Como algunos de nuestros lectores sabrán, el próximo lunes 25 de febrero estaba prevista una conferencia en el Parlamento Europeo de Bruselas, donde representantes de la coalición ADÑ iban a hablar sobre el presente y el futuro de las fuerzas patrióticas, en España y Europa.

 

Esta conferencia sin embargo ha sido prohibida, con la motivación de ridículos pretextos que insultan a la inteligencia de cualquiera. Pretextos en realidad necesarios: queda feo reconocer así, por las buenas, que se prohíbe la conferencia porque no le gustan sus ideas a quien tiene el poder de vetarla, o a los que manejan los hilos de la marioneta.

 

Esta censura preventiva es cada vez más habitual en Europa, donde la voz de millones de europeos que empiezan a despertar es ignorada y reprimida. La voz de una Europa que no quiere perecer, que quiere mantener su identidad, que no quiere ser colonizada y que ha aprendido a ver el verdadero rostro del monstruo. Ese monstruo que ha decidido que Europa no es de los europeos y hay que llenarla de inmigrantes, sin haber jamás consultado a los primeros sobre esta decisión pero, al mismo tiempo, convocándoles cada cuatro años. ¿Para qué? Pues para que decidan qué rama del partido único va a desgastarse durante unos años ejerciendo el poder: la rama encorbatada, la rama descamisada, la rama malcriada, la rama guaperas…

 

Ese mismo monstruo que acepta la libertad de discusión y de ideas mientras éstas no se salgan del debate domesticado, es decir del “debáter” de ideas aceptables. Pero cuando alguien pone sobre la mesa las ideas impresentables, las que cruzan los límites del guion establecido, entonces no faltan los pretextos para reducirlo al silencio y para demonizarlo; al mismo tiempo, con un ejercicio de doblepensar (leed a Orwell por favor) y lengua de estropajo los portavoces del monstruo hablan de libre discusión y dialéctica democrática.

 

Lo sucedido en este pequeño episodio de la abortada conferencia de ADÑ es un símbolo y una metáfora de la Europa actual, una ilustración del modus operandi propio al sistema que la gobierna. Sistema que se sirve, para perpetuarse a sí mismo y traicionar a los europeos mientras prepara su destrucción, de una triple alianza impía y contrahecha: las sabandijas indignadas que chillan histéricamente y exigen censura política, los santurrones llenos de esa superioridad moral que no es sino maquillaje para ocultar la podredumbre espiritual, y la hipocresía democrática que ha logrado perfeccionarse hasta un refinado ejercicio en el arte de doblepensar.