El buen difunto es, en este caso, ese tal señor Martín Prieto que tuvo el accidente de fallecer hace unos días.

 

Como es de costumbre en este país nuestro, ahora resulta que todo son loas, alabanzas, panegíricos sobre el difunto. Se que es de buen cristiano perdonar y - si me apuran - hasta olvidar. Esto último me resulta difícil; lo primero, cuando no se trata de mi, se me hace imposible.

 

Tampoco voy - como si fuera un vulgar rojo, un demócrata de sangre y mierda - a expresar alegría, porque me resulta indiferente. Demasiada buena gente muere a diario para que me preocupe, para bien o para mal, la de este señor. Ni he brindado ni voy a brindar. Me limito a rogar a Dios que le trate según sus merecimientos, y no de acuerdo a la Divina Misericordia.

 

Lo que tampoco voy a hacer, es olvidarme de lo que conozco. A este señor Martín Prieto creo que sólo lo leí una vez. Y fue suficiente. Colaboraba entonces en La Tribuna de España, y alguien me pasó el enlace a un artículo donde Martín Prieto, aprovechando la efeméride del 20-N, se despachaba como un auténtico cabrón contra José Antonio y Franco.

 

Así la cosa, no me quedó más remedio que responder al fulano. Y aquí -como recuerdo al difunto actual- tienen ustedes lo que escribí sobre el voceras de entonces.

 

Entre paréntesis: ruego al señor fiscal que tenga en cuenta que cualquier referencia a los llamados "gays" que pueda resultarle digna de su atención, fue provocada por la previa referencia al tema del señor Martín Prieto. Fin del paréntesis.

 

*   *   *

Millones de Monos y un Martinprieto

 

21/11/2007

 

Antonio Izquierdo, en uno de sus libros, comentaba una teoría que supone que si millones de monos aporrearan, durante millones de años, millones de máquinas de escribir, al final alguno de ellos conseguiría un soneto a la altura de Shakesperare. La teoría era propuesta por un anglófono, y de ahí que no pusiera como ejemplo a Garcilaso, a Lope, a Cervantes, a Quevedo o, más recientemente, al monumental poeta cubano José ÁngelBuesa.

 

Quien tenga el mal gusto de leer eso que llaman El Mundo - que hace años llevaba como coletilla "del siglo XXI", no se si ahora ya se han dado cuenta de que, todo lo más, se quedan en el XIX fernandino y marrullero - habrá podido comprobar esa teoría de los monos.

 

Nada comparable, por supuesto, a Lope, ni a Quevedo, ni siquiera a Shakespeare, pero un macaco ha conseguido escribir unas líneas que el corrector ortográfico y gramatical (la industria informática hace maravillas, y a cualquier iletrado le hace parecer escritor) han dejado relativamente legibles. La joya, en el papelín del 19 de noviembre la tienen. El nombre del simio - al menos el que propala- Martín Prieto.

 

Tampoco es tan extraño. Hace poco falleció una chimpancé que había aprendido algo del lenguaje de signos que usan los sordomudos. No existe relación probada entre el óbito y el esfuerzo del aprendizaje, de modo que el simio que ha logrado hilvanar unas líneas aporreando teclas no debe temer por su salud física. Tampoco por la mental, porque difícilmente se puede enfermar de lo que no se tiene.

 

Al chimpancé Martín Prieto, en cambio, le falla el reloj y el calendario. Se le ha parado en los años 30, ó 70, del siglo XX, y se dedica a estas alturas del XXI a alancear difuntos que llevan en los luceros setenta años o cuando menos 30. O tal vez no le falla el reloj, ni el calendario, sino la hombría. Se lo digo en un tono comprensible para su prehomínida cortedad: es un cobarde.

 

Aunque bien pudiera ser que el simio Martín Prieto no sea un cavernícola, ni un débil testiculínico; tal vez sólo es un sarasa acomplejado, marcado por el imposible de la atracción hacia alguien tan lejano, tan alto, tan inalcanzable, que vomita su bilis como contrapartida de la decepción. Ya se sabe: las uvas verdes de la zorra que no alcanza el anhelado racimo.

 

Me explico, porque aunque los habituales que pueda tener me estén comprendiendo perfectamente, el monicaco Martín Prieto no llega al nivel necesario; se queda cortito, es de la misma escuela de gilipollas que el Pepiño y otros trogloditas. Hasta pudo hacer un cursillo acelerado de difamación y mentirología con el difunto Umbral, tan hijoputa.

