Retrocedemos, a la Prehistoria y la Edad Media. España se desintegra, nos convertimos en reinos de taifas, pequeños y vulnerables, al tiempo que las fronteras son cada vez más inseguras y existe un escaso control sobre la población extranjera en territorio nacional. Si los foráneos cometen delitos, no se les expulsa, e incluso se paga su estancia en prisión, piscina incluida. Existen pueblos que pagan impuestos y no cuentan con médico, pero "todo preso tiene derecho a atención sanitaria".

En el extranjero, una española tiene que cubrirse el cabello para entrar en una mezquita, en España puedes llevar burka, al tiempo que los políticos nos instan a tatuarnos "mujer liberada". Se imponen todas las culturas excepto la española, se defienden todas las lenguas excepto la española. Sacamos la bandera rojigualda cuando veinte hombres patean una pelota, pero si la ocasión es otra, uno es tildado de franquista. Nadie desprecia más a España que los españoles.

Como inmigrante, tras un año de estancia en España tienes derecho a recibir ayuda económica para el alquiler, el comedor de los hijos y libros escolares. Si eres español, trabajas 60 horas semanales o no tienes hijos. Los políticos denuncian la falta de natalidad. ¿Cómo puede un español mantener a su prole cuando el salario mínimo es de 900 € y el alquiler de un apartamento de 40 m2 500 €? Cuentes o no con descendencia, optar a una vivienda de protección oficial siendo español y payo es casi imposible. O trabajas 60 horas semanales, o vives con tu madre.

Parece que los españoles trabajamos para mantener a todo aquel al que le apetece cruzar la frontera y el que tiene la picaresca de vivir del Estado. Somos la única nación a la que importa más el extranjero que el nacional, que lleva 400 años en suelo patrio siendo sangrado con impuestos. Somos la única nación que siempre tiene los ojos girados hacia el terrorista, el delincuente, el okupa y el ilegal, mientras da la espalda a la persona honrada.

 

Las minorías viven de ser minorías, en la mayoría de los casos no se observa un esfuerzo por integrarse, actitud que empieza en el parvulario y la vida cotidiana en el barrio. Por ejemplo, ¿cuántas mujeres gitanas estudian bachillerato? ¿Cuántas personas de su raza ocupan puestos laborales comunes? Es comprensible y respetable que un individuo no quiera vivir dentro de la sociedad, que desee formar una propia y trasladarse a las montañas o los bosques. Si decides vivir fuera de la sociedad, si te niegas a cumplir normas legales y de convivencia, no pidas dinero al Estado.

La salida al grave problema de falta de natalidad española no está en obligar a parir hijos a quien no quiere, esa política siempre ha tenido resultados catastróficos: pueden obligarte a vivir con otro, pero no a amarlo o educarlo. La solución al problema está en ayudar a los españoles que tengan la determinación de pasar veinte años formando a una persona. De lo contrario, nos extinguimos.

 

Si hablamos de lingüismo: Se llama lengua española. Así se designa en todo el planeta, excepto en su lugar de origen. Curioso. Cosas de España. Tampoco es común denominar una zona de un país “país”, o escuchar la palabra española para nombrar una lengua regional, como el vascuence.

Con pavor se presencia la plaga de profesionales con titulación superior, conferenciantes, presentadores de televisión y locutores de radio que no saben comunicarse con propiedad. Periodistillas que tienen uniforme único (como su pensamiento) de camiseta-trapo, vaquero y deportiva, que se dirigen a un político, un banquero y un escritor con las mismas formas con las que tratan al vecino de la esquina. Porque todos somos iguales. Con descaro y desvergüenza, estilo español. Lo hacen sin pudor ni punidad, porque en España puedes hacer lo que quieras, incluso cometer delitos culturales, como es destrozar la lengua nacional, herir la Cultura. Dada la exposición con que cuentan esas personas, deteriorar el uso de la lengua por parte de millones de personas en todo el planeta, con consecuencias catastróficas: con palabras pensamos, con palabras aprendemos, con palabras escribimos cartas de amor y declaramos la guerra.

