Cada vez que el comisario Villarejo habla, sube el pan. Excepto cuando habla de los atentados terroristas del 11M; entonces enmudecen hasta los telediarios, tan parlanchines ellos con las morbosas grabaciones de Villarejo sobre ministros maricones, vaginas parapoliciales, chorizos de la charcutería Gürtel, comisiones reales y cortesanas de reyes caducos de apellidos prusianos. Qué curioso. Todo el mundo se hace el sueco sordo cuando Villarejo habla de los atentados terroristas del 11M ¿Por qué?

 

España tiene dos textos sacralizados en los templos de la corrección política y en sus sacristías de la conveniencia política. Uno es la Constitución, que es más importante que la propia España, y el otro es la sentencia del 11M, que es más importante que la verdad. Los druidas y monaguillos de esos templos guardan con celo faraónico el virgo de esos dos textos, y cualquier intento de mancillarlos con la realidad y la verdad es condenado a la necrópolis del silencio y a la muerte civil.

La sentencia del 11M establece la no participación, en ningún grado, de ETA ni de la red terrorista Al Qaeda, y culpa y condena por la comisión de los atentados sólo y nada más que a los sicarios que los perpetraron sin buscar y, por lo tanto, sin hallar, a la inteligencia que los ideó, que los planificó, que les dio cobertura logística, perfil estratégico y armazón táctico.

 

Conclusión aterradora para las víctimas: “sé que mi hijo murió, pero no sé por qué murió ni con qué fines se llevaron a cabo los atentados en los que murió”. Conclusión aterradora para cualquier ciudadano que no sea un hooligan del PP, del PSOE o de cualquiera de los partidos que tanto celebraron la sentencia del 11M: “el mayor atentado de la historia de Europa lo diseñan y lo ejecutan un subnormal que trapicheaba con explosivos en el top-manta de la dinamita asturiana, y veintitantos rufianes magrebíes avecindados en Lavapiés que mercadeaban con hachis, con móviles robados y con toda la quincalla de los rateros de poca monta ejerciendo además, algunos de ellos, de chotas de la Policía.”

 

¡¡¡No ha sido ETA!!! Con qué alegría repetía Rubalcaba a los cuatro vientos que no había sido ETA. Nos lo decía (¡¡¡No ha sido ETA!!!) con un entusiasmo tal que parecía que nos estuviera contando que acababa de acostarse con Mónica Belucci. Y después de su placentera eyaculación de alegría porque la sentencia del 11M dice que ¡¡¡No ha sido ETA!!! nos conminaba a todos a creérnoslo porque la sentencia, su amadísima sentencia, es la única verdad absoluta que debemos adorar, pues para Rubalcaba y para el PSOE la sentencia del 11M es más, mucho más que una sentencia, es un dogma de fe democrática y como tal ¡¡¡ay de aquel que se atreva a ponerla en duda!!!

 

Tampoco fue Al Qaeda. Ese es el masaje tailandés que la sentencia le reservaba al PP para enajenar de los atentados cualquier responsabilidad de Aznar por la Guerra de Iraq. Pues si no fueron ni ETA ni Al Qaeda ¿quiénes fueron? En todo crimen hay dos líneas básicas de investigación que se las sabe hasta Torrente: el móvil, que suele ser siempre amor, dinero, odio y poder, y el quid prodest. Buscar e investigar al beneficiario del crimen.

¿A quién benefició el 11M? Como siempre el PP se equivocó, pues no se trataba de enfatizar, como hizo Zaplana, que no fue la Guerra de Iraq la causa de la masacre, sino de haber proclamado alto, claro y sin complejos: “a ver, señor Rubalcaba, repita conmigo, el PSOE ganó unas elecciones que tenía perdidas gracias a los atentados terroristas del 11M”.