Pablo Iglesias salió del Congreso de los Diputados arrastrado por las mulillas, sin ministerio que llevarse al bolsillo y sin cartera que llevarse a la despensa del Palacio del conde Vronsky de Galapagar, donde le estaba esperando su mujer (o lo que sea) imagino que con la misma actitud que la madre de Boabdil el Chico aguardaba a su nene tras la pérdida de Granada. Supongo que lo más bonito que le dijo Irene Montero, la ex cajera de hipermercado con sueños húmedos (felizmente frustrados) de vicepresidenta del Gobierno, a Pablo Iglesias, debió de ser algo así como “no llores como un progre de mierda lo que no has sabido defender como un macho-alfa comunista ¡Vete a dormir al sofá de Echenique!”

Los que no creen en lo Transcendente lo achacan todo al azar, a las carambolas de la casualidad o, los más “místicos” de los agnósticos, a esa cursilada que han dado en llamar justicia poética. Como yo sí creo en lo Transcendente, que es la mano que escribe la Historia, le atribuyo la inmensa felicidad que el 25 de julio, Día de Santiago, me produjo el estrepitoso fracaso de la investidura de Pedro Sánchez, a la intervención directa del Patrón de España que, como está en su propia naturaleza, ¡qué le vamos a hacer!, no quiere ver su obra desbaratada y despedazada a manos de una horda de botarates con la cabeza llena de gilipolleces y los bolsillos colmados de ambición.

A tal fin, el Apóstol Santiago iluminó escasa pero suficientemente a Pedro Sánchez para mantenerse firme ante las exigencias de la bacteria bolchevique que amenazaba, como la peste negra medieval, con infestar y matar al Gobierno anfitrión y darle el tiro de gracia a la Nación. Gracias le sean dadas al Patrón de España por iluminar escasa pero suficientemente la voluntad de Pedro Sánchez, y por nublar las poquísimas neuronas que, como los piojos, habitan en la coleta de Pablo iglesias, pues en el interior de la bóveda craneal de la bacteria bolchevique no hay nada, salvo las nalgas sangrantes de Mariló Montero, según su propia y explícita confesión.

La incompetencia de Pedro Sánchez es inconmensurable, la de Pablo Iglesias es cósmica y su estupidez, infinita. Los líderes comunistas que España, y el mundo, han padecido han sido todos ellos unos criminales, unos genocidas y unos ladrones… pero ninguno ha sido tonto. Tonto del culo. Hasta el debut de Pablo Iglesias, al que su paradigmas políticos, desde Lenin a Pol Pot, le hubieran dado un “paseíto” por tonto. La bacteria bolchevique con coleta es el primer comunista de la historia que arroja por la borda la posibilidad cierta de entrar (¿has leído a Antonio Gramsci, idiota?) en un gobierno socialista para infestarlo, descomponerlo y asaltar el poder absoluto desde los despachos del poder que la cobardía socialdemócrata o socialista les ha enmoquetado siempre a los comunistas desde que, allá por la III Internacional, los bolcheviques se inventaron la exitosa fórmula política de los Frentes Populares para hacerse con el poder en los países occidentales aliándose con los blanditos socialistas.

El 25 de julio, festividad de Santiago Apóstol, los hunos podemitas podrían haber entrado en el Gobierno de Pedro Sánchez. Bastaba con que hubieran mentido un sí táctico en la última sesión de investidura, y para un comunista mentir es como respirar. No han mentido y se ahogaran (¡qué felicidad!) en su estupidez. El viejo y genial Sazatornil preguntaba siempre: “¿Usted es comunista porque es tonto, o es tonto porque es comunista?” Si hubiese conocido a la bacteria bolchevique con coleta y a sus hunos podemitas le hubiera quitado los signos de interrogación a la pregunta, transformándola en una doble afirmación: son tontos porque son comunistas y son comunistas porque son tontos.