Ellas (perdón por el pronombre personal femenino, pues en realidad no lo merecen) no lo saben pero su auténtica patrona no es la mujer, ni siquiera la mujer trabajadora; su atávico paradigma es una fiera mitológica que se llamaba Pentesilea, la reina de las Amazonas cuya congénere zoológica más próxima es la Mantis Religiosa, ese bicho tan feo como una feminista en éxtasis que mata al macho después de haber copulado con él, como acto de desagravio y veganza por necesitar el heteropatriarcado para perpetuar la especie. Pentesilea y sus amazonas hacían exactamente lo mismo miles de años antes de que aquella bruja comunista, tan sucia y sórdida que menstruaba odio, conocida como la Pasionaria, acuñase el eslogan de todas las mujeres que renuncian a su feminidad para encadenarse al macho dominante del feminismo: “Hijos sí, maridos no”.

 

Una vez al año, Pentesilea y su tribu de viragos, las Amazonas, copulaban con un hombre, a ver qué remedio, y después lo degollaban. Si a los nueve meses lo que paría el virago era un varón, el pobre crio corría la misma suerte que el padre. Miles de años después, hoy hay viragos feministas que han llegado a pedir a las mujeres que aborten si lo que están gestando es un niño. Son encantadoras. Y, además, están protegidas por la corrección política y por el coro de tontos útiles que aplauden su bazofia intelectual y sus disparates dialécticos.

 

Ellas (perdón por el pronombre personal femenino porque no les corresponde) no lo saben, pero en su versión ibérica son la herederas de aquellas tiorras con mono y cartucheras del Frente Popular que, en la Guerra Civil, llenaron las trincheras del Ejército Rojo de ladillas, gonorrea y sífilis. Eran las milicianas de la Pasionaria tan feministas ellas que su más alta misión como mujeres comunistas al servicio del macho alfa Stalin consistía en dar placer a los “heroicos” combatientes republicanos, que en cuanto veían asomar un chapiri, una camisa azul, una boina roja o un turbante de la mehala no se la encontraban ni “pa” mear… hasta que se la buscaba debajo del mono la mano de una miliciana feminista mientras le susurraba al oído consignas revolucionarias entre jadeos y revolcones. Tanta gonorrea sembraron y tantas ladillas cosecharon que el jefe del V Regimiento, Enrique Castro, las expulsó de las unidades de combate asegurando que “las milicianas de la Pasionaria causan más bajas en el Ejército Rojo que las ametralladoras de los nacionales”. Y se volvieron si rechistar a refugiarse bajo las faldas de la Pasionaria, antes de que el comunista Enrique Castro, que sí era un auténtico macho alfa, las desinfectase con una rociada de zotal 9 mm.

 

No son mujeres. Son un saco de frustraciones, generalmente congénitas. Por eso son feministas. Hoy celebran su macrobotellón universal: el akelarre de la Mantis Religiosa, de Pentesilea y de la Pasionaria. Cuidado con las ladillas.