Estamos de nuevo a pocos días de unas elecciones generales que -si las encuestas no fallan- servirán de bien poco de cara a su objetivo, que es la formación de Gobierno. Por ello, y porque es la esencia de este sistema que vive de la división, del enfrentamiento, del engaño y de la estafa, todos los partidos han sacado a pasear el fantasma del voto útil.

El señor Sánchez reclama el voto para sí porque es lo "progresista" -porque para los gilipollas de tópico y estereotipo, ser "progresista" es un bien en sí mismo, aunque no sepan qué significa-, y porque los que le pueden hacer sombra en su electorado no son fiables. Lleva razón, todo sea dicho; el problema es que el menos fiable de todos es él mismo.

El señor Casado reclama el voto útil con un argumento que ya usó en las últimas elecciones: que el voto a VOX se le da al PSOE y se le quita al PP. Es evidente que el señor Casado, pese a ser el más novato en estas lides, ha aprendido rápidamente a falsear la realidad, a engañar al ciudadano, a mentir. Porque el voto se le da, única y exclusivamente, al partido cuya papeleta se mete en la urna, y porque el voto no es de los partidos, sino de los votantes. Por tanto, es imposible que quien vote a VOX le quite el voto a un PP que ni lo tiene en propiedad, ni lo puede reclamar de ninguna forma. Es más: probablemente el voto a VOX salga en buena medida de la abstención; de todas las buenas gentes que, asqueadas de la política chapucera, cobarde, y timorata de un PP que siempre ha estafado a sus electores, habían dejado de votar porque no había a quien hacerlo con la conciencia tranquila.

Esa es la clave del ascenso de VOX, que el PP no quiere ver porque le pone delante de su fracaso absoluto: haber sacado de la abstención y de la desesperanza a muchos miles de españoles que estaban hartos de todos los demás partidos. Después, si, ha venido un cierto trasvase de votos, que antes fueron a veces para el PP y ahora lo han sido para VOX. Pero es el voto del ciudadano, que lo da a quien quiere y lo niega a quien le parece.

Recurrir a la cantinela de que votar a VOX es quitarle el voto al PP es, simplemente, la confesión del miedo del PP; de un partido que no ha tenido, durante muchos años, a ninguno que le hiciera sombra, a ninguno que sirviera a la gente de bien para expresar su voluntad. Y que no ha permitido su nacimiento ni crecimiento, porque el PP siempre ha intentado hundir cualquier iniciativa política en el espacio de lo que ellos consideraban su derecha, arrojando a miles de españoles -acaso cientos de miles- a la abstención.

Pero ahora ha llegado un partido que ocupa ese lugar a la derecha del PP -que, no lo olvidemos, se define como centro- y que ha sacado de la abstención a muchos votantes y les da opción a otros muchos de elegir algo acorde a sus preferencias, en vez de tener que conformarse con votar "tapándose la nariz".

El PP lo sabe; sabe que durante décadas ha defraudado a buena parte de sus electores, que les ha mentido y manipulado descaradamente, y que ahora se le van muchos votos a la opción que realmente quieren sus votantes hasta ahora cautivos. Esto no es una apreciación mía; las encuestas lo avalan y los comentaristas políticos lo certifican: la exhumación del Generalísimo Franco es un dato importante a tener en cuenta según ellos.

Importante, porque a muchos españoles les ha tocado la fibra más sensible; porque a muchos les ha descubierto lo que no querían creer pese a numerosos avisos: que en España la izquierda está instalada nuevamente en una actitud guerracivilista, buscando vencer en la contienda que sus antepasados ideológicos perdieron clamorosamente; buscando volver a una Segunda República sectaria y beligerante contra media España.

Queda por ver -y esto ya lo dije en las pasadas elecciones- si esas encuestas que ejercen de profetas del sistema, no están manipuladas con un doble objetivo: por un lado movilizar el voto de la izquierda ante el manido grito de pánico comunista de que viene el fascismo; por otro, dar a los posibles votantes de VOX una tranquilidad que relaje su acercamiento a las urnas.

Como también dije en las pasadas elecciones, VOX no es lo mío; no es lo que quiero para España ni representa lo que -como nacionalsindicalista- pienso. Pero sigo creyendo que es lo menos malo. Y que sí representa esa opción menos mala -en definición josentoniana cuando no hay una opción realmente buena- que merece la pena votar.

Se que muchos camaradas no piensan así; que creen que es una opción tan mala como las restantes y que sólo representa otra cara del sistema liberal. Esto es cierto, indudablemente. Se que hay quien no está conforme con las propuestas -o los silencios- sobre temas como el aborto, el divorcio, la familia. Y también están en lo cierto sobre estos asuntos.

Pero para mi, la disyuntiva se establece entre no votar o hacerlo a VOX. No quiero hacerme cómplice de otros partidos, no quiero que el PP trapichee con mi voluntad y responda -ahíto de soberbia- que quien no este conforme con ellos que busque otra opción; no quiero que me diga que lo útil es votarle a ellos y, por tanto, soy un inútil por votar lo que me da la gana.

Por supuesto, no voy a hacer campaña a favor de VOX; no voy a intentar convencer a nadie de que lo vote. Ya he dicho que no es lo mío, lo que quiero para España; pero también que creo que es la opción menos mala. Lo suficientemente menos mala como para votarla. Máxime viendo cómo todos se alían en su contra, el PP por el voto útil, Cs por no contagiarse si habla con ellos, y la ultraizquierda -del PSOE a los infrarrojos, y entiéndase esto como simple referencia al espectro cromático-, clamando por cerrarle el paso a lo que llaman ultraderecha.

Pero si quiero advertir que, quien tenga la intención de votar a VOX, no se deje engañar por las encuestas y sondeos. Las predicciones -casi de charlatán de feria- ya se mostraron erróneas en las pasadas elecciones y hubo quien recibió los resultados reales con desencanto. En su día comenté que bien podría ser ese -desencantar a los votantes de VOX- el objetivo de tales errores. Ahora pueden estar otra vez hinchadas las encuestas con un doble objetivo: aumentar la abstención haciendo pensar que con esas previsiones se puede uno ahorrar el esfuerzo, y fomentar el posterior descontento.

Pero lo que está claro, es que dentro del batiburrillo del todos contra todos, también hay un todos contra uno. Y ese uno al que todos atacan es VOX. Quizá porque en este sistema que lleva décadas podrido -que nació podrido- el único voto útil el próximo domingo sea el de VOX.