Fueron años rudos, feroces y feraces. Todas las paradojas y contradicciones de la Monarquía Hispánica coagularon allí. Todo pareció cuajar en fechas aproximadas. 1640, por ejemplo. Salvo el funesto año de 1873, dentro del sexenio revolucionario, pocas veces conocimos los españoles semejante caos viviente. Año de la discordia y el quebranto y el menoscabo. Seguramente, todo se veía venir. Se produjo una sublevación en Cataluña, otra en Portugal. La primera en mayo, la segunda en diciembre. También una difusa confabulación de aristócratas en Andalucía. El Duque de Medina Sidonia asomando la cabeza. Poco más tarde, desde 1647, estallaron revueltas en Nápoles y Sicilia. A todo ello habría que sumarle la contienda en Alemania. Confuso y embrollado amasijo. Los síntomas de absoluta descomposición parecían harto clarividentes: empequeñecía la población, se ahuecaban las arcas reales, se ensanchaba la presión fiscal y el desbarajuste de la moneda, las armas regias retrocedían y la anomalía de las rutinas cotidianas liberaba la cólera de los cielos. Todo esto no pasaba inadvertido para el tropel de embajadores extranjeros atentos a cualquier indicio de enflaquecimiento de la gran potencia. Sir Arthur Hopton, embajador británico en Madrid, lo tenía diamantinamente claro: “Me veo inclinado a pensar que la grandeza de esta monarquía está cerca de su fin”. Afortunadamente, su patente pesimismo no se tradujo en una implosión de ese ininteligible dédalo de nombre España. Al menos, no tuvimos nuestras Frondas, rebeliones en el corazón del imperio.  Un asunto de las "remotas" periferias.

 

 

Sesenta años juntos

 

La archicorrupta y endeudadísima Monarquía Hispánica siempre dio mayor importancia al pleito catalán. Esencialmente, Francia pululaba en lontananza. Conquistando Cataluña, el designio de Richelieu no se hubiese estancado allí. La clave axial: ingente dedicación de la Monarquía Hispánica a Cataluña, desde un primer momento, para evitar la belicosa irrupción gala. Y las posteriores campañas anuales que se llevaron a cabo. Portugal se transformaba, de esa manera, en un asunto menor. Sesenta años siendo parte del Imperio. Una unión ibérica, desde el inicio, frágil y fragilizada. La Portugal de los Felipe poseía fecha de caducidad. Tarde o temprano, las cosas podían ser reconducidas en territorio luso. Resonante error. Tras la Paz de los Pirineos, Portugal, se cavilaba en la Corte, hubiera podido ser recobrada. Tarde, muy tarde. Mal, muy mal. Fracasaron los permanentes esfuerzos de una macilenta Castilla por tomar el control luso. Los insuficientes avances españoles se vieron una y otra vez reventados debido al apoyo internacional liderado casi desde el principio por Francia, Inglaterra y Holanda (firmaron con Portugal un armisticio de un decenio en junio de 1641). Trataban, obviamente, de debilitar a la Monarquía Hispánica abriéndole nuevos frentes. El asunto, al contrario, pudo acabar bastante peor durante el proceso de reconquista portuguesa: las tropas portuguesas, en 1657, asaltaron España, amenazando seriamente tierras pacenses.

 

 

Portugal, agraviada

 

Portugal poseía una virtud de la que carecía Cataluña: argamasa. Cemento personificado, el Duque de Braganza aglutinaba alrededor de su persona a élites y parte de la población. Un sostén que con el transcurrir de los lustros se hizo cada vez más sólido y compacto. Portugal, todo a su favor. En parte, la Monarquía Hispánica había mostrado un sutil desdén hacia el territorio portugués. La monarquía, lejanísima. Las tradiciones lusas fueron esencialmente ignoradas. El ninguneo frisaba el chuleo. La presión tributaria se vivía como ente succionador. El endeudamiento salvaje de la monarquía solo encontraba remedio a través de impuestos expoliadores. Lo de gastar más de lo que se tiene se había transformado en el insólito distintivo de los Habsburgo hispánicos. En Portugal no lo dudaron ni un instante. A eso se agregaba la miríada de descontentos fiscales a cambio de pocas inversiones en territorio luso. Tributos desaforados e indecorosos. Los impuestos, además, afectaban a productos básicos. Vino, sal, cereales, carne. O al sistema de distribución y canalización de agua. Se sucedían profusas asonadas respondiendo a una brutal fiscalidad. El reclutamiento de tropas, mediante la Unión de Armas olivaresca, era vista con pésimos ojos. El comercio colonial portugués, por ejemplo, no se valoró en su justa medida. El levantamiento se antojaba inevitable. La desidia mostrada por la Monarquía “polisinodal” ante los ataques recibidos en las posesiones asiáticas irritaba sobremanera. Década de 1620. Salvador de Bahía, Goa, Pernambuco. Y tantos lugares. Parte de la población, irritada. Sobre todo, las élites. Portugal da mucho, recibe poco. Holanda atacaba a Portugal y la corona castellana no defendía con suficiente presteza a sus súbditos. El comercio portugués ultramarino comenzaba a menguar. Además, inquietaba la abrumadora presencia de castellanos, casi en exclusiva, hormigueando por la Corte. Se dejan de detectar ventajas a la hora de permanecer en España. La anexión de Felipe se intuye forzada y forzosa. Al fin y a la postre, se trataba de retornar a una situación de independencia de la que se gozó hasta 1580. 

 

 

A cambio, tormento catalán

 

El humus moral y político de los portugueses viraba hacia la (razonable) escisión. Las condiciones en que se aceptó a Felipe II como monarca, durante las Cortes conciliadas en su día en Tomar, comenzaban a desgarrarse. Memento decisivo, previo, atronador: revuelta de Évora, 1637. El Duque de Braganza, años después, lideró la rebelión. El levantamiento portugués fue proyectado en Lisboa por porciones de la nobleza, el clero y militares para deponer a los Austrias y anunciar un monarca portugués. El resentimiento de la baja nobleza, acerado combustible. El detonante final fue la exigencia de Olivares de que miles de soldados portugueses y la mayor parte de la nobleza en edad de combatir se sumaran a la guerra en Cataluña. La respuesta: 1 de diciembre de 1640, el secretario de Estado, Miguel de Vasconcelos, fue asesinado. Defenestrado, también. Razones de peso avalaban, cada vez con mayor fijeza, la levantisca situación. Instituciones forjadas, incuestionable identidad lusa, monarquía lusa altamente valorada. El apoyo a Juan IV era amplísimo. La ayuda exterior, decisiva: Inglaterra y Francia, sobre todo. La crisis catalana, la gran espoleta. A pesar de las quejas castellanas, la relación entre Madrid y Lisboa se conservó constante sin estremecimientos ni apenas incidencias durante el reinado de Felipe II (I de Portugal) y Felipe III (II de Portugal), pero la escalonada mengua del Imperio español principió a diseminar el desacuerdo entre la nobleza portuguesa.

 

Pesadillas, pasadas y presentes

 

Desde 1640, 28 años de guerra hasta la rúbrica del Tratado de Lisboa. El final de un sueño. O de una pesadilla. Posible y, también, extrañamente, superior a la flamenca. Ignoro si a la catalana. En fin.