Es de todos conocido cual es el “oficio más antiguo del mundo”. Pero no se si la calificación es muy justa dado que, antes o al mismo tiempo que los bajos instintos, el hombre aprendió a mentir. En la Biblia y en los libros sagrados de otras religiones, el contrapunto de Dios es presentado como el “príncipe de la mentira”, a la vez que, por ejemplo, Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, se presenta como “el camino, la verdad y la vida”. Es fácil, por tanto, concluir que la mentira es la raíz de todo mal y también que siempre hubo quien sacó partido de la mentira y se lucró o se benefició con ella. Cuando la mentira está institucionalizada, pública o privadamente, cuando gracias a ella se alcanza notoriedad social o simplemente la mentira procura ingentes sumas de dinero y cuando es presentada al conjunto de la comunidad con tintes respetables, entonces tenemos algo muy parecido al periodismo actual.

Con ello no se si es muy justo calificar a la prostitución de “oficio más antiguo del mundo”, toda vez que ni un solo periodista conservaría su puesto de trabajo si se le ocurriera expresar puntos de vista diferentes de quien paga. Multitud de periodistas actuales se venden, lo sepan o no, por dinero. Paul Craig Roberts, antiguo consejero del Presidente Ronald Regan, ha acuñado la palabra “presstitute”, como síntesis en inglés de las palabras “press” (prensa) y “prostitute” (prostituta) para referirse a los periodistas convencionales. La corrupción de la mayoría de un gremio hace que quienes escriben con la verdad por delante salven las esencias de una profesión que debería quedarse en el hecho de ser meros analistas del momento actual y no pretendidos servidores de un supuesto “derecho” a estar informado. Esta, y no otra, es la manera en que los que no creemos en derechos si no en deberes vemos la situación: existe el deber de vivir en la verdad y de adquirir una formación para conducir la vida con honradez y valor; no existe el derecho de acumular toneladas de datos inservibles para alimentar el ego de un hombre “informado”. Desde esta perspectiva las cosas se ven muy diferentes.

Una clave para dar hoy con auténticos “periodistas” es que éstos dicen aquellas cosas que nadie se atreve a decir. Por ello son más bien “mártires” en el sentido etimológico del término, de la raíz griega “martus” o “testigo”: testigos de la época oscura en la que nos ha tocado vivir.

Desde luego, nadie espera que el periodismo sea una profesión libre de errores e imperfecciones, pero el caso es que la cantidad de falsedades que se repiten una y otra vez sobrepasa con creces los límites de lo alarmante. Por ejemplo, en el escenario internacional, desde Siria a Afganistán, pasando por Libia e Iraq, todo es una pura falsedad. Los mismos que apoyaron y jalearon el desastre de Iraq son regularmente convocados a los grandes medios de comunicación para que sigan vendiendo sus fracasadas recetas. En España, buena parte de la actual crisis ha sido incubada, mentira tras mentira, en los medios de comunicación de nuestro país, desde ABC a El País. Entonces, ¿para qué perder el tiempo con la prensa? ¿Por qué languidecer ante una TV cada vez más estúpida que vende la droga más difundida de todas? ¿Ha probado a quitar la televisión de su casa? Aunque no lo crea, no es necesaria y, si la tiene, mucho o poco, estará dentro de su radio de alcance.

Desgraciadamente, se habla mucho de la corrupción de la clase política y nada de la corrupción de la clase mediática, gracias a la cual prospera y medra lo peor de los políticos. Ningún otro gremio está más necesitado de una regeneración deontológica que el de los periodistas. Pero quizás sea necesario que todo el gremio se pudra para que unos pocos salven con su martirio la inexcusable misión de decir la verdad cuando más se necesita. No existe mayor obra de caridad que ésta.