Se han empeñado en ello, nuestro gobierno de enanos. Han consumado su mezquina venganza sobre Franco, que es también mezquina venganza sobre la historia de España; pura afirmación de sectarismo como la de sus abuelos ideológicos, que quisieron cancelar a una mitad de España en 1936 justificando plenamente con ello el Alzamiento militar, más que legítima rebelión de esa media España que no se resignaba a ser borrada. Algo que no hizo el Caudillo: muy al contrario que sus enemigos buscó la reconstrucción y la reconciliación, aunque fuera en medio de las comprensibles asperezas comprensibles tras una guerra recién concluida; de hecho tan poco eliminó a la “otra” media España que pocos años después de su muerte los socialistas llegaron al poder, demostrando con ello que también los antifranquistas habían podido  educar a sus hijos como mejor creían, a pesar de los curas (bestia negra de la izquierda) y de la asignatura de “Formación del Espíritu Nacional”. No se puede decir lo mismo de la educación y del estado actuales, infinitamente más invasivos y menos respetuosos del derecho de las familias.

Hasta ahora me había abstenido de escribir sobre el tema de la exhumación de Franco principalmente por pudor, porque muchos y más preparados han escrito ya sobre ello (sobre todo en este medio), con mayor conocimiento de causa y que ha vivido el franquismo. Sin embargo creo que es importante porque ya no es historia sino actualidad, presente; los mentecatos de la memoria histórica se han empeñado en volver atrás en el tiempo.

Yo no he vivido el franquismo y apenas recuerdo el 1975, mientras que en años posteriores estaba muy lejos idealmente de ese mundo. No tengo por tanto una vinculación afectiva con ese período y con sus figuras, sino una opinión formada a lo largo del tiempo. Y lo que veo, mirando hacia nuestra guerra civil, no es el penoso embuste memohistórico de un golpe de estado contra una república angelical y democrática, sino una de esas situaciones donde la única manera de resolver las diferencias es por la fuerza de las armas. Posteriormente, no veo ningún régimen de terror sino un esfuerzo ímprobo por reconstruir España de las ruinas, una voluntad política firme que llevó a un renacimiento nacional a lo largo de cuarenta años,  económico, cultural y civil.

Veo también, hoy, palabras al viento arrojadas desde la ignorancia y la mala fe más absolutas. Franco no fue ni un “genocida” ni un “tirano” como grotescamente se intenta meter en la cabeza de los que no saben ni quieren saber. Semejantes afirmaciones son el equivalente intelectual del engrudo para gallinas, con el que se alimentan a la fuerza los pobres animales por un tubo. La palabra “genocidio” tiene un sentido preciso que, simplemente, no aplica; no hubo ningún genocidio, ni siquiera en el sentido metafórico de intento de exterminar a una clase social, que sí lo hubiera intentado la Segunda República. La palabra “tiranía” por su parte califica a un régimen sentido como opresivo y sofocante por la población, cosa que ni de lejos sucedía en el régimen de Franco. ¿Fue un “dictador”? En la medida en que su persona concentraba los poderes en España y era quien llevaba las riendas del país, sí lo fue: éste es el significado propio y técnico de “dictadura” y no tiene por qué tener un sentido negativo, mientras que “tiranía” siempre lo tiene. El franquismo no fue una tiranía como sí lo fueron los regímenes comunistas y sí lo hubiera sido la Segunda República de no haber sido destruida.

Habiendo nacido después y con un itinerario personal que no es el caso de comentar, no sé si yo hubiera encajado del todo en la España de Franco; pero la hubiera respetado y la respeto porque brilla con una luz refulgente cuando la comparamos con la cloaca en que se ha convertido hoy este país, un auténtico estercolero moral, cultural, intelectual y político.

Cada uno tendrá la opinión que mejor le parezca pero la historia no se cancela; se asume y se interpreta, se valora o se execra pero está ahí, nadie tiene derecho a borrarla o a reescribirla. Se puede discutir sobre si es más importante la verdad o la libertad. Pero en este caso la cuestión ni siquiera se plantea porque la infame legislación sobre “memoria histórica” atenta a la vez contra la verdad y la libertad, tanto la ya existente como la previsible en el futuro y con la que ya amenazan: quieren perseguir penalmente lo que ellos llaman apología del franquismo es decir taparle la boca a quien les discuta sus mentiras, quien conteste su narración grotesca, sectaria y falsa.

Terminando, ya un solo apunte acerca de la profanación de la tumba. Se han llevado los restos mortales de Franco, los han sacado del Valle y eso no se puede cambiar; pero en mi modesta opinión quien desee ir a rendirle homenaje o a rezar por él no debería darse por enterado y seguir yendo a Cuelgamuros. ¿Por qué? Porque lo que se han llevado es la materia y sólo la materia, unos restos mortales que habrían debido quedarse donde estaban, que tienen su importancia y han de ser defendidos contra nuevas profanaciones (que sin duda serán intentadas); pero las cosas no son sólo materia sino también espíritu, voluntad, ideas que se expresan a través de medios materiales; y esto es al final lo más importante.

Mal que les pese Franco en realidad sigue presente: en las piedras y en las esculturas, en esa gran cruz que domina el valle, en esa basílica que encarna el ideal de España nacional-católica, en esas tumbas de combatientes de ambos bandos. Allí están la idea, la voluntad y el espíritu, en el lenguaje mudo de la piedra y de los espacios subterráneos, un lenguaje que no se puede falsificar ni tergiversar como se hace con el lenguaje de las palabras. No materia física pero no obstante está presente, y no lo podrá sacar de allí ningún enano mierda de la política, por mucho que hablen con esa lengua de estropajo que gastan de resignificar el Valle.

Como es evidente el Valle no se puede resignificar y los profanadores en realidad lo saben perfectamente; incapaces de grandeza de ánimo, con la idea fija en su mezquino y miserable revanchismo, la misma existencia física del monumento les ofenderá siempre; por eso su objetivo último, que ni siquiera esconden demasiado, es destruirlo. La batalla no termina sino que comienza. Empecemos pues por negarles lo que consideran su victoria: afirmando que Franco sigue allí, que ningún juez y ningún helicóptero podrán desalojarlo y allí seguirá hasta que no derriben la última piedra. Ésa es la siguiente trinchera.