La lengua nacional de España es una de las más ricas del mundo, y cada día escupimos sobre ella. Por supuesto, somos los primeros en defender Plataforma por el Quechua. Nos herimos de muerte desde las aulas y los puestos de trabajo, donde cada vez con mayor frecuencia se maneja un léxico extranjero: al parecer la ideología de una empresa, su argumentario, la forma de comunicación que sus empleados son obligados a utilizar con los clientes, se llama speech y script (espacio para risas). Porque usar español en España es de paletos. Lo verdaderamente pueblerino es creer que aumenta tu modernidad cuando disminuye el uso de tu lengua materna.

La tendencia a lo americano queda en las palabras, como llevar escrito en la espalda de la chaqueta “California” en lugar de “Teruel”. Algunos comunistas lucen ropa con esas señas colonialistas. También gusta el sur de Canadá cuando se trata de comer basura, ver pornografía, o cultivar el consumismo.

En la comunidad autónoma de Cataluña sólo el 8% de los centros escolares ofrecen materias en español aparte de la asignatura de Lengua castellana. En junio de 2019, una niña de 10 años del colegio Fuente del Alba en Tarrasa fue gritada, agredida físicamente, y expulsada de clase por su “profesora” por dibujar una bandera española. Como consecuencia, la niña y sus hermanas abandonaron el colegio. ¿Cuál es el siguiente paso, ser denunciado a la KGB? Cataluña, democrática, siempre a la vanguardia en España.

El centro-este de la nación íbera no se queda atrás: en Tavernes de la Valldigna (Valencia), en enero de 2020, una plataforma progre ha pedido que dos agentes de la guardia civil sean expedientados por exigir a dos españoles a los que se les estaba realizando un control de alcoholemia, que hablaran en español. Los recién destetados también se quejaron de que hacía frío y no les dejaron ponerse la chaqueta. Ay mis niños.

La Real Academia Española de la Lengua, que debería ser un órgano de espíritu militar que defendiese el correcto uso del español de todos sus enemigos, también agacha la cabeza ante el mal: desde hace dos décadas la opinión de los académicos (porque ellos sí cuentan con opinión) no parece tener autoridad, quien toma las decisiones sobre la norma son los millones de ignorantes, porque “la lengua les pertenece”. La lengua no es una propiedad, y los hablantes tienen el deber y el derecho de utilizarla con corrección.

Las palabras no parecen poseer valor, puedes dedicar un epíteto hiriente e injurioso a otra persona, de manera privada o pública, y no pasa nada. En España nunca pasa nada. Mañana borrón y cuenta nueva, porque hoy todos somos amigos. Para las palabras y la dignidad no existe memoria histórica. Una vez más, la balanza se inclina hacia la cantidad en lugar de la calidad.

Escribimos más que nunca, lo hacemos peor que nunca, y leemos menos que nunca. Hablamos más que nunca, lo hacemos peor que nunca, y escuchamos menos que nunca.

 

El comienzo del fin, la anarquía, se produce cuando desaparecen los valores y la autoridad. No es necesario ser graduado o graduada en sociología para saberlo. Los principales cánceres que padece la sociedad española son la mala educación, la soberbia, y la falta de autoridad. Si un individuo carece de valores como modales, amabilidad, generosidad, humildad, espíritu trabajador, y obediencia a la autoridad, se convierte en una bestia.

Se vive en un estado de letargo donde no existen valores, límites, sangre en las venas, idealismo, apreciación. Una sociedad donde se consumen pornográficas cantidades de series televisivas, vídeos, autofotografías y trapos (la categoría "prenda de vestir" es superior). Sólo se sale de esa anestesia, sólo se abre la boca para atacar, exigir, o quejarse.

No se valora la forma ni las Humanidades. Los exámenes para obtener el carné de conducir sólo son técnicos, no incluyen una esencial parte ética: tomar conciencia de que, si no eres responsable, si no prestas tanta atención como te sea humanamente posible, puedes dejar a un ser humano paralítico. O a ti mismo. Mientras se permita sentarse en el asiento del conductor a una persona que no ha recibido formación ética, se estará permitiendo que las carreteras estén llenas de niños al volante. Se está ofreciendo un arma mortal a un inconsciente.

