¿A qué juega, señor Baltasar Garzón? ¿Por qué no se calla de una puñetera vez? Se nota que usted está comprado y su labor profesional ha sido invadida por la maquinaria izquierdista y revanchista.

Obsesionado con la represión franquista, para la cual no pega ojo, traza la mayoría de sus artículos por unas líneas de provocación y enfrentamiento. Intenta crispar a los ciudadanos con comentarios construidos desde el sinsentido de una persona que, por haber sido juez de la Audiencia Nacional, piensa que eso le da potestad para hablar y opinar de todo, de lo divino y de lo humano.

Constantemente insulta y provoca, y sus textos solo responden a una obsesión con la derecha y con las víctimas del Franquismo. Lo último que ha comentado fue sobre la exhumación del Caudillo, y estas fueron sus palabras: “No debería haber ninguna discusión en exhumar a Franco” o “Parece de locos que en 2019 los monjes impugnen la exhumación de Franco”. Este señor sueña con la persona que levantó un país tras la Segunda República Española que, por cierto, la defiende, y eso que llevó a nuestro país a una ruina basada en criterios políticos insostenibles y que originó hambre y miseria.

Sus constantes deslices responden a una cuestión enfermiza y que no tienen ni pies ni cabeza. Una persona que tuvo que defender el sistema judicial y que, ahora, habla de unas artimañas que se salen claramente de las políticas legales por las que este país le pagó y le dio de comer.

Él solo, con sus virguerías e intentos por quemarnos, se está consumando. Cada vez dice cosas menos creíbles, y su punto de vista no es adoptado por la gente sensata, que ve en él a una marioneta del socialismo y que lo considera un ser vulgar, comprado, maniatado y provocador.

De todas maneras, está claro que defender las posturas tal como las defiende este señor, es algo que es bastante fácil, porque al apoyo que encuentra se le une el sistema logístico que la izquierda impulsa. Él, por lo tanto, se une a una dinámica que fluye fácil y a la que se apegan muchos para alimentar sus bocas porque, claro, de algo tenemos que comer.