 

El macaco que dice tener apellidos - por lo visto, en los registros civiles ya anotan cualquier cosa -, y se apoda Martín Prieto, llama a José Antonio "hijo de dictador, homosexual en el armario".

 

Evidentemente, alguien le ha ido al necio con el chisme de que D. MiguelPrimo de Rivera fue Dictador; si no, lo ignoraría como ignora que José Antonio no está enterrado junto a Franco "tras el altar de la Basílica de Cuelgamuros", sino que está sepultado delante.

 

Alguien le ha contado el chisme, y como vieja chismosa -cotorra de envidia verde, repetitivo loro -, Martín Prieto, bilis con patas, lo repite. Pues si, José Antonio fue hijo de Dictador. Pero no fue hijo de puta.

 

Seguro que esto que dice llamarse Martín Prieto - lo del Registro Civil, de verdad, es preocupante- presume de tolerante, de comprensivo, de moderno. Seguro que no le dice a Zerolo que es un mariconazo de mierda, y menos aún a ese tal Boris Izaguirre que me aseguran que vive de mostrar la popa en televisión. Seguro que si yo se lo llamo a alguno de estos, el ente autodefinido como Martín Prieto me tilda de homófobo, si es que sabe pronunciar esa palabra. Pero a José Antonio lo considera "homosexual en el armario". Y lo vomita como descalificación, como insulto.

 

Se te ve la envidia. Se te huele el deseo loco de un amor imposible. Salta el despecho desde la tinta de tu panfleto, y la rabia por no haber tenido posibilidad de acercarte, probón como toro manso, hasta que él se hubiera apartado de ticon asco. Porque ni siquiera él, José Antonio, con su desbordante virilidad de señor, hubiera podido enmendar a un señorito mariquita como tú.

 

Es fácil mentir, ¿verdad, cobarde, marica probón y marrajo? Ya os encargáis los de tu cuerda de que nadie sepa la verdad. Ni la ajena, ni la vuestra, tan tristemente sombría.

 

A José Antonio no le condenó un tribunal regular, porque ninguna ley dictaminaba que los tribunales estuviesen formados por miembros de los partidos políticos y por esa condición expresamente. A José Antonio le condenó un tribunal revolucionario que, por definición, nunca puede ser regular.

 

Y le condenó por un delito imposible: por rebelión contra la República en una fecha en que ya llevaba encarcelado varios meses. ¿Cómo puede uno rebelarse contra el Estado desde una prisión de ese Estado? ¿Quienes fueron sus cómplices en la cárcel, en los tribunales, en el Ministerio de Justicia o de – entonces - Gobernación? Evidentemente, si José Antonio cometió un delito de rebelión, en el mismo banquillo deberían haberse sentado los ministros del Frente Popular.  

 

No, mamoncillo; a José Antonio le juzgó un tribunal de políticos, y como tales no les recusó. Sabía que era un proceso político, y por eso - a los políticos que formaban el tribunal- les ofreció la mediación para que las dos Españas en liza pudieran llegar a entenderse.

 

Franco - dice el australopiteco - hubiera hecho que una "bala perdida" acabara con José Antonio si este hubiese llegado a la zona española desde el virreinato soviético, lo mismo que - insinúa el cuatezón - provocó el accidente de Sanjurjo. Franco - sentencia Martín Prieto - despreciaba el fracaso.

 

Sobre todo, el fracaso del cobarde que no lucha, que no se la juega, que no da la cara o se parapeta en 30 ó 70 años de eternidad para insultar difuntos. El fracaso del homínido que no consigue bajarse del árbol, y allí permanece hasta su muerte, haciendo cabriolas con el rabo. Vamos, dicho para tontos - para que me entiendas, Martín Prieto -: a los prehomínidos como tú, que empezaste siendo lamebotas en la Prensa del Movimiento para irte – ya muerto Franco, claro - a El País, de donde pasaste a enterrador de Diario 16 para terminar en la covacha de la más cerril derecha, El Mundo troglodítico, que ni siquiera siente vergüenza de presentar tu historial de fracasado purulento y bilioso.

 

Decía ayer mi camarada Arturo Robsy que a este macaco de Martín Prieto el agua del bautismo no le acabó de lavar. ¿No sería, Arturo, que el cura fue más exigente que el funcionario del Registro Civil, y se negó a bautizarlo porque aquello no era un ser humano?