Semanas antes de las elecciones algunos comentaristas, cegados por su propio voluntarismo, con escaso realismo, hablaban de la posibilidad, que llegaban a dar casi como cierta, de que en estas elecciones se produjera, como repetición de lo acontecido con la UCD en 1982, la implosión del Partido Popular siendo desplazado a dúo por VOX, que lo sustituiría aproximándose a los 80 diputados, y por Ciudadanos. Nada de eso ha sucedido.

Anotaba yo entonces que eso era sociológicamente imposible y que, además, ni las circunstancias ni el partido en cuestión, se parecían en nada a las de 1982. Entre otras razones porque el PP, al igual que el PSOE, es un partido con estructura clientelar y con una maquinaria acostumbrada al estrés electoral.

 

Tras los desastrosos resultados electorales se ha avivado, aunque con menor virulencia, la tesis de que vamos a asistir a la desaparición progresiva del PP. Tampoco, a día de hoy, me parece que exista base real alguna para sostener tal idea. Otra cosa es la supervivencia política de Pablo Casado, aunque anotemos que los barones del partido no le van a mover de la silla porque ahora pueden imponer su poder a la cabeza de un partido que ha estado moviéndose sin dirección clara (lo que por otro lado tampoco es algo novedoso).

 

Desde mi punto de vista, salvo una improbable debacle electoral aún mayor que la anterior en unas semanas, Pablo Casado puede ganarse una prórroga de cuatro años sin muchas dificultades. Entre otras razones porque las elecciones de mayo difícilmente se pueden contemplar como una segunda vuelta (pueden tener ese valor de muestra en Madrid o en las europeas). Además, es dudoso que la participación y la movilización vuelvan a ser las mismas y estas elecciones tienen unas características propias, fundamentalmente en las municipales, que relativizan su posible extrapolación. Solo las elecciones al Parlamento Europeo podrían tener ese valor interpretativo de segunda vuelta, pero los españoles, como tantos otros en Europa, dan poca importancia a estos comicios y el PSOE no obtendrá los mismos resultados por la acumulación de candidaturas de izquierdas. Por otra parte, lo normal es que el PP recupere porcentaje de voto en municipales y autonómicas. En municipales, porque VOX no concurrirá en toda España, ni tampoco Ciudadanos, y no pocos pueblos en cada provincia escogerán solo entre PP y PSOE, lo que además implica efectos de arrastre en el voto que no deben despreciarse cuando al PP le urge afirmar que está recuperando voto; por otra parte, las candidaturas independientes reducen los votos de PP y PSOE reequilibrando los resultados.

 

En las autonómicas, porque aunque el PP experimente una pérdida similar de apoyos porcentuales, dado el número de diputados autónomos a elegir, el reparto de escaños asegurará la mayoría en gran parte de las Comunidades de “las tres derechas” y esperan que la mejor posición para negociar las diferentes investiduras sea la del PP; lo que también puede suceder en las grandes ciudades. Si el PP consigue acceder al gobierno en ellas mediante pactos habrá salvado la situación y podrá respirar más tranquilo. Si no es así el partido se enfrentará a graves problemas económicos, lo único que puede condicionar su futuro, porque los intereses del capital, del IBEX 35, van a ir por otro lado.

 

El PP, sin embargo, ha perdido muchos millones de votos desangrándose hacia la derecha y hacia la izquierda. El lazo de retención que el PP ha tenido, desde los tiempos de AP, basado en el voto del miedo, en la decisión militante de evitar que gobierne la izquierda, con lo que es la derecha sociológica, heredera directa del franquismo sociológico, ha quedado prácticamente roto en estas elecciones. Eran los votantes más files del PP, el macizo del PP, donde afloraban sus más rendidos hooligans, a los que no era necesario satisfacer en ninguna de sus demandas porque todo lo subordinaban a que no gobernara la izquierda; los que además asumían el engaño habitual del recurso al eufemismo en el que los dirigentes del PP han sido maestros (los anteriores y los actuales). Ahora queda confirmar si esa ruptura no solo es irreversible sino que va a extenderse. De ahí que lo que ocurra en las próximas elecciones tenga esta segunda lectura que afecta al futuro del PP.

 

En los cuarteles populares se confía en que para VOX sea complicado mantener sus porcentajes de voto en las autonómicas dada la falta de peso de muchos de sus candidatos frente a los que actualmente ocupan el poder, imponiéndose la tesis del miedo a la izquierda y que ello les permita recuperar unos cientos de miles de votos. Así pues, en principio, el PP podría presentarse como un partido en recuperación si consigue ser quien gane en poder territorial. Pero esto es solo una hipótesis, porque los márgenes son tan ajustados que es difícil predecir lo que sucederá en Murcia, Extremadura, Castilla-León, Castilla-La Mancha y sobre todo Madrid. Es más, muchos dirigentes populares territoriales están pidiendo a Génova que frene sus ataques a VOX porque, punto arriba punto abajo en sus resultados, van a ser necesarios sus votos para mantenerse en el poder mediante pactos a la andaluza o evitar que Cs pueda inclinarse hacia el PSOE.

