¿Venció Cartago a Roma y nunca lo supimos? Rememoremos atentos la apócrifa tablilla descifrada por Edmund Bishop en 1867 acerca de la que rasguea Borges en Los conjurados. Leamos: Nuestro es el mar. ¿Qué saben los romanos del mar? Tiemblan los mármoles de Roma; han oído el rumor de los elefantes de guerra. Al fin de quebrantados convenios y de mentirosas palabras, hemos condescendido a la espada. Tuya es la espada ahora, romano: la tienes clavada en el pecho. Canté la púrpura de Tiro, que es nuestra madre. Canté los trabajos de quienes descubrieron el alfabeto y surcaron los mares. Canté la pira de la clara reina. Canté los remos y los mástiles y las arduas tormentas. Borges especula sobre el contrafáctico de la victoria cartaginesa. Fascinante ucronía. Se produjo esa gloria militar y seguimos sin saberlo. El escritor porteño reflexiona acerca de la épica y el destino. John Maddox Roberts escribe Los niños de Hannibal. Su relato se aproxima a la genuina realidad de los hechos. Aníbal ofrece un ultimátum a los romanos para que abandonen su ciudad y se muevan al norte de los Alpes. Si no lo hacen, serán demolidos. Los romanos, bajo el mandato de Quinto Fabius Maximus, aceptan la oferta y se retiran a Germania, prometiendo regresar. Vacuo desiderátum. Los cartagineses declaran la victoria y se van a sus dominios. También Poul Anderson estuvo al corriente del laurel de los descendientes de Dido. Escribió Delenda est, 1955. Pertenece a una serie de cuentos llamada Time Patrol. Unos viajeros del tiempo se entrometen en la Segunda Guerra Púnica y provocan las muertes prematuras de Publio Cornelio Escipión y de Escipión Africano en la batalla de Ticino en 218 a. C, creando una línea temporal donde Aníbal destruye Roma en el 210 a. C. Según Anderson, certero, Occidente se creó en un entorno cartaginés en vez de grecorromano. Y lo ignoramos.

 

 

Per semper fidelis et aeternum

 

Cartago: incipiente protocapitalismo, bienes y servicios fluyendo prudentemente, potentes clases medias. Roma: ocupación del territorio, militarización del mundo, urbes inhabitable, el imperialismo más fiero y avasallador. Un estado púnico llevadero contra un sinvivir opresivo. Razonable tolerancia de los cartagineses. Prudente convivencia entre diferentes. Tanto civil como religiosamente. Este fenómeno de coexistencia pacífica se detecta con más facilidad en las zonas costeras, con la consiguiente fluencia de extranjeros que venían a enriquecer el Nueva York de la época, un Manhattan apabullante. Su civilización tenía una triple muralla, poseía puertos asombrosos para su época, baños públicos cuidadísimos. Los pueblos rivales le tenían honda envidia. Su sociedad era esencialmente urbana y abracadabrantemente heterogénea: egipcios, griegos, itálicos, sirios y africanos pululando en aquellas fascinantes ciudades. Una pluralidad sensata y enriquecedora al contrario que los actuales e insensatos fenómenos de inmigración masiva que padece toda Europa (aguarden espeluznados el futuro que nos espera ante el onusino y psicópata Pacto Global por una Migración Segura, Ordenada y Regular).

 

Con una economía centrada en el libre- libérrimo- mercado, también la gente más humilde poseía cierto poder de decisión, al contrario que en Roma, donde solo un selecto grupo de élites tomaban las decisiones. Las palabras de Polibio nos dan la clave: “Por entonces en Cartago la voz del pueblo era predominante en las deliberaciones; en Roma era el senado quien detentaba la autoridad suprema. En Cartago, pues, era el pueblo el que resolvía y entre los romanos la aristocracia; en las disputas mutuas prevaleció esta última”. Se puede intuir, también, una civilización donde se forja cierta idea de clases medias y donde las diferencias pecuniarias no resultaban extremadamente obscenas y sangrantes. Todo lo anteriormente descrito, entre otras, hubiese hecho mucho bien a la España actual. Definitivamente, como dice Walter Benjamin, en su brillante Tesis número VII sobre el Concepto de historia, citando a Flaubert, la derrota de Cartago es un evento extremadamente triste. Mucho.

 

Delenda est Cartago. Obviamente nunca debió ser destruido el más noble Imperio de la antigüedad. Cartago debió ser vencedora en las Guerras Púnicas. Por ejemplo, el cristianismo, hubiese sido una religión meramente testimonial. El etnocentrismo, razonablemente difuminado. El capitalismo, razonable. El colonialismo, tolerable. El inquietante y sórdido derecho contemporáneo no poseería la estirpe romana. El latín, una lengua de bárbaros. Roma sería vista como lo que es: el imperialismo más salvaje y brutal de la historia. Roma decidió, por ejemplo, aniquilar la civilización más rica, culta, bella y pacífica de su tiempo. Roma cercó el lugar durante tres años. 150.000 cartagineses murieron. Casi dos tercios de su población. Un genocidio en toda regla. Dido, tambièn, sería continuamente recordada, rememorando la pieza de Purcell con su lamento. Pero, oh, muerte, no puedo rehuirle, la muerte debe llegar cuando él se haya ido. Se refiere, claro está, al ser amado donde contemplaba el mundo, Eneas. Volviendo a Walter Benjamin, otra vez la tesis VII. Abre con Brecht. Pensad lo oscuro y el intenso frío en este valle de lamentos lleno. Sabe Benjamin que la “empatía con el vencedor siempre favorece al dominador actual". Cualquiera que sea. El Estado o el Gran Capital. Memento Flaubert. “Peu de gens devineront combien il a fallu être triste pour ressusciter Carthage”. Pocas personas se darán cuenta de lo triste que hay que estar para resucitar Cartago. Cartago, agrego, no murió. Pervive en nuestros corazones. En bárbaro, per semper fidelis et aeternum.

 

 

Memento Cannas

 

Al menos nos resta una batalla. Estrategia perfecta de un prodigioso estratega. Aníbal. 2 de agosto de 216 a.C. Llanura de la localidad italiana de Cannas. 46.000 cartagineses derrotaron a 86.000 romanos. Con el doble envolvimiento o movimiento de doble pinza, las tropas del hijo Amilcar Barca trituraron sin paliativos a la poderosa milicia rival. Su fructífero y saludable odio a Roma le llevó a tomar esta sabia decisión bélica, descrita por Sun Tzu en su tratado militar El Arte de la Guerra. El erudito chino creía que era mejor dejar un punto de fuga al enemigo, ya que un ejército atacado combatiría con más ferocidad al verse completamente rodeado. No fue el caso. Mejor. Loada sea Cartago. Sabes vencer, Aníbal, pero no supiste aprovecharte de la victoria. En fin.