La Sala de lo Penal del Tribunal Supremo de un país imaginario celebra sesión pública para oír – es un decir -, los argumentos de las partes sobre un recurso de casación de notorio interés social.

La prensa ya informa en los días previos de qué el criterio mayoritario es endurecer la Sentencia dictada en apelación, y cambiar la calificación jurídica de los hechos, de abusos a agresiones sexuales…

Ergo la vista es una simple representación teatral.

Antes de dictarse la Sentencia, o más bien de publicar la nota informativa correspondiente, se dan instrucciones al Tribunal inferior que tiene que ejecutarla, para que ordene a la Policía Nacional la rápida detención de los condenados…, no vaya a ser que alguno se fugue, y las feministas nos organicen una auténtica revolución social.

 (Y yo me pregunto: ¿se hará lo mismo con los líderes de los separatistas catalanes que están en libertad cuándo sean condenados…? Lo dudo mucho).

 El sistema ordinario consiste en citar en persona al interesado en la sede del Tribunal para notificarle la Sentencia, y darle un plazo prudencial, que normalmente suele ser de diez días, para que se presente en el Centro Penitenciario que más le interese, para cumplir la pena correspondiente.

Una hora y media después de terminar la vista, se emite una nota de prensa con el fallo de la Sentencia, pero no con el texto de la misma.

Es decir, primero se decide, y después se argumenta a favor de esa decisión –suponemos-, exactamente al contrario de cómo nos explicaban en la Facultad de Derecho de Zaragoza que debían redactarse las sentencias, de forma que los hechos probados nos llevarían, invariablemente, al resultado “justo” del proceso.

Pero una cosa es la justicia, y otra la oportunidad.

Al fin y al cabo, no somos un auténtico poder judicial, sino que estamos en manos de los políticos, y la mayoría hemos accedido al Supremo no solo por nuestra preparación y experiencia, sino fundamentalmente por los apoyos políticos recibidos.

 Dentro de poco dictaremos la sentencia relativa a esa región separatista que llevan toda la vida tocándonos los cataplines al resto de los españoles, y no podemos generar otra nueva oleada de manifestaciones feministas contra nosotros, que aunque seamos el Supremo, en la práctica sabemos que cada día pintamos menos, pues entre el Constitucional, siempre incordiando, para “demostrar” que están por encima de nosotros, ese extraño Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que solo admite los casos que les apetece, etc., pronto de Supremo solo nos quedará el nombre.

Además, y a efectos prácticos, estos cinco macarras son unos chavales sin grandes apoyos, y la opinión pública, así como la publicada, están a favor de condenarles duramente, por lo que no tendremos problema alguno, e incluso quedaremos de maravilla ante la opinión pública, reforzándose nuestro poder ante la Sentencia del proceso separatista, que ese sí que es un marrón de verdad.

La suerte está echada. Han follado mucho, pero ahora les joderemos nosotros, y bien jodidos.

Excuso decirles, como se decía en las novelas antiguas, que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. ¡Faltaría más!

Estas cosas no pasan en España. Aquí vivimos en un Estado de Derecho. Y yo me lo creo.