Actualmente la falta de autoridad es tendencia. Cuando un sujeto perdió las elecciones en Andalucía en diciembre de 2018, anunció que el resultado no podía consentirse. También que los grupos que (en su opinión) no habían votado al partido ganador, debían "tomar las calles". Me permito ilustrarle en contenido de primer año de Derecho: alentar a la violencia es ilegal. Aunque quién dice que en España no puedes pasarte la ley por el arco del triunfo. Todo es una fiesta, ¿no? ¿Quién es el derechista que quiere aplicar la ley sobre mí? Qué facha, lo tengo más claro... En cuanto a "no poder consentir" el resultado de esas elecciones: ¿no son los izquierdistas los que desgastan los términos democracia y tolerancia? Dicho personaje debería ser aleccionado por el señor Albert Rivera en materia de perder con dignidad. También debe instruirse en congruencia, y mudarse a Vallecas o Tetuán, a un apartamento de 40 m2, para vivir rodeado de los suyos, clase baja, los pobres de la tierra, la gente de verdad. Como la familia de ultramar Castro, que posee una de las mayores fortunas de la historia del dinero, en un país donde el 60% de los edificios sufren daños estructurales. Viva el repartir.

 

La anarquía avanza como los bárbaros: en mayo de 2007 dos jóvenes españoles arrancaron la bandera nacional letona cuando se encontraban en dicho país. Un diplomático español hubo de viajar a Riga para explicar al brazo ejecutor de la ley nacional, que en España no se enseña a respetar nada, y que aquí el amor a la patria es un concepto demodé, que viola los derechos de los apátridas y antiespañoles.

Podemos observar cómo existe un apabullante número de individuos selváticos moviéndose por calles y establecimientos. Muchos de estos personajes agrestes tienen además el cerebro lavado, han sido adiestrados por las pantallas (la tecnología y el discurso progre son el Hitler del siglo XXI) en la idea de que no tienen responsabilidades ni obligaciones, sólo derechos (como vivir levantando la voz a quien gusten), que, si son analfabetos, vagos y groseros, son iguales a los cultos, trabajadores y educados. Porque hoy todos somos iguales, porque nada importa, porque en España puedes hacer lo que quieras. La sociedad está condenada en el momento en que sus miembros carecen de la humildad para reconocer sus inmensas y numerosas lagunas, y de la voluntad de trabajo para paliarlas, buscando para ello a un preceptor que nos ilumine, nos saque del obscurantismo de la incultura, y a cambio nosotros mostrarnos agradecidos. Porque a esa persona le debemos ser más y mejor. La soberbia se exterioriza con frecuencia mediante la agresividad, reforzada por la velocidad sónica a la que la sociedad funciona, y a la que uno se ve obligado a someterse para poder competir. La soberbia y la agresividad tienen a menudo como propulsor la creencia de que los buenos modales, la amabilidad, son vestigio del pasado, y propio de gentes menesterosas.

Estamos tan ocupados en saturar la red con “jajaja, estoy comiendo una manzana”, que hemos dañado gravemente nuestra capacidad de atención, hasta el punto de que, en cualquier escrito, incluyendo textos escolares, se ha de que resaltar la palabra clave en negrita o tamaño grande. Las pantallas han hecho aumentar la ya larga lista de adicciones humanas: su retirada causa síntomas de abstinencia.

Mientras tengas pose y juguete tecnológico en la mano, eres Dios, el planeta deja de rotar si mañana no despiertas. El artilugio genera a menudo una sensación de poder, de conocimiento absoluto, la soberbia de considerar que uno lo sabe todo, que no tiene nada que aprender. Un artefacto tecnológico en la mano ofrece a muchos sapiens sapiens la sensación de saber algo, de ser alguien, cuando lo que te hace superior, Persona, es lo que nadie puede quitarte. Lo que no se puede robar, y el que gusta de expropiar, nunca tendrá. Esos prehistóricos acuden con aires de grandeza y desprecio a la consulta del médico para aleccionarle, con la inseparable pantallita. ¡Ojo, con mil monos habiendo apretado el lapidario botón "me gusta"! Es oficial, ha sentado cátedra. Qué sabrá este empollón, que ha pasado veinte años en colegio y facultad mientras yo me emborrachaba, lanzaba eructos al aire, y me anestesiaba con la televisión.

