Comienzo estas líneas consciente de que en esta sociedad, impregnada por el relativismo moral, referirse a la doctrina católica es meterse en arenas movedizas y no al gusto de todos. Y tanto lo es que vemos hoy como en momentos en los que se dirime la perversidad de la exhumación de los restos del Generalísimo Franco del Valle de los Caídos, salvo contadas,  honradas y valientes actitudes de algunos, son más de uno y de dos, los representantes de la Iglesia católica los que dan la espalda a quien fue su principal valedor.

 

Gracias al Sr.Sánchez y sus colegas comunistas, filoterroristas y separatistas la terrible desgracia de la guerra civil de hace nada menos que ochenta años vuelve a estar de actualidad. Hasta el punto de que si se quiere provocar una discusión basta con suscitar el tema de aquella guerra y el nombre de Franco.

 

La ignorancia histórica de nuestros jóvenes, y no tan jóvenes, respecto a lo que fue y significó Franco para España y Europa alcanza límites insospechados. ¡Qué sabrá el Sr. Sánchez que contaba apenas tres años cuando murió Franco!  si acaso lo que le han contado y mal porque leer no creo que haya leído algo y menos  con objetividad. Sólo le guía el odio.

 

Hay algo cierto y es que el sinnúmero de artículos y libros que continuamente siguen apareciendo dan fe de que aquel enfrentamiento no está cerrado todavía debido esencialmente en mi opinión al carácter religioso e ideológico de aquella guerra. Y es que supuso la apertura de un capitulo que narra la lucha entre la concepción cristiana de la vida y las doctrinas marxistas, algo de plena vigencia todavía si bien estas últimas bajo la apariencia falsaria de doctrinas neocomunistas.

 

En palabras de Federico Suarez Verdaguer “fue una guerra entre defensores y adversarios de la religión cristiana. El comunismo es la aberración más gigantesca y cruel que se ha conocido nunca y de la agresión comunista se defendió España”.

 

Al acabar la guerra en 1939 estaban los países de tradición liberal en los que predominaban sistemas políticos opuestos a la moral católica. Aún perviven. Y de otra parte tres versiones del totalitarismo: el marxismo, el fascismo italiano y el nacional socialismo alemán.  Franco no se encuadró en ninguno y se atuvo a un sistema de inspiración católica en sus leyes y principios morales en un mundo hostil a esto tal y como sucede igualmente hoy en día. Hoy los indocumentados – abundan – tildan a Franco de fascista desconociendo que tanto el fascismo italiano como el nacional socialismo alemán y el marxismo proceden de Hegel y su concepto de la identidad entre la sociedad y el Estado. Franco no estuvo ahí por ser radicalmente católico. Y es desde esta perspectiva desde la que hay que entender quien fue Franco, un militar extraordinario y un estadista único pero plenamente coherente con los principios de la moral católica. De fascista nada.

 

Tan es así que cuando en 1953 se firmó el concordato del Estado español con la Iglesia, el Papa Pio XII mostró a Franco su agradecimiento por haber sido este concordato una de las mayores victorias que obtuviera nunca la Iglesia en sus relaciones con los Estados modernos. El Papa otorgó a Franco el Gran Collar de la Orden de Cristo y le hizo hijo predilecto de la Iglesia a la que siempre trató de servir. Pronto se han olvidado algunos miembros de la Conferencia Episcopal Española de este hecho.

 

Tomando palabras de Federico Silva Muñoz “como soldado había probado en la guerra su enorme valor. Pero no inferior es el que se exige para gobernar en las condiciones en las que tuvo que hacerlo. Hubo de mantener y ganar una guerra partiendo de cero y de un Alzamiento fracasado frente a una tremenda superioridad cuantitativa de sus adversarios. Se quedó sólo frente al mundo entero que le proscribió y montó conspiración tras conspiración para derribarlo. Afrontó  situaciones económicas pavorosas y amenazas interiores y exteriores de todo orden  con un valor sobrehumano y una energía síquica incalculable. La Historia le colocará entre los grandes gobernantes que construyeron y levantaron la nación española”.

 

Todo cuanto he escrito hasta aquí constituye un análisis siquiera muy breve de nuestra historia reciente y del criterio de Franco en la gobernanza de España bajo la inspiración de la doctrina tradicional de la Iglesia católica y que debiera ser ya objeto de historiadores; sin embargo asistimos en la actualidad a una revitalización de esa confrontación de ideas que nos lleva a los españoles a la fractura de nuestra convivencia. Por tierra ha quedado el gran logro cívico – con sus fallos - que supuso la transición de un régimen autoritario, en base a una propia Ley de ese régimen, al sistema democrático presente.

 

Al reintroducir a Franco y la guerra civil de hace 80 años en el panorama político de nuestros días, a través de la Ley de Memoria Histórica, Zapatero y Sánchez han propiciado el establecimiento de una línea divisoria entre españoles que no nos lleva a otra meta que a la deconstrucción de la vieja nación de la que formamos parte desde hace siglos. Y para ello nada mejor que atacar frontalmente lo que Franco significó cobrando esta circunstancia una actualidad creciente.

 

Sumergirse en la realidad del mundo presente no es buena idea pues le lleva a uno a descorazonarse de lo que uno ve y de la pervivencia de los valores que conformaron la España por la que tantos españoles dieron su vida y por los que nosotros luchamos. Defender con uñas y dientes la permanencia de los restos del Generalísimo en el Valle de los Caídos no es más que eso: la de un gran cristiano que tomó las riendas de un levantamiento popular contra la anarquía – Azaña bien dijo que Franco no se levantó contra la República sino contra la chusma que se había apoderado de ella – y libró a España de caer en las garras del comunismo.

 

Pero no todo está perdido. Hoy cuando observo con el corazón acongojado como cientos de españoles sin distinción de credos ni ideas se afanan con gran riesgo y sacrificio en rescatar a un pobre niño caído en un pozo, cobra vigencia la famosa frase de José Antonio cuando dijo que “España era una unidad de destino en lo universal”. Sí, España necesita liberarse de una casta dirigente malévola y perversa, encontrar un objetivo que nos una y aplicar todos nuestros esfuerzos a esa tarea.

 

Franco es historia y en su ejemplo y en su apego a lo que significó la doctrina católica en la que se forjó nuestra Patria encontramos ese objetivo.