Después de tres meses acunando a sus retoños en Villa Meona, mientras su media naranja llevaba el jornal a casa, el amado líder del comunismo español reaparecía esta semana ante sus huestes primero, y antes los medios de más audiencia después, como manera de abrirse hueco de cara al comienzo de la campaña electoral. Si alguien pensaba que la pizpireta Irene Montero iba a tomar el relevo de Podemos, está claro que se equivocaba. Pablo Iglesias Turrión ha vuelto, y lo que no sabemos aún es si será protagonista del próximo Gobierno o simple espantajo de una ideología amortajada.
 
La suficiencia moral de la izquierda le permite decir una cosa y hacer la contraria, sin que los suyos aprecien la menor incoherencia. Así, era un orgullo vivir en un pisito de Vallecas, mientras que los ricos merecían ser expoliados y perseguidos, fritos a impuestos, escracheados violentamente y lo que fuera menester, porque ser rico equivale poco menos que a ser delincuente. Pero Iglesias Turrión puede vivir como un multimillonario, en una casa de las que sólo vemos en las revistas del papel couché, y seguir pasando por obrero, proletario y representante de la clase media. 
 
También le escuchamos decir hace años que Venezuela era el ejemplo a seguir. Que Hugo Chávez era el líder natural al que se debía imitar, que el socialismo bolivariano llevaba a los pueblos en volandas hacia la igualdad y el progreso...Y tantas otras majaderías más. Ahora ya, el chavismo no le parece tan plausible a Iglesias Turrión, ni Nicolás Maduro es un modelo a seguir, ni está el horno para muchos bollos de alabanzas y vítores cuando están los niños venezolanos muriéndose de hambre en los hospitales. Entre una posición y la otra lo único que ha pasado son unos pocos meses..., los suficientes como para haberse quedado con el trasero al descubierto.
 
Iglesias y Montero, esa pareja progre y guay que representa la España de izquierdas, moderna y revolucionaria pero a la vez carca, clasista y chapada a la antigua en cuanto a gustos y hábitos de vida, eran firmes defensores del aborto como forma de que las mujeres se liberen del yugo opresor del heteropatriarcado. Un feto de veinte semanas no era otra cosa que un montón de células a las que se podía mandar, sin remordimientos, al cubo de la basura. Después de su paternidad, la cúpula de Podemos se ha enternecido y ha comprobado, seguro que con asombro, que si uno deja a ese montón de células que se desarrollen en paz, termina saliendo un niño maravilloso. Dicen que arrepentidos los quiere el Señor.
 
Las encuestas le dan a Pablo Iglesias apenas una treintena de diputados en el Congreso a partir del 28 de abril, que son menos de la mitad de los que tiene ahora. Es evidente que Podemos se desinfla, en parte por estas veleidades de la parejita antes citada, en parte porque, no nos engañemos, defender el comunismo rancio, anticapitalista y trostkista, en la era de los smartphones y la nanotecnología, es defender un imposible. Siempre fue una ideología nefasta, liberticida y asesina, y ahora, en el siglo XXI, es un esperpento que algunos, por suerte cada vez menos, se empeñan en querer desenterrar del olvido.
 
Mientras VOX crece sin parar, y ayer llenó Barcelona con miles de banderas de España, y con miles de voces que exigen con firmeza una nación más fuerte y unida, libre de los complejos de la izquierda y del centrismo ñoño, el líder podemita es hoy un hombre triste y huraño, incapaz de desembarazarse de su imagen chulesca, altiva y violenta, la que siempre lo ha caracterizado. Cree que por haber cambiado unos pañales está más preparado para ser presidente del Gobierno. En realidad, es un pobre diablo que jamás quiso entender que su tiempo y su espacio hacía muchos lustros que habían quedado atrás, en algún lugar oscuro del pasado.