 

El PP, recordaba yo hace unos días, no va a implosionar porque tiene aún un fuerte suelo electoral que garantiza poder y expectativas de futuro. Ese suelo se sitúa sobre un 16-18% del electorado. Ello le permite mantener, en un marco no bipartidista, sus posibilidades, porque hasta 10 puntos más están dentro de sus opciones reales de voto y con eso se va a gobernar en España en los próximos años.

Ahora bien, los dirigentes populares han perdido las elecciones y llevado a la crisis al partido porque no supieron asumir el cambio sociológico que se ha producido en España. Son los ciudadanos los que han sustituido, a pesar de los deseos de la clase política, el bipartidismo imperfecto apoyado en la ley electoral por un multipartidismo en el que el juego se libra entre cinco partidos que suman un suelo que supone entre el 60% y el 64% de voto. Si sumamos el correspondiente a nacionalistas y separatistas es fácil estimar que el resultado de las elecciones futuras queda en manos de algo más de un 25% de los votantes. Como algunos comentaristas, los dirigentes populares no han querido ver esta realidad, considerándola como una moda pasajera que no iba con ellos. También le pasó al PSOE, pero de la mano de Pedro Sánchez ha sabido jugar mejor en esta ocasión con la nueva realidad, aunque es cierto que Pablo Iglesias se lo ha puesto fácil (Sánchez no está dispuesto a darle espacio y que PODEMOS le vuelva a preocupar).

 

Si repasamos el discurso de Casado, de Egea, de Levi y de tantos otros dirigentes populares, su objetivo era volver al bipartidismo, lo repetían como una letanía, advertían de que el problema era que no había mayorías absolutas (siempre confiando que la mayoría absoluta sería la suya). Confiados en que el voto al PP era fijo e indestructible, que a su derecha solo había un vació gracias a su capacidad de bloqueo, insistieron en la idea de transmitir al PSOE que la opción adecuada era su reconstrucción del modelo bipartidista, sin darse cuenta que el PSOE de hoy poco tiene que ver con el que existió antes de Sánchez que también compartía esa visión. De ahí la suicida política de Casado de no atacar a Sánchez, de no destruir a Sánchez en un PSOE en horas bajas, de dejarle hacer, porque era la otra cara necesaria de su opción bipartidista. Es más, sus propuestas de reforma electoral iban en el camino, seguido por comentaristas de la derecha, de volver a utilizar la ley electoral para torcer la voluntad de los ciudadanos, no para hacer el modelo más representativo y proporcional. El PP quería una ley de doble vuelta y circunscripciones pequeñas tipo francés o británico, confiando, según sus cuentas, que eso les daría la mayoría hegemónica.

 

Los resultados de estas elecciones lo que indican es que el PP se enfrenta en los próximos cuatro años, y dentro de este mes, a una difícil situación táctica; a no saber si será el eje para formar gobierno o solo será un socio de Ciudadanos. A su derecha tiene a VOX, que en la actualidad es válido estimar que no es más que una escisión sociológica del PP; una escisión que el PP aspira a cerrar confiando en el argumento del voto del miedo y del voto útil. Casado y sus críticos consideran que eso es posible porque VOX es un partido muy verde, con débil estructura y discurso elemental que puede ser fagocitado. De ahí que su objetivo real en estas elecciones sea detraer el mayor número posible de votos a VOX para mostrar que el camino de vuelta es posible a ese electorado.

 

Ahora bien, una cosa es lo que indica el planteamiento táctico y otra muy distinta que las cosas sucedan tal y como se piensa. Volvemos a un punto fundamental: las campañas electorales son clave en un marcho multipartidista como el que tenemos. Todos los partidos se han tomado un respiro tras las elecciones y a cuatro días vista pocas pistas tenemos de cómo los partidos van a enfrentarse a esta campaña. Será más complicado para la izquierda agitar el miedo al fascismo y es probable que Sánchez siga en su tono conciliador y moderado sin salirse del guión. Lo único que parece evidente es que el PP no confía en sus siglas y prefiere campañas personalistas para evitar la fuga y recuperar voto. Algo que puede jugarle una mala pasada en las europeas si VOX y Ciudadanos juegan otro partido, por eso en Galicia templa sus armas el sustituto.