Tenemos una generación, y por cierto bastante amplia, de agnósticos prácticos. Puedo decir, sin temor a equivocarme mucho, que de los sesenta años para abajo la cosa de la fe está especialmente de capa caída y que la formación cristiana de un par de generaciones se nos ha ido por el sumidero.

Hasta ahora nos hemos ido medio sacando las cosas adelante gracias a la inercia de años anteriores y a que todavía las abuelas, más que los abuelos, han seguido insistiendo y transmitiendo la cosa de la fe.

Hablo de inercia en número de sacerdotes, religiosos y conventos. Esto es lo que nos ha permitido, en España especialmente, mantener el pabellón. Sacerdotes cada vez más mayores, pero sacerdotes. Religiosas y religiosas más viejos, pero ahí estaban. En la práctica sacramental y la transmisión de la fe hemos tenido la colaboración impagable de las abuelas que hablaban de bautizar a los niños y todavía enseñaban algunas oraciones. Pero estas dos cosas se nos van.

Esta generación de abuelas se nos va. Hoy tenemos que hablar de bisabuelas como transmisoras de fe, porque las abuelas de esta generación, mujeres entre sesenta y setenta años, ya crecieron en una España que se hacía primero indiferente, luego laica y hoy bastante anticatólica, al punto, me decían, que hoy, cuando se quiere señalar a alguien como persona no de fiar, se dice que es que hasta va a misa los domingos.

La sensación que nos queda es que esto de la fe se diluye por momentos. Aún nos queda un resto pequeño de gente que se lo toma en serio y un estrato sociológico en forma de fiestas tradiciones y hermandades con más de externo que de compromiso cristiano, y donde la Iglesia apenas puede hacer más que pequeñas indicaciones y recomendaciones so pena de llevarte algún disgusto.

Y hay algo aún más preocupante. Y es una gran mayoría de los pocos que aún se llaman católicos tienen una visión de la fe y una idea de la moral muy diferente de lo que es la fe de la Iglesia. Gente que viene a misa, que acude a las procesiones, que se declara católica, pero a la que le preguntas por la divinidad de Cristo, la resurrección, la eucaristía o la moral matrimonial y puede darte una alferecía.

¿Qué porvenir nos espera? Evidentemente el que quiera Dios. Otra cosa es que humanamente, y desde mi poca fe, uno vea las cosas color de hormiga. Afortunadamente, uno no es más que un cura de pueblo, y pequeños los tres, pero si tuviera otras responsabilidades creo que la cosa me llegaría a agobiar bastante.

¿Cómo revertir esta situación? Personalmente no tengo ni idea. Creo que es momento de olvidarnos de cosas raras, novedosas e impactantes, hincar las rodillas en el suelo y rezar, rezar y rezar.