Hace unos días, en pleno episodio del barco pirata Open Arms, el exministro del Interior italiano, Matteo Salvini, dijo que “Somos cristianos, no tontos”. Aunque hay que reconocer que el mensaje está poco elaborado, en el fondo resumió en cuatro palabras lo que yo creo que muchos católicos pensamos sobre el problema de la inmigración masiva, incontrolada e ilegal. Naturalmente, toda la “progresía” –incluidos, paradójicamente, aquellos que desprecian a los cristianos, si no es que los odian, y que escriben en las paredes esa frase tan progresista y democrática de “Arderéis como en el 36”– saltaron a la yugular de Salvini, una de las “bestias negras” de los ‘popes’ del pensamiento único, aunque yo le considero simplemente como un político que defiende los intereses de su país y sigue el mandato de sus votantes, si bien de un modo demasiado histriónico a veces, pero así funciona la democracia, aunque el rojerío no lo soporte cuando no son ellos los elegidos.

Por otro lado, la actual cabeza de la Iglesia católica, el Papa Francisco, cardenal Bergoglio, con ese lenguaje para muchos confuso (Evitar el embarazo no es un mal absoluto”), ‘buenista’ (El abuso sexual de niños es una enfermedad), populista (Una persona que piensa en construir muros, cualquier muro, y no en construir puentes, no es un cristiano), provocativo (Visitaré España cuando haya paz”), relativista (Si [los homosexuales] aceptan al Señor y tienen buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarlos?”) y generalmente empalagoso, lleva tiempo lanzando mensajes, ocasionalmente muy explícitos, que se podrían interpretar en el sentido de que constituye un deber moral de los católicos, casi un imperativo evangélico, no solo acoger a cuantos migrantes lleguen a nuestras tierras, sino incluso animarlos a venir y apoyar a los que, ilegalmente, los traen a Europa. Desde luego, los promotores y defensores de ese desastre humanitario y sociológico utilizan frecuentemente las palabras del Papa para justificar sus aviesos propósitos.

Es sabido que el Papa es infalible solo cuando ejerce su magisterio, es decir, cuando promulga a la Iglesia una enseñanza dogmática en temas de fe y moral bajo el rango de «solemne definición pontificia» o declaración ex cathedra, pero no lo es cuando hace una declaración extemporánea de las que al parecer tanto le gustan en una rueda de prensa “improvisada” (sic) en un avión, en una homilía o en un discurso durante cualquier viaje apostólico, pero aun así los católicos debemos escuchar con mucha atención lo que dice el Papa y tenerlo en gran consideración. Por esa razón, reconozco que he tenido dudas sobre si, efectivamente, debía interpretar las palabras del Papa en el sentido de oponerme a lo que me dicen la razón y el sentido común y empezar a seguir el juego a los gurús del “nuevo orden mundial” que aspiran a destruir Europa, tal como la conocemos, a base de alentar y financiar una verdadera invasión por parte de los más desfavorecidos del Planeta, especialmente musulmanes y subsaharianos, lo que además constituye una nueva forma de esclavitud.

Sin embargo, y afortunadamente, he podido leer la entrevista concedida por el cardenal Robert Sarah (n. 1945 en la antigua Guinea Francesa, hoy conocida como Guinea-Conakri) a una publicación francesa llamada Valeurs Actuaelles([i]) en la que clarifica, en mi opinión de un modo sublime, cual debe ser la posición de los católicos en este complejo asunto. Creo que es especialmente relevante la opinión del cardenal Sarah, pues además de ser nacido y educado en Africa, como muchos de los migrantes (Soy africano, creo saber de qué realidad estoy hablando dice en la entrevista), y en un país de mayoría musulmana, es desde 2014 el Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, y antes (2010 a 2014) fue el Presidente del Pontificio Consejo “Cor Unum” para la Promoción Humana y Cristiana (creado por Pablo VI en 1971 y –sorprendentemente– suprimido por Francisco en 2017 para integrar sus tareas en el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral creado por él), por lo que no es “un cualquiera”, sabe muy bien de lo que habla y probablemente sea una de las voces más autorizadas de la Iglesia en este tema.

Dado que a lo que dice el cardenal Sarah sobre este asunto me parece que no se le puede cambiar ni una coma (y menos un iletrado en estos asuntos doctrinales como es mi caso) me limito a transcribir textualmente los mensajes que considero más relevantes de esa entrevista:

Es una falsa exégesis utilizar la Palabra de Dios para valorizar la migración (…) Dios nunca ha querido estos desarraigos.”

Esta voluntad actual de globalizar al mundo, suprimiendo a las naciones, las especificidades, es una locura total.”

Cada uno de nosotros debe procurar vivir en su país. Como un árbol, cada uno tiene su terreno, su ambiente, donde mejor crece. Más vale ayudar a las personas a crecer en su cultura que animarlas a venir a una Europa en plena decadencia.”

Todos los inmigrantes que llegan a Europa están hacinados, no tienen trabajo ni dignidad (…) ¿Es esto lo que quiere la Iglesia? La Iglesia no puede colaborar en esta nueva forma de esclavitud en que se ha convertido la migración en masa.”

Si Occidente continúa por este funesto camino (…) hay un riesgo de que desaparezca, invadido por extranjeros, como Roma desapareció invadida por los bárbaros.” [añado yo: Y tardó diez siglos, desde el siglo V hasta el Renacimiento, en el siglo XV, en volver a alcanzar cotas de desarrollo, en todos los sentidos (económico, cultural, social, legal, etc), comparables a las que alcanzó durante el imperio romano.]

Dios no cambia de opinión. Dios ha dado una misión a Europa, la de acoger y difundir el Cristianismo. Los misioneros europeos [añado yo: y sobre todo españoles] han proclamado a Cristo hasta los confines de la Tierra. Y no fue una casualidad, era el plan de Dios. Esta misión universal que Él dio a Europa, a partir de la cual la Iglesia ha evangelizado el Mundo, no ha terminado. (…) Si Europa desaparece, y con ella los inestimables valores del Viejo Continente, el Islam invadirá el mundo y nuestra cultura, nuestra antropología y nuestra visión moral desaparecerán.”

Creo que la conclusión está clara: los católicos no debemos apoyar ni justificar la inmigración masiva, incontrolada e ilegal que crece sin parar alentada y financiada por las oscuras “fuerzas del mal”, las élites mundiales que bajo los eufemismos de “multiculturalidad”, “globalización” y “nuevo orden mundial”, entre otros, además de los tópicos habituales como la tan frecuentemente prostituida “solidaridad”, pretenden la desaparición de Europa, tal cual como la conocemos y, a continuación, volver a meter a los cristianos en las catacumbas o, mejor aún, erradicar el cristianismo, la última barrera contra sus perversos planes para controlar y modelar de acuerdo a sus intereses a la Humanidad. Los cristianos no tenemos la obligación de suicidarnos, ni de colaborar en el suicidio de Europa, es más, debemos luchar para que no desaparezca nuestra civilización, nuestra cultura, nuestro modo de vida y nuestra religión, la única verdadera.

Los cristianos si tenemos la obligación de hacer todo lo que esté en nuestra mano (“Hasta que duela”, como decía Santa Teresa de Calcuta) para ayudar al prójimo, en especial a los más desfavorecidos, acogiendo y amparando a los millones que ya están legalmente aquí, tratándoles como iguales, integrándoles y no discriminándoles, educándoles en nuestra cultura y formándoles, evangelizándoles, dándoles nuestra amistad y nuestro amor –en el sentido cristiano de la palabra– y, por supuesto, colaborando a través de las instituciones de la Iglesia Católica (Cáritas, Manos Unidas, etc) a su mantenimiento y a su bienestar; y tenemos que cooperar también, a través de las instituciones decentes que existen para ello, en promover el desarrollo y el bienestar en los países de procedencia de los migrantes, para que puedan vivir con dignidad y progresar en sus lugares de origen. Se llama CARIDAD y ese sí que es un imperativo evangélico. Pero también tenemos la obligación moral de defender, con uñas y dientes, la sociedad en la que vivimos, su cultura, sus principios y valores, sus usos y sus costumbres; tenemos la obligación inexcusable, también “hasta que duela”, de defender a Europa, la “vieja Europa”, si, la cuna del cristianismo, del progreso de la Humanidad, de las libertades individuales y de la dignidad del Hombre.

Precisamente porque somos cristianos, y no suicidas, tenemos la obligación de luchar contra esta invasión silenciosa, contra esta nueva forma de esclavitud que acabará por destruirnos como civilización. QUE NO NOS ENGAÑEN ni nos utilicen para sus insidiosos propósitos.

 

 

[i] Se puede leer la entrevista completa en https://infovaticana.com/2019/04/05/cardenal-sarah-la-iglesia-no-puede-colaborar-en-esta-nueva-forma-de-esclavitud-que-es-la-migracion-masiva/