La soberbia de los sapiens sapiens se consolida en las consultas médicas, y su agresividad aumenta, como cualquier animal o niño a quien no han educado en límites, normas, y respeto. Mientras, un cartel en la sala de espera informa de que, si agreden al facultativo, pueden ir a la cárcel. El sentido común indica que el galeno expulse a las reses y les dedique un escueto "que te ayude a recuperar la salud la madre que te parió". Pero las bestias tienen derechos. El médico tiene derecho a denunciar si le escupen. Uno no se siente animado a estudiar, sí a encaminarse a la fauna de Telecinco, s vivir de generar basura, de ser basura. El médico debe ser la autoridad en el edificio de salud, sea público o privado, y como tal todas las personas en él, personal sanitario y pacientes, deben tratarle de usted, aunque tantos seres sufran atragantamiento cuando se trata de mostrar deferencia. Carecemos de mapa, de brújula, se ha olvidado cuál es el lugar de cada uno. No somos todos iguales, ni mucho menos. El tonto del barrio amanece creyéndose ministro del aire.

 

Otro valor caído en desuso es el del aprecio, de materiales y personas. No se valora nada, ni la comida, ni la calefacción, ni los útiles de escritura, tampoco las distintas personas en la vida cotidiana que, mediante pequeñas y grandes acciones, te ayudan cuando tú no eres independiente. No se intenta ahorrar recursos naturales ni se cuida los objetos, privados o públicos, compras otro. Cuando la Tierra se agote, no podrás adquirir una nueva.

Tampoco se ahorra dinero, se vive con irresponsabilidad, incautamente. No se piensa en el mañana, que indefectiblemente llega. Cuando el invierno se presenta, la cigarra pide con descaro a la laboriosa hormiga que comparta. Ésta, justamente, ha de dejar que la primera muera de frío o hambre. Porque hacer las cosas bien no debe tener la misma consecuencia que hacer las cosas mal.

La crisis económica de 2008 se produjo a causa de decisiones erróneas por parte de altos políticos y economistas (no del empleado de la oficina bancaria de tu barrio), y de la masa de personas que vivieron peligrosamente y se quemaron. No ahorraron, no fueron precavidas, vivieron por encima de sus posibilidades, y se arrastraron a sí mismas y a sus hijos a la pobreza. Entonces… que papá Estado nos salve de nuestra negligencia. Estas personas se colocaron al borde del precipicio, y cuando el viento les empujó al vacío… la culpa es del viento. En España no existe la responsabilidad.

El consumismo nos destroza el alma, los pulmones (contamina) y la cartera. Se regala a los niños sin mesura, su cerebro está colapsado y no valoran sus posesiones, siete regalos que diecisiete tienen sobre ellos el mismo efecto. No se les enseña a ser cuidadosos, ni se les conciencia de la pérdida de salud y el esfuerzo que supone conseguir el dinero que ha adquirido esos bienes. Tampoco se enseña a compartirlos. Desde casa se les instruye en la idea de que todo es gratis, de que no existe relación entre su buen comportamiento y calificaciones escolares (esfuerzo) y premios obtenidos. Uno tiene que recibir porque sí.

Tampoco existe la memoria, a menos que se trate de desenterrar una parte del pasado, para que los resentidos sientan que la venganza al fin se consuma, que ellos eran los buenos, los santos. Y los otros, malos malísimos. Parece que estas personas no van a quedar a gusto hasta que, por cada estatua fascista que se derribe, se levante otra republicana. Porque todos somos iguales. Mientras, el problema acuciante de las pensiones continúa avanzando, pero es más importante dedicar dinero, tiempo y energía en dejar claro en los libros escolares que un gallego era Satanás. Y los del equipo contrario la Virgen María. Me pregunto cuándo las familias de las monjas violadas o quemadas vivas en edificios religiosos en los años treinta, o los sucesores de aquellos apedreados en la puerta de las iglesias, reclamarán memoria histórica.

Tal vez sería más sensato, responsable y adulto dejar de contar cadáveres o comparar atrocidades. Porque en el catálogo salimos todos, en cada maldita guerra no queda casa sin motivos para agachar la cabeza de vergüenza. En caso de que un español sea capaz de tal cosa. No podemos cambiar el pasado, sólo tratar de hacerlo mejor en el futuro. Aunque no parece que llevemos ese camino: durante cuarenta años de dictadura se contó una parte de la verdad, y tergiversada. En el siglo XXI se cuenta sólo la otra parte de verdad, y tergiversada...(Continuará)