Oligarquía y Caciquismo, colectivismo agrario y otros escritos. Joaquín Costa, 1901. Tan vívido, lúcido y lucido, en 2018. Primordial actor del regeneracionismo cultural y político, hecatombe del 98 mediante. También miembro de la Unión Republicana. Panfleto éste que pretende sacudir las cloroformizadas conciencias de las élites rectoras razonablemente decentes que aún pululasen por España. Denuncia rigurosa y ardorosamente las pútridas ollas podridas donde se toman las aguas y va emergiendo cualquier espécimen de miasma. Espectros y fantasmagorías atravesando la España de la Restauración. Hasta el día de hoy. Una nación explotada y sometida, jamás libre, más allá de toda la faramalla constitucional (de 1876 ó 1978). Papel mojado en definitiva. El negro sobre blanco nunca se hizo carne ni habitó entre nosotros. Bandidaje legal, pudrimiento a mansalva, fraude a espuertas, un engranaje perfectísimo que legitima la tramoya. Constitución, partidos, monarquía y Cortes inexcusables en la pactada farsa: teatrillo pintado Dos quehaceres paralelos, uno legal y otro consuetudinario. Presunto Estado de derecho contra Estado de hecho o desecho. Pura palabrería en un caso, dolorosa realidad en otro. Oligarquía y caciquismo nos habla de la sórdida vigencia de un Leviatán indestructible, eterno y eternizado, hipercorrupto e hipercorruptor, imperturbable ante la sigla de turno gobernante o incluso ante los grandes convenios de reconciliación nacional, memento Transición del 78. Véase la infecta barbarie caciquil de las Autonomías. Una macabra y ominosa élite directora machacando a millones de abusados. Apropiarse de lo de todos (Luis Romero, El Cacique). Una selección negativa, la elección de los despreciables e indignos, darwinismo a la inversa, rigiendo los destinos de la nación. Todo tan contra natura. Destilando un “feudalismo inorgánico” infinitamente peor que el medieval. Lo aclara Costa con precisión de escalpelo: “Feudalismo de un nuevo género, cien veces más repugnante que el feudalismo guerrero de la Edad Media, y por virtud del cual se esconde bajo el ropaje del gobierno representativo una oligarquía mezquina, hipócrita y bastarda”. Un megasistema, un Matrix de pacotilla, en que el poder político se halla aherrojado por los poderes fácticos, los tres cerditos (Umbral). En terminología aristotélica, lo peor de lo peor: la mixtura de la democracia y la oligarquía, el peor de los mundo posibles. Dos malísimos sistemas, abrumadoramente degenerados, sin poder siquiera darse el gusto del fingimiento

 

 

Inmenso lodazal

 

Culmen: falsificar las elecciones. Con los tres ejes irrenunciables. Oligarcas, caciques y gobernadores civiles. Los partidos políticos, banderías ridículas, memas facciones, anestésicos imperiosos. Con la inestimable colaboración de la prensa, embrutecedora e intoxicadora de masas. Siempre las aromáticas petulancias del pucherazo y el encasillado. Felipe Trigo en Jarrapellejos describe magistralmente la indispensable segunda pata del siniestro trípode, ese cacique “con la siniestra sombra de un murciélago brutal, amparador de todos los crímenes y robos y engaños y estafas del inmenso pudridero”. Las páginas del libro de Costa dejaron huella persistente. En la Generación del 98. En cierto regeneracionismo dinástico. O republicano. Incluso los nigérrimos separatismos entrevieron en su escrito la eventualidad de acometer cierta descentralización de la Administración. El proletariado "que viven aún en plena Edad Media, para quienes no ha centelleado todavía la revolución ni proclamado el santo principio de la igualdad de todos los hombres ante el derecho” no despreció la enseñanza del ensayista aragonés. Ese conglomerado de siervos, inconexo turbión, de "pastores, porqueros, apaleadores, muleros, gañanes y guardas” (Los santos inocentes, Miguel Delibes), sin posibilidad de redención. Estafados desde la cuna a la sepultura. Sin glorificar cualquier tentación bolchevique, Costa recuerda que "las hoces no deben emplearse nunca más que en segar mieses; pero es preciso que los que las manejan sepan que sirven también para segar otras cosas, si además de segadores quieren ser ciudadanos: mientras lo ignoren, no formarán un pueblo: serán un rebaño a discreción de un señor”.

 

Nada ni nadie flota en este inmenso lodazal. Ni amos ni esclavos. Otra vez, Felipe Trigo lo vuelve a bordar, de grana y oro: “Allí, para llegar a la posesión del pan y de la hembra -esto que consiguen los pájaros con su bella y sencilla libertad- se pasaba a través de la mentira, de los hipócritas engaños, del robo, hasta del crimen. Damas que lograban los más altos prestigios por la prostitución y el adulterio, como Orencia y la condesa; cándidas muchachas rendidas al dinero o al despotismo de hombres como don Pedro Luis y el Garañón; curas con hijos y públicas queridas y curas alcahuetes, como don Roque y el tuerto don Calixto; novias atropelladas por la autoridad, como aquella del barbero; cristianos condes vendedores de reses muertas de carbunco…; alcaldes ladrones de los Pósitos; estafadores a lo Zig-Zag; bandidos en toda la extensa gama que iba desde el Gato a Marzo y Saturnino; jueces libertadores de asesinos y encausadores a sabiendas de inocentes”.

 

 

España, patria sin remedio

 

Melancólico corolario: ni cirujanos de hierro ni falsarias transiciones. Lampedusianamente hablando, en España todo cambió (y cambia) para que todo continúe igual. Por ejemplo, la libertad muerta en España antes de nacer. Riadas de generaciones vociferando viva la libertad y canturreando el himno de Riego. Definitivamente reprimidos. Sazonados baños de sangre por pedir algo tan necesario como el aire respirable. Verbosidad patrañera. O como dice Costa: “No veíamos en la libertad una cosa dinámica: la libertad era un mecanismo, el sí de una mayoría parlamentaria, un artículo de la Constitución”. O, remate, como bien nos alumbra Nicolás Maquiavelo, “no hay nada más difícil de emprender, más peligroso de llevar a cabo y con menos garantías de éxito, que tomar la iniciativa en la introducción de un nuevo orden de cosas, porque la innovación tiene como enemigos a todos aquéllos que se beneficiaron de las condiciones antiguas. La gente teme y desconfía de la persona que promueve el cambio y no cree en nuevas ideas hasta que no tiene una larga experiencia con ellas. España. Una patria sin remedio.