El pasado viernes asistí a una jornada sobre economía circular cuya última ponencia llevaba por nombre “Adaptación urbana y desarrollo de ventajas competitivas sostenibles ante la emergencia climática”. Me está bien empleado por fijarme sólo en la parte que me interesaba, porque, por una cuestión profesional, me atrajo lo del desarrollo de las ventajas competitivas. Craso error. En mi disculpa debo decir que, al tratarse de un entorno empresarial, di por hecho que lo más importante sería la parte económica. ¡Qué va! Ahora todo el mundo se ha subido al carro del cambio climático y la competición inter-empresas por conseguir la mayor cuota de mercado posible no viene por el lado del aprovechamiento de los recursos o la oferta de sus productos, sino que, quien más y quién menos, se adorna diciendo cómo combate el cambio climático como elemento diferenciador.

Sólo escuché al primero de los ponentes. Comenzó hablando de que la emergencia climática era un hecho porque el cambio climático era una evidencia. Y de ahí es de donde vienen, al mismo tiempo, el frío y el calor extremos, las lluvias torrenciales y las sequías, los incendios y todos los fenómenos naturales adversos que podamos imaginar, tales como huracanes y tornados. ¿Cómo es posible que el calentamiento produzca frío y calor simultáneamente? ¿Lluvias y sequías? ¿Subir y bajar? No pude resistir, lo confieso, y abandoné la sala sin esperar a oír al resto de ponentes que asentían embobados la perorata catastrofista del consultor que tomó en primer lugar la palabra. Para colmo, llegué a casa por la noche y, en un informativo, vi imágenes de manifestaciones a nivel mundial, protagonizadas por estudiantes, que demandaban medidas contra el cambio climático. ¡Qué hartazgo!

En este asunto del calentamiento global del planeta, se ha dejado el campo libre a la izquierda enemiga de la economía de mercado, que ha monopolizado el debate impidiendo que se promuevan o se escuchen, debates desde el punto de vista científico o técnico. Han conseguido que se tache de “negacionistas” a quienes dudan del cambio climático, ridiculizándolos como si estuvieran defendiendo que la tierra es plana.

Por eso he decidido tratar la cuestión del cambio climático. Lo haré a lo largo de varios artículos. Este es el primero de ellos, y comenzaré por el principio, es decir, por las razones que me llevaron a sospechar que había gato encerrado en esta cuestión. La primera vez que oí el término “cambio climático” fue en 2006, cuando se emitió el documental “Una verdad incómoda”, protagonizado por Al Gore, vicepresidente de los Estados Unidos de América bajo la presidencia de Bill Clinton, y candidato del partido Demócrata a las elecciones presidenciales del año 2000, que perdió contra George Bush. Por este documental recibió el Premio Nobel de la Paz, galardón que en esta cuestión no pasa por sus mejores momentos en cuanto a credibilidad se refiere. Recuerden que a Obama se le dio nada más ser elegido Presidente de manera preventiva, porque iba a luchar por la paz.

Si no han visto el documental, les resumo que una parte la emplea en hablar de él mismo lamentando no haber llegado a Presidente, cómo le afectó la muerte de su hermana por un cáncer de pulmón y varias sensiblerías más de tipo personal antes de entrar de lleno en el tema. Describe las terribles consecuencias que el cambio climático global produciría en nuestro planeta de continuar emitiendo CO2 de la misma forma en que se ha venido haciendo los últimos años. Lo más interesante del documental, a mi juicio, es que este charlatán subraya que el cambio climático “no es realmente una cuestión política, sino más bien de carácter moral”. Y claro, eso mosquea. ¿Se han dado cuenta que no menciona que se trate de una cuestión científica? Si lo fuera, ¿quién en su sano juicio se iba a oponer a su existencia? Por ejemplo: ¿alguien duda que existe la fuerza de gravedad? Nadie la ha visto, muy pocos la podrían explicar en un laboratorio y, sin embargo, nadie duda de ella. ¿Verdad que no?

Por tanto, hay que dejar claro que, para el Sr. Gore, el cambio climático no era algo científico. En eso dijo la verdad. Sin embargo, creo que mintió cuando dijo que no se trataba de una cuestión política, porque si algo es evidente, es que estamos ante una cuestión claramente política. Por mucho que se intente disfrazar. Y si no, fíjense en sus principales defensores: ecologistas, anticapitalistas, comunistas, marxistas trasnochados… Por eso no me fío. No lo hice en su momento, y mucho menos ahora.

El infante Juan Manuel, adelantado mayor del Reino de Murcia, escribió a principios del siglo XIV “El conde Lucanor” con la intención de que las enseñanzas que el libro contenía resultaran útiles a quien lo leyera. Lo hizo con lenguaje sencillo para que todo el mundo, hasta quienes no andan muy bien de entendimiento, sacara provecho de las enseñanzas entremezcladas en las conversaciones entre el Conde Lucanor y su consejero, Patronio. La fábula de los cuervos y los búhos, a juicio del infante Juan Manuel, es un cuento muy bueno. Finaliza con estos versos:

 

Al que antes tu enemigo solía ser,

ni en nada ni nunca le debes creer.

 

Más adelante, el siglo XVIII, Félix María de Samaniego nos dejó este poema llamado “El perro y el cocodrilo”:

 

Bebiendo un perro en el Nilo

al mismo tiempo corría.

—Bebe quieto—le decía

un taimado cocodrilo.

Díjole el perro prudente:

—Dañoso es beber y andar,

¿pero es sano el aguardar

a que me claves el diente?

¡Oh, qué docto perro viejo!

Yo venero tu sentir

en esto de no seguir

del enemigo el consejo.

 

Pues eso. Que no me fío.