alcanzar un enfoque lo bastante veraz para disolver tal obsesión? Creemos que sí, lo cual no significa el fin de la controversia, sino su elevación a un plano más racional y objetivo.

Según la definición canónica de Clausewitz, la guerra es la continuación de la política por otros medios. También podría considerarse el fracaso de la política, si entendemos esta como el arte de mantener los equilibrios de convivencia en las sociedades humanas. Estas, a diferencia de las sociedades animales regidas por la seguridad del instinto, se nos presentan como un hervidero de intereses, ideas, sentimientos, aspiraciones y hasta personalidades distintas y a menudo opuestas. Desatender este carácter conduce a muchos equívocos. Por tanto, son sociedades naturalmente conflictivas, cuyo equilibrio, que permita la convivencia social impone un esfuerzo permanente y un poder decisorio más o menos reconocido por el conjunto. La política puede entenderse entonces como ese esfuerzo en el ejercicio del poder, asentado en una violencia implícita que se supone legítima si es aceptada mayoritariamente. Cuando la política fracasa en mantener los equilibrios sociales, la violencia tiende a hacerse explícita, con unos intereses en pugna por imponerse decisivamente a los contrarios y establecer un nuevo orden del poder. Por eso la guerra es una constante en la historia humana.

Cabría asimilar la guerra a la sustitución de la política por la violencia abierta. Sin embargo, esa sustitución nunca llega a ser total. La política sigue existiendo en el seno de cada bando enfrentado, donde se generan tensiones y conflictos no siempre fáciles de resolver con acuerdos u órdenes; y a menudo vuelve la política entre los dos bandos mediante negociaciones cuando ninguno logra imponerse por las armas. Y la victoria o la derrota originan nuevas políticas.

La guerra civil española se inscribe en el período de graves alteraciones revolucionarias en Europa entre 1918 y 1945, y condujeron al viejo continente a una profunda decadencia política, militar y cultural, aun si no económica. Dentro de ese conjunto de conflictos, y si excluimos la desembocadura de todos ellos en la II Guerra Mundial, las civiles de Rusia y de España fueron las de mayor envergadura y transcendencia. La rusa terminó en victoria de un régimen comunista tremendamente expansivo, que se proponía como modelo para toda la humanidad, y la española en victoria de un régimen opuesto radicalmente, de aspiraciones limitadas a la propia España, pero que, al definirse como católico, esto es, universalista, sugería a su vez una ejemplaridad más general. Sin embargo, la contienda mundial subsiguiente lo privó de capacidad expansiva, aun sin conseguir anularlo.

Así pues, el conflicto español no pasó los Pirineos y dio lugar a un régimen largo tiempo semiaislado, pese a lo cual ha generado un excepcional interés bibliográfico en varios idiomas. Esto se debe a que en él confluyeron las ideologías e intereses políticos cuyas rivalidades culminarían en la II Guerra Mundial, y en tal sentido su interés desborda el propiamente local. Fue ante todo una guerra ideológica y desde ese ángulo debe ser enfocada, cosa que rara vez se ha hecho de manera explícita, aunque ese contenido estuviera más o menos sobreentendido en las versiones político-militares, es decir, en casi todas.

Creo que hay otra razón para el interés suscitado por aquella contienda, y es la peculiar posición de España con respecto al resto de Europa y a América y más difusamente al resto del mundo. En sus casi dos siglos de preeminencia (XVI y XVII), España había descubierto un continente y el mayor de los océanos, y puesto en comunicación por mar todo los continentes habitados; había  construido el primer imperio transoceánico de la historia, parcialmente perdurable hoy en el orden cultural; había  defendido a Europa frente a la expansión otomana y salvado al catolicismo frenando el impulso protestante. Entre otros hechos relevantes menores. Sin embargo, su decadencia desde mediados del siglo XVII coincidió con la época de la Ilustración, el empuje del pensamiento científico, la revolución industrial y el auge de potencias rivales, en particular Francia o Inglaterra y de algunas sociedades protestantes sobre unas católicas más o menos anquilosadas. Por lo cual se quiso ver en “el espíritu de España” el contrario a la fe en la Razón y la Ciencia propias de la Ilustración. Concepciones que fundamentaban la llamada Leyenda negra, un relato extremadamente denigratorio contra todo lo realizado por España anteriormente.

No obstante subsistía un fondo de interés e incluso admiración por aquella historia, actitudes que no dejaba de manifestarse ante la guerra civil. Así, esta podía enfocarse como una lucha entre el viejo espíritu ( oscurantista, cruel, supersticioso, reaccionario, “fascista”), representado por las fuerzas de Franco; y el predominante en la Europa avanzada, representado por las del Frente Popular. De hecho así ha venido interpretándolo una masa ingente de la historiografía, siguiendo inconscientemente el dictamen de Stalin: la guerra de España debía ser asunto no meramente español, sino de “toda la humanidad progresista”.