Este breve artículo es mi granito de arena para apoyar al Juez Serrano. Este hombre no sólo fue purgado de la magistratura por ser recto y justo, sino que ahora está a punto de ser purgado también de Vox, por haber criticado con verdades como puños la reciente sentencia de La Manada. Verdades que han resultado indigestas e inaceptables no sólo para la gran jauría feminista y sus mediocres perrillos falderos, sino también para sus compañeros de partido de Vox. Pero es que, en un tiempo dominado por la mentira, la verdad es inaceptable y los mediocres se unen contra ella en una conjunción espontánea de espíritus.

En todo este circo político-mediático-judicial de bailarinas, payasos, trepas, enanos, animales amaestrados y equilibristas, el Juez Serrano es quizá la única figura digna. El dos veces purgado por la conjura de viles y cobardes, la primera vez por sus enemigos y la segunda por sus amigos.

En efecto, el partido donde había encontrado una nueva casa, un ambiente receptivo donde llevar adelante su lucha contra la dictadura de género, ahora le da la espalda. Un error que no es algo aislado ni casual sino una etapa más en el harakiri que se está haciendo Vox a sí mismo.

¿Adónde va Vox? Muchos saludaron el auge de este partido que empezaba a decir lo que nadie se atrevía a decir: tomar posición contra la dictadura de género, combatir la inmigración salvaje, defender la unidad nacional. Y lograron suscitar ilusiones, alumbrar un principio de revuelta políticamente articulada, hablarle a esa España harta de la odiosa corrección política y su tiranía.

Pero la deriva que ha tomado ese partido desmiente clamorosamente aquellas expectativas. Incluso antes de las elecciones andaluzas ya parecía que frenaban ellos mismos, como si tuvieran miedo de su propio éxito y de su discurso; después y desde entonces, todo ha sido ceder posiciones y desinflarse.

Tres son los puntos de fuerza de Vox: la unidad de España, la inmigración y los temas de género (dictadura feminista, aberraciones LGTB, manipulación sexual de los niños). Si le quitamos esto se queda en un vulgarísimo partido ultra-liberal de gente acomodada, una escisión de peperos despechados. La unidad de España, seamos claros, en realidad y por desgracia le importa a poca gente; la inmigración es ya un tema más sentido, pero aun así no lo suficiente porque la convivencia todavía no se ha degradado demasiado; en cambio el tema de género ha entrado en la vida de millones de personas, que han podido tocar con mano la dictadura feminista y sentir el peso de su brazo judicial.

Probablemente entre un tercio y la mitad de los votos de Vox vienen de ahí. Si traicionan a sus votantes en esto están fuera de juego. Los españoles genéricamente “de derechas” no necesitan otro partido que se ría de ellos en su cara porque esto ya lo hace el PP, lo ha hecho durante años. No van a votar a Vox para tener más de lo mismo y mantener a cuatro vividores.

Por lo tanto, si siguen por ese camino (y todo apunta a ello) van a desaparecer más pronto que tarde. El terremoto político que iba a ser Vox, el gran huracán impulsado por la voz furiosa de una España ninguneada, se va a quedar en la ventosidad de una musaraña.