La experiencia del último siglo en Europa nos demuestra que casi siempre son las sociedades las que van por delante de la política, y las que además hacen con los partidos aquello que finalmente quieren: a unos los encumbra, para después jibarizarlos ó simplemente desecharlos como a un kleenex. A otros comienza por no creerlos mucho, pero después les entrega el timón de la nación casi siempre para que no lo lleven los contrarios. 
 
Ciudadanos y Podemos podrían ser los partidos políticos más efímeros de la Historia a poco que sus líderes se sigan empeñando en ello. Pablo Iglesias ha reconocido esta semana que dijo muchas tonterías en el pasado sobre Venezuela, y que ya no le parece tan bien como antes que la gente se muera de hambre y sea torturada en la cárcel por pensar distinto al sátrapa Maduro. Arrepentidos los quiere el Señor. Rivera por su parte, ya no sabe qué hacer para ser protagonista, tal es su costumbre de decir una cosa y la contraria, de no mojarse ni debajo de la ducha, y de ser la salsa de todos los platos donde se decida el poder por el poder.
 
Mientras éstos, que venían a limpiar la democracia, se disuelven como azucarillos en agua, el panorama en Cataluña lleva camino de terminar muy mal, quizá peor de lo que ahora mismo podamos pensar. La kale borroka catalana, los CDR, quiere paralizar Cataluña como protesta por el comienzo del juicio oral contra los golpistas separatistas, y de paso por la presencia del Gobierno el próximo día 21 para celebrar un Consejo de Ministros extraordinario. Las medidas de seguridad serán muy importantes, pero nadie descarta que pueda haber terribles consecuencias, porque es evidente que esta gentuza busca una víctima mortal con la que poder justificar su nauseabunda existencia.
 
Pablo Casado ha pedido a Pedro Sánchez que ilegalice a los CDR. Pero a quienes realmente habría que ilegalizar es a todos los partidos que, gracias a la Constitución de 1.978, pueden dedicarse a la política, presentarse a las elecciones y estar en el Parlamento nacional cuando lo que realmente desean es exterminar a España. Y ni Casado, ni Sánchez, ni evidentemente esos dos azucarillos de la nueva política, van a atreverse a iniciar ese proceso, que es letal para ellos e imprescindible para nosotros. Dramático para la partitocracia y fundamental para la supervivencia de España.
 
Como he dicho varias veces en este micrófono, no hay precedentes próximos en el tiempo de un Gobierno central mantenido en el poder por los enemigos declarados de la nación española. Que Pedro Sánchez quiera entrevistarse en Barcelona con el demenciado presidente catalán Joaquín Torra es la evidencia de que en este asunto habrá otra negociación a escondidas, otro "trágala" para los españoles, sin luz, ni taquígrafos, ni nadie que defienda los intereses generales. Un compadreo más para que Sánchez pueda seguir viajando en avión privado, y Torra pueda continuar con su enloquecida andadura hacia la "vía eslovena", o lo que es lo mismo, el caos y la guerra.
 
Las esperanzas de los españoles decentes están puestas en la independencia del Tribunal Supremo que ha de juzgar a los golpistas, y ojalá que a condenarlos a muchos años de cárcel. Pero ni siquiera eso sería suficiente. España debe librarse de esta mafia partidista instalada en las instituciones. Debe recuperar el protagonismo de los españoles en nuestro futuro común. Y superar esta etapa negra y decadente, porque en ello nos va el futuro de nuestras familias, y el nuestro propio. Ni los partidos de antaño ni los de hogaño moverán un dedo para sacarnos del hoyo en el que nos han metido.