La Prensa internacional, ésa ante la que todo español papanatas biempensante babea como un mandril en celo, acaba de caer en la cuenta de que Barcelona se ha convertido en la meca europea del crimen y recomienda a sus compatriotas, alemanes, norteamericanos, británicos y demás guiris allende los Pirineos que eviten la Ciudad Condal o que, si sus ganas de Gótico y Gaudí, son más fuertes que su instinto de supervivencia, peregrinen a Barcelona un poquito y un ratito sin más indumentaria que una camiseta (del Barça y de los manteros, por supuesto) una faltriquera lo más fláccida posible y unas alpargatas de perroflauta, y sin ningún abalorio o complemento que delate desahogo económico. De lo contrario, el guiri de visita en Barcelona puede acabar in puribus (en pelotas, para las víctimas de la LOGSE) en las Ramblas y ser detenido, además, por escándalo público, por esa policía de opereta separatista que son los Mozos de Escuadra, más preocupados por la caza y captura del catalán españolista y por la seguridad de una república inexistente que de ejercer de ángeles custodios de la vida y la hacienda de sus conciudadanos, sean compatriotas o no, y aunque no sean separatistas. Claro, que para eso hay que ser policías y no los guardaespaldas del independentismo catalán.

La Prensa internacional, que siempre se entera tarde y mal de todo lo que pasa más allá del felpudo de su Redacción, viene a publicar ahora, con décadas de retraso, lo que lleva varios lustros sucediendo en Barcelona, la capital, fundamentalmente, de la Cataluña separatista, porque la capital de la única Cataluña auténtica y posible, la española, ya no está en Barcelona, está en las catacumbas en las que habitan los catalanes que no quieren dejar de serlo porque no renuncian a su médula española.

Pujol y sus Siete Niños de Écija convirtieron Barcelona en la capital de la mordida y al resto de Cataluña en el predio de sus saqueos políticos y financieros. Mientras gritaban “España nos roba” se llevaban el botín, a lomos de una impunidad pactada, a la cueva de Alí Babá, que no está en los oasis de camellos y beduinos, sino en Andorra. Como de España no querían ni el nombre ni la lengua, acordaron con Felipe González que de la inmigración legal e ilegal, qué más da, se encargaban ellos solitos. Así le pusieron veto la inmigración hispanoamericana porque los “panchitos” venían con el español muy bien aprendido y con la “milonga” de la Madre Patria muy interiorizada, y empezaron a traerse muchedumbres de sarracenos, bereberes, magrebíes y subsaharianos que, sin tener ni la menor idea de dónde recalaban, son muy fáciles de “domesticar” en el odio a España.

Todo un éxito de batiburrillo social, étnico y “multicultural” al que, con el tiempo, se sumó lo mejor de cada casa de los países del Este de Europa tras el colapso de la URSS. Hoy son los amos de Barcelona y como, la mayoría de ellos, ondean la estelada y se ponen la barretina en las fiestas patronales del separatismo catalán, se creen con tanto derecho a delinquir impunemente como sus mecenas, Pujol y sus Siete Niños de Écija, contando además con la amorosa mano protectora de Ada Colau, la inconcebible alcaldesa de Barcelona que ha convertido la Ciudad Condal en el Patio de Monipodio en el que, como en la célebre novela de Cervantes, Rinconete y Cortadillo, pernoctan pícaros y ladrones, navajeros y violadores, asesinos a sueldo y asesinos sin sueldo, corsarios de la manta que no pagan diezmo pero que exigen derechos, piratas de la droga y narcos de guante blanco, bandoleros con trabuco y gansters de corbata y mocasín, proxenetas de lujo, de baja estofa y de ladillas en la bragueta, mercaderes de carne humana, mayoristas del crimen y minoristas de la delincuencia ratonera, descuideros de estación, trileros del negocio inmobiliario de altos vuelos y caseros de sótanos patera y narcopisos. En fin, Barcelona es en 2019 la sede de las Olimpiadas de la Delincuencia gracias a sus magníficos entrenadores separatistas.