Poncio Pilatos vuelve a lavar sus puercas manos en la bacinilla del Poder Judicial español. Su toga es la fregona de las heces de los separatistas catalanes, a los que trata con la dulzura que los esclavos profesionales, los siervos bien domados, regalan a manos llenas a los amos generosos en la satisfacción de sus caprichos e implacables y crueles en el castigo de sus arbitrarias frustraciones. Poncio Pilatos vuelve a temblar de miedo ante el poder político y tirita, como un cachorro en la nieve, ante la encrucijada de ser justo o ser del agrado del amo, dictando una sentencia que es una felación a la conveniencia política ¿Qué hacer? He ahí la cuestión a la que Poncio Pilatos ha respondido tal y como ya lo hizo hace más de dos mil años: volver a liberar a Barrabás para que sus cómplices puedan darle estabilidad al gobierno al que él le debe el cargo, los denarios de su nómina y la burundanga con la que desayuna a diario para anular el último rastro de voluntad que aún sobrevive en la cloaca de su conciencia.

El tataranieto de Barrabás, Puigdemont, violó a España en el vientre de unas urnas emponzoñadas que llenó con el semen de la chusma separatista. Después, desde las cumbres de Montserrat, trató de asesinarla con una declaración de independencia y ante el leve y tibio rugido de los pretorianos de España, cruzó el Mar Rojo por los Pirineos y huyó a refugiarse a los predios de los enemigos de España. Allí vegeta desde hace dos años rodeado de lujo y carantoñas, observando una dieta de coles de Bruselas y odio que llena de flatulencias su propaganda y su discurso. Es un prófugo acogido en el regazo jurídico y político de un país que es el felpudo en el que alemanes y franceses se han limpiado las suelas de sus botas durante siglos, después de que España les diera el relevo para hacer de Bélgica su burdel y su campo de batalla. Allí retoza Puigdemont como en el siglo XVII lo hacían las damas flamencas y valonas con los soldados de los Tercios Viejos, mientras los maridos de las señoras les abrían las puertas de las alcobas.

El violador de España y su asesino en grado de tentativa, huido de la Justicia, quiere ser eurodiputado español y la Justicia (perdón por el eufemismo) española le autoriza a presentarse a las elecciones porque no ve mácula ni impedimento para que pueda ser candidato. Mañana, Poncio Pilatos nos crucificaría a cualesquiera de nosotros por un quítame allá unos euros en la Declaración de la Renta, o por un adjetivo grueso en la calificación de su conducta. Ortega vuelve a tener razón: “Españoles, vuestro Estado no existe, reconstruidlo”.