Si Cristo no hubiese nacido, nosotros no tendríamos salvación. Sin su nacimiento, el 25 de diciembre, el mundo sería pasto del pecado y, por tanto, de las llamas del infierno. Y nuestro paso por esta vida sería vacía y plana como la de un caracol. Aunque muchos todavía no se hayan enterado, Él vino para redimirnos, para regalarnos una vida eterna, y para hacer de nuestro paso por este mundo una vivencia colectiva de hermandad. Eso es lo que celebramos a partir del martes por la noche, eso es lo que da sentido a las cenas, a las compras y a las reuniones familiares. No hay acontecimiento más grandioso que la Navidad.

Sin embargo, Satanás lleva trabajando por la destrucción del Hombre desde mucho antes, en realidad desde siempre. Y todavía hoy, cuando el planeta vive día a día la guerra de todos contra todos, el diablo envía sus tentáculos allí donde sabe que puede hacer más daño, allí donde los hombres somos más vulnerables. Hoy, en la era de las comunicaciones, Satanás encuentra un verdadero filón del mal en la televisión, en internet y en el cine, casi todo en manos de fuerzas masónicas y, por ello, enemigas viscerales de la Cristiandad.

El hombre de hoy vive entontecido por las redes sociales, a las que dedica casi todo su trabajo neuronal. Las series de TV son su único estímulo intelectual, y los programas de la actualidad rosa la forma más elevada de entretenerse. Por eso es tan fácil para los políticos de hoy engañar a sus votantes y traicionarlos: porque la grey que acude sudorosa para estar los primeros en las urnas, el día de las elecciones, tiene casi todo su talento en el tramo de cuerpo que va de las ingles al estómago. Con cada vez menos excepciones que confirmen la regla.

La plataforma televisiva Netflix estrenó hace unos días en Brasil una película blasfema, en la que Nuestro Señor Jesucristo es homosexual y nuestra Madre Celestial, una prostituta. Es la forma más apropiada que ha encontrado esa plataforma de celebrar la Navidad, insultando gravemente a los cristianos con una bazofia que atenta contra aquello que más queremos y adoramos. Los autores de semejante basura son unos presuntos humoristas brasileños, pero como la cinta ha causado gran expectación, Netflix en España mantiene dicha porquería en su programación nacional, a pesar, ya digo, de estar a las puertas del nacimiento de Cristo.

Más de dos millones de personas ya han pedido a través de Change.org la retirada de ese bodrio, Hazte Oír también ha iniciado una campaña parecida, pero como suele ser habitual en estos casos, solamente la asociación Abogados Cristianos ha denunciado a Netflix por haber insultado, violentado y herido los sentimientos religiosos de millones de personas en todo el mundo.

Cientos de miles de personas ven a diario las series y las películas de este canal blasfemo e indecente, que se permite ofender los sentimientos más nobles que anidan en el corazón humano. Cientos de miles de personas que, con su dinero, financian a esta plataforma que, en plena Navidad, presenta a Jesucristo como un homosexual y a la Virgen María como una cualquiera. Evidentemente, los autores y responsables de esta basura tendrán el castigo que merecen después de esta vida. De momento, no estaría mal que las personas de bien les hiciésemos ver la repugnancia que nos produce su miseria moral.
 
Existen los hijos de la Luz y los hijos de las Tinieblas. Nosotros tenemos la certeza de la Verdad hecha hombre, Aquel que nos dejó una lección para la eternidad: la de amarse los unos a los otros. Los ángeles caídos del Averno, y sus seguidores que son legión, sólo disponen del odio y la venganza. Triste será su final. De momento, aún con la amargura de estas basurillas sacrílegas de la televisión, dispongámonos a calebrar el nacimiento de nuestro Salvador.
 
Rafael Nieto