Madrid capital, fin del circo animales salvajes. Excelente noticia. ¿Tratamos como auténtica mierda a los animales no humanos, en circos y fuera de ellos? Evidentemente. Solicitar un trato decoroso a los animales todavía se divisa como asunto de gente ociosa que ante el sufrimiento humano opta por salvar becerrillos. ¿Existiría una mafia vegana/animalista que promueve la redacción de leyes? Puede ser. ¿Y un contubernio eco/vegano/animalista nacional cuyos corruptos epítomes son el cuatrerismo en “santuarios”, subvenciones a chiringuitos-protectoras, zoo-mafia del tráfico animal, o los millones que deja la mendicidad tras el robo de mascotas? ¿Por qué dudarlo? Además, tampoco ayudan a este asunto las campañas sensacionalistas de grupos como People for the Ethical Treatment of Animals (PETA) o que el Frente de Liberación Animal opere como guerrilla, en algunos casos como brutales bandas terroristas. Por esto o aquello, la defensa de los animales no tiene una reputación pública a la altura de sus principios. Elevadísimos.

 

Esclavizados, torturados, asesinados

 

Uno se pone en la piel de los demás animales que son utilizados, esclavizados y/o asesinados por los seres humanos, y no se puede quedar de brazos cruzados. Se siente la necesidad de organizarse y luchar por su liberación. Es un asunto esencialmente de libertad, la palabra más bella pergeñada por los cielos. Desde que somos críos se nos adoctrina. Sin vaselina, además. Se nos enseña que la vaca vive en la granja y sirve para dar leche, la gallina para dar huevos y el cerdo para dar jamón. Y los elefantes y los leones para que nos lo pasemos pipa una tarde en el circo. Los típicos librejos para críos nos piden que unamos con una flecha el animal con el producto que obtenemos de su explotación y muerte. A partir de ahí, nuestra visión de los animales se reduce a que somos infinitamente superiores a ellos, están aquí para servirnos y podemos utilizarlos a nuestro antojo. Por supuesto, jamás nos enseñan como malviven las gallinas en las granjas o como le cortan el cuello a un cerdo colgado boca abajo de una pata. La cimentación, en definitiva, de todo un estudiadísimo proceso de infame tortura hacia esas pobres almas mudas que nos acompañan en este sinsentido llamado vida.

 

La realidad suele hermosearse con imágenes con una vaca que ríe y nos da su queso complacida, terneritas pastando felices en los envases de leche, cerdos con gafas, sombrero y bastón sonriendo en la etiqueta de un jamón cinco jotas. Toda la masacre se lleva a cabo en las afueras de las ciudades donde nadie pueda verlo ni oírlo. Para la gente, sería más difícil vivir de la forma en que lo hace si viera y entendiera los efectos directos de dicho consumo. El capitalismo ha eliminado al consumidor de los procesos de producción. El Leviatán le cede gustoso su cobertura legal. El resultado, es que nadie se siente responsable de pagar para que maten a un cerdo o una vaca o una gallina, pues desde que nacemos el sistema educativo y tecnocultural nos ha adoctrinado para seguir perpetuando esta esclavitud, sin asumir nuestra responsabilidad, sin cuestionárnoslo mínimamente, ni verlo como algo malo o, cuanto menos, extraño. Estamos programados para no hacernos cargo de la esclavitud animal.

 

 

Pobres almas mudas

Una de las principales características de los seres humanos, es la de sentir empatía, esto es, ponerse en el lugar y pensar qué sienten otros individuos en determinadas situaciones. Es así como surge el sentimiento de rechazo a la explotación. Una brutalísima explotación que se produce en cuatro grandes ámbitos: alimentación, pieles, entretenimiento y experimentación. La explotación animal existe porque es rentable. Punto. Los animales no humanos no pueden comprar televisiones, no pueden ingresar dinero en el banco, no pueden comprarse un coche ni un móvil inteligente ni leer la prensa online. La diferencia más importante es que no pueden sublevarse contra el sistema.

 

Me importa un huevo de pato caribeño si la medida la propone Podemos en el Ayuntamiento de Madrid. Rita, La Asaltacapillas, sería harto deseable que permaneciese en un prolongado silencio. Demasiadas gansadas para revelar garrafal poquedad intelectual. Eso no obsta para recordar que los argumentos de los que se oponen son extremadamente endebles. Apelan a la libertad, pero destruyendo la libertad de los animales no humanos. Obviamente, se perderán puestos de trabajo. Pero los hay más dignos que otros. Habrá llorabambis y comelechugas por doquier. E hipocritones que se lamentarán por la mosca del vinagre o las focas japonesas y ni piarán ante la genocida masacre del aborto. No lo dudo. Pero, más allá de ello, lo que también sobreabunda, a patadas, es una nutrida miríada de soplapollas liberticidas, apelando siempre a una elástica concepción de la libertad. Obvio. La libertad de torturar y masacrar bichos que nada te han hecho